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Mi gata tiene el celo y ronronea continuamente. Eso lo hacía la señorona mientras yo buscaba cosas de Bukowski para compartir con vosotros,y algo me vino a la cabeza. El extracto de uno de sus libros, “La senda del perdedor” (autobiográfico) que aquí os dejo esperando que os guste.
Qué cura de humildad. Creo que no podré escribir así nunca.
“Gene empezó a correr y yo corrí detrás suyo. Bajamos hasta el jardín trasero de los Gibson. Los Gibson tenían un gran muro de ladrillos que rodeaba el jardín.
—¡mira! ¡tiene arrinconado al gato! ¡Lo va a matar!
Había un gatito blanco arrinconado en una esquina del muro. No podía subir ni podía huir en ninguna dirección. Estaba encorvado con el pelo erizado y bufaba, con las uñas sacadas. Pero era muy pequeño y Barney, el bulldog de Chuck, gruñía y se acercaba cada vez más. Tuve la sensación de que los chicos habían puesto ahí al gato y luego habían traído al bulldog. Me parecía casi seguro por la forma en que Chuck, Eddie y Gene miraban la escena: tenían un aspecto culpable.
—Lo habéis puesto ahí vosotros —dije.
—No —dijo Chuck—, es culpa del gato. Se ha metido ahí. Que luche para escapar.
—Sois odiosos, so bestias.
—Barney va a matar al gato —dijo Gene.
—Barney lo va a hacer pedazos —dijo Eddie—. Le dan miedo las garras, pero cuando ataque, se acabó.
Barney era un gran bulldog marrón con unas fauces flaccidas y babeantes. Era gordo y estúpido, con ojos inexpresivos. Su gruñido era constante y cada vez se acercaba más, con los pelos del cuello y el lomo erizados. Tuve ganas de darle una patada en su estúpido culo, pero supuse que me arrancaría la pierna de un mordisco. Estaba totalmente decidido a consumar el asesinato. El gato blanco todavía no había crecido del todo. Bufaba y aguardaba, apretado contra la pared, era una hermosa criatura, tan limpio.
El perro se movía lentamente hacia delante. ¿Para qué necesitaban esto los chicos? No era algo donde tuviese cabida el valor, era sólo juego sucio. ¿Dónde estaba la gente mayor? ¿Dónde estaban las autoridades? Siempre estaban en todas partes acusándome. ¿Y ahora, dónde estaban?
Pensé en acercarme corriendo, coger el gato y salir volando de allí, pero no tuve valor. Tenía miedo de que el bulldog me atacara. El saber que no tenía el valor de hacer lo que era necesario me hacía sentir horriblemente. Empecé a sentirme físicamente enfermo. Me sentía débil. No quería que ocurriese hasta que pensase en algo para impedirlo.
—Chuck —dije—, deja al gato que se vaya, por favor. Llama a tu perro.
Chuck no contestó. Sólo siguió mirando.
Entonces dijo:
—¡Barney, ve a por él! ¡Coge a ese gato!
Barney se fue hacia delante y, de repente, el gato pegó un salto. Era una furiosa mancha blanca, toda bufidos, uñas y dientes. Barney retrocedió y el gato volvió a pegarse a la pared.
—Ve a por él, Barney —dijo de nuevo Chuck.
—¡Maldita sea, cállate! —le dije yo.
—No me hables de ese modo —dijo Chuck.
Barney empezó a moverse de nuevo.
—¡Parad ya con esto! —dije.
Oí un ligero sonido detrás nuestro y me volví a mirar. Vi al viejo señor Gibson mirando desde detrás de la ventana de su dormitorio. También quería que mataran al gato, igual que los chicos. ¿Por qué?
El señor Gibson era nuestro cartero. Llevaba dientes postizos. Tenía una mujer que se pasaba todo el día dentro de casa. La señora Gibson siempre llevaba una red en el pelo e iba vestida con un camisón, bata y zapatillas.
Entonces apareció la señora Gibson, vestida como siempre, y se puso al lado de su marido, esperando a que se cometiese el crimen. El viejo Gibson era uno de los pocos hombres del vecindario que tenían trabajo, pero aún así necesitaba ver cómo mataban al gato. Gibson era simplemente igual que Chuck, Eddie y Gene.
Eran demasiados.
El bulldog se acercó más. Yo no podía presenciar el asesinato. Me avergonzaba enormemente abandonar al gato así. Siempre había una posibilidad de que el gato escapara, pero sabía que no lo permitirían. El gato no estaba enfrentado solamente al bulldog, estaba enfrentándose a la humanidad entera.
