¡Feliz año a todos!
A estas alturas del año confío en que hayáis tenido una feliz sacada y metida de año, y os hayan traído muchas cosas los reyes.
Quería aprovechar el primer post del año para hablar de mi perrita China. Como el resto de mis perros, era una “pinscher enana”.

Como podéis ver, la foto de arriba no corresponde a mi perrita, sino a un macho casi igual de guapo que ella, que tampoco es mío. He preferido no ponerme a buscar fotos de mi China porque eso me pondría muy triste: ella murió el último día del 2009.
Cuando las perritas de mis padres tienen el celo, como también tienen dos machotes, me bajan aquí a las damas para separarlas de la lujuria. Coincide que en mi casa también está la ya famosa Gati Patati. Las perras son madre e hija, y la madre es una butifarra de 15 años con muchos achaques. Los perros tienen el celo hasta el final, no tienen la menopausia. La madre cuando sale a la calle se presenta a todos los perrillos, pero estos ya no la miran ni por curiosidad científica; es viejecita, gorda, y tiene la lengua colgando a un lado siempre. Qué pena ver a esa viejecita en flor mientras observa cómo bambolea el culillo de un precioso schnauzer alejándose. Cuando era jóven le salían novios. Ahora ya no la salen ni curiosos. Por alguna razón, la China no buscaba sexo perruno ni cuando estaba en celo. ¡Por cierto! Fíjate qué bien le vendría a la viejecita un meneíto con el apuesto Argos.
El caso es que la madre (Romi se llama) es gilipollas. Cuando estaban en mi casa, la gata, cual macarra de Fuenlabrada, se aprovechaba de que las perritas también eran pequeñas, y esperaba a coger a la viejecilla sola para salirle al paso, bufarla y enseñarle los dientes. Mi perra, muy gallarda, se quedaba mirando a la gata como la vaca que mira al tren. Viendo que su estrategia de acojone no surtía efecto, la gata de natural cariñoso se lanzaba a la acción, y le metía cuatro o cinco collejas relámpago a la perra. Ésta con su cara de sorprendida se quedaba en el mismo sitio, y me miraba como preguntando “no me estoy enterando. ¿Qué se supone que tengo que hacer?”. Normalmente la gata se quedaba mirándola con la zarpa preparada, y la vieja daba media vuelta. A menos que la China se diese cuenta.
La china siempre ha sido la protectora de todos, y tenía los ovarios muy bien puestos. Por eso cuando atacaban a su madre ella iba al rescate, y le metía unos ladridos a la Gata que la acojonaban y le dejaban el paso libre a la vieja. Siempre era así: en la calle y donde fuese, protegía a su mamá (que de jóven ya era boba del todo) y a los suyos.
Hace tiempo mis padres se compraron unas tortugas. No galápagos, cuidao; hermosas tortugas de tierra. Las tortugas necesitan que les dé cierta cantidad de sol en verano para producir una vitamina (o no sé cuálo) porque si no, se mueren. Además también les gusta andar, claro, así que mis padres en verano las llevaban a el patio de una casa que tienen para que se diesen sus voltios de paseo y les diese el solecito. Un día, cuando ya empezó el frío, me contó mi madre que les daba pena que tuviesen que estar en el terrario al ser invierno, así que las dejaron en el suelo de casa. Me contó también que los animales no les hacían nada: las habían dado dos olisqueadas por cumplir el parte y ya no las habían molestado más. ¡Qué bien que pudiesen pasear tranquilamente! Principalmente a una de las tortugas (“Paquito”) le encantaba pasear y subirse a sitios a los que una tortuga del Señor no debería intentar subirse.
A los pocos días me contó que la China llevaba noches sin dormir: se dedicaba durante todo el día a acompañar a la tortuga por la casa. Mi madre me contó que cuando la tortuga iba a meterse por un sitio peligroso, la perra se ponía delante y le ladraba flojito. La tortuga pasaba de su culo y seguía su aventura hasta que, como era de esperar, volcaba y se quedaba bocaarriba. Entonces la China iba a mi madre y se ponía a llorar. Luego la llevaba hasta la tortuga tumbada sobre su caparazón, y se callaba cuando mi madre la ponía otra vez en posición de seguir haciendo el montañero. La primera vez a mi madre la sorprendió, pero luego tuvo que repetir un montón de veces la operación: la perrita estaba tan preocupada de que la tortuga volcase o se quedase atascada que no dormía por seguirla y protegerla.
Se puso enferma por primera vez en su vida a finales del 2009. Nos dijeron que no había nada que hacer, salvo alimentarla, cuidarla, y esperar a que la enfermedad le provocase dolores. Después de unas cuántas noches sin dormir de mi madre, mi perrita empeoró mucho el 31 de diciembre de 2009. Esa mañana tuvimos que ir mi madre y yo al veterinario de urgencias mientras escuchábamos su respiración difícil y sus ojos de terror. Estuvimos todo el rato con ella mientras la ponían oxígeno, y luego le daban las dos inyecciones que acabarían con su vida. No dejamos de hacerla mimos, decirle cosas bonitas y darle besos hasta que dejó de respirar.
Esto se dice muy fácil y ocupa sólo un párrafo, pero si os gustan los animales os podéis imaginar que la cosa no fue tan fácil ni tan aséptica como describirla. Los detalles os los podréis imaginar. Para los que sí lo sepáis os diré que, excepto en esas últimas semanas, la perra vivió feliz y como una reina toda su vida en una familia que la quería mucho y la va a querer siempre.
El 2009 ha sido muy raro y se ha despedido con un machetazo, pero algo me dice que el 2010 va a ser cojonudo.
Bienvenidos de nuevo a todos.
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