Me di la vuelta y me alejé, saliendo del jardín hasta la acera. Subí por la acera hasta mi casa y allí, esperando de pie en el jardín, estaba mi padre.
—¿Dónde has estado? —me preguntó.
Yo no contesté.
—¡Entra —dijo—, y deja de poner esa cara de desgraciado o te daré algo que te hará sentir de verdad desgraciado!”
Para que empecéis el miércoles, un poema de Bukowski, que nunca viene mal.
Que os guste.
conocí a un genio
conocí a un genio en el tren
hoy
como de 6 años de edad
se sentó a mi lado
y mientras el tren
avanzaba a lo largo de la costa
llegamos hasta el océano
entonces él me miró
y dijo,
no es hermoso.
fue la primera vez que me
percaté
de ello.

Al ir en metro ayer me acordé otra vez del diablo. De la puerta de su casa. Yo la vi una vez.
De pequeño me lo creía absolutamente todo. No me refiero a que fuese crédulo como todos los niños y tuviese una imaginación desbordante; me refiero a que mi madre tenía miedo de que la gente pensase que era estúpido. A juzgar por las cosas que recuerdo haber defendido en discusiones con mis amigos, el miedo de mi madre era completamente fundado.
A mi padre le hacía mucha gracia que me lo creyese todo. Por eso en lugar de corregirme cuando era pequeño, me reafirmaba en mis afirmaciones. Por ejemplo, cuando yo era pequeño, por alguna extraña razón creía que lo que entendemos por el concepto de “mañana” se decía “patatata”. Con toda mi dignidad y fundamento, al hablar con la gente de mi familia por teléfono (y con ese tono de abogadillo que me dicen que tenía) cuando me preguntaban que cuando iría a visitarles, yo respondía seriamente “Patatata voy”. Yo no sabía por qué mi padre se partía de risa (porque como comprenderéis, me lo tomaba como si a mis 26 años alguien se riese al decir yo “jamón serrano”), pero el caso es que al cachondo le hacía tanta gracia que no me decía que eso estaba mal dicho. Se lo callaba y se pasaba unos ratos fantásticos. Todavía se rie al acordarse. De todas maneras debo aclarar que mi concepto de “patatata” no era tan concreto como el de “mañana”(el día siguiente a hoy). “Patatata” lo usaba refiriéndome a cualquier día que no fuese hoy y que no hubiese pasado todavía. De pequeño el mundo se dividía en las tres “pes”: pasado, presente y patatata.
Por pura imitación también surgían malentendidos. Cuando yo suspiraba, mi padre lo hacía también pero añadiendo “tin tín” con el soniquete de una canción. Por eso, igual que fijándose en los adultos las jirafas aprenden a separar las patas para beber agua o los conejos aprenden que deben huir cuando los persigue un depredador, aprendí a suspirar diciendo “Ay tin tín” como si fuese lo más natural del mundo.
Creo que el día que aprendí que mi padre me la estaba dando con queso para reirse fue cuando mi madre le riñó justo después de soltarme una bola fenomenal. Yo acababa de aprender que los coches de los pobres no necesitaban gasolina: funcionaban perfectamente con agua del grifo. Mi madre estaba presente y le advirtió enseguida: “¡No le digas esas cosas al niño! Cuando diga en el colegio que los coches de los pobres van con agua, van a pensar que es tonto”. El miedo me sobrevino: si esa afirmación era cierta, probablemente había hecho el imbécil en millones de discusiones con mis amigos. Cualquiera sabía: incluso el hecho de que el miembro viril se llamase entre los adultos “el cabecín” podía también ser falso…
A partir de ahí (supongo, no lo recuerdo) debí percatarme de que si mi madre lo decía era por algo: en adelante debería tener más cuidado de creer lo que me dijese mi padre. Mi madre no miente nunca y quiere lo mejor para mí, así que me parecería lógico. Aprendí que cuando mi padre se partía de la risa debía ser algo que había dicho.
Sin embargo cuando me escapé de las garras del humor de mi padre, la mente adolescente de mi tio Chano me esperaba a la vuelta de la esquina. Él sí que me contaba bolas como catedrales pero encima no cometía el mismo error que mi padre: Chano es la persona más sincera que conozco, pero podía contarme lo primero que se le ocurriese con una cara completamente seria y haciéndose el sorprendido. “¿No lo sabías?”. Casi me daba vergüenza admitir que no sabía que los centauros son mucho más temibles que los hombres lobo (y mucho más frecuentes).
Recuerdo por ejemplo un día en el que entré en su habitación y una novia suya le estaba quitando esas pieles que nos salen en la espalda cuando hemos tomado mucho el sol.
- ¿Sabes cómo se hacen los chicles?- me preguntó.
- No
Chano miró a su novia de entonces y ella soltó una risilla como si acabase de admitir que no sabía lo que era un pájaro. Cabrona.
- Pues precisamente se hacen con estas pieles. La gente que ha estado tomando el sol mucho tiempo, cuando “se pela”, va a la fábrica y ahí les quitan las pieles. Las pagan muy bien. Luego las sumerjen en mermelada del sabor del que se quiera hacer el chicle y con el tiempo se ponen duras, se envuelven y se venden.
Algo me debió ver mi tio en la cara para usar al truco de la “opinión imparcial” y convencerme definitivamente.
- ¿Rocío, cómo se hacen los chicles?
- Como te acaba de decir Chano- dijo Rocío sin quitar la vista de la espalda de mi tio.
Entonces pensé que no quería probar un chicle nunca más. Recuerdo haber contado esta historia muchas veces para advertir a mis amiguitos cada vez que se llevaban un chicle a la boca. Aún hoy cuando me ofrecen un chicle, recuerdo la historia.
La mayor parte de las bolas (o las que maś recuerdo a día de hoy) tenían como objetivo el acojonarme terriblemente.
Recuerdo quedarme en el metro mirando la negrura que se veía por las ventanas si uno hacía viseras con las manos para eliminar el reflejo de las luces interiores del vagón. Era terrible.
- ¿Asusta, verdad?-me preguntó Chano un día dispuesto a no desperdiciar la ocasión.
- Sí- le dije yo.
- ¿Ves esos huecos en la pared?
Yo pegué más la cara al cristal. Luego asentí.
- En uno de esos vive el demonio. Cuando hicieron el metro descubrieron su casa. Casi nunca hace nada -y aquí puso la pose de confidencia que era cuando más miedo me daba-, pero a veces se enfada.
- ¿Y qué hace?
Mi tio en estas historias tenía dotes de buen narrador: sabía perfectamente que lo que daba más miedo de la historia era lo que no se contaba.
Desde entonces me daba miedo el metro. No quería estar ahí cuando se enfadase, hiciese lo que hiciese, pero cuando no me quedaba más remedio que ir en metro (y como vosotros sabéis, niños, es cada vez que se le pone en la flor al adulto que nos lleva) tenía una curiosidad tremenda por mirar siempre a través del cristal. A veces estaba seguro de haber visto dos ojos diabólicos, y de pura sugestión le he dicho completamente aterrorizado a algún adulto que había visto a un niño sucio y corriendo asustado. No recuerdo a quién se lo dije, pero supongo añadiría alguna frase parecida a “se ha escapado del infierno” y eso le quitaba bastante credibilidad a la historia.
¿Os acordáis de los vagones antiguos de metro? Los pitidos de la maquinaria eran advertencias del diablo. La gente del vagón estaba seria porque lo sabía. Nos estábamos acercando demasiado. Si uno se fija bien en la negrura y escucha con atención cualquier cosa, ve uno lo que quiere ver. Los que hayáis escuchado una historia de terror antes de iros a dormir con la luz apagada, seguro que sabéis a qué me refiero.
Los que me conocen saben que si puedo intento evitar el metro; no digo yo que sea por eso, pero estoy seguro de que haber huido de él como de la peste durante toda mi infancia algo tiene que ver.
Cuando íbamos a Portugal mi tio se daba el gustazo de por el mismo precio, aterrorizar a mis primos también. Íbamos al “palanque” (una especie de mirador vallado) y ahí nos contaba las historias que nos dejaban con la boca abierta. Al volver a casa al principio teníamos la dignidad de ir a paso normal entre la oscuridad, pero enseguida la cosa se aceleraba y siempre llegábamos gritando y corriendo aterrorizados. El problema ahí era que a lo macabro de las historias se unía que mi tio para hacerse entender por mis primos hablaba en portugués. Yo lo entendía bastante bien, pero no lo entendía todo, así que me hacía mi película particular. Recuerdo que cuando mi tio nos contó la historia de un “hombre lobo” que había en el pueblo, para referirse a él en portugués decía “Lobis-homem”. Yo entendí “Levis-homem”, no tenía ni idea de que “lobis” era “lobo” y se lo traduje a mis amigos cuando volví a España como “hombre-levis”. No recuerdo sus caras, pero pagaría por ver la mía contando con la cara blanca lo terrible que era el “hombre Levis” cuando paseaba por el bosque.
La madre de mis primos también me convenció de algunas buenas historias. Estando ahí una vez se me cayó un diente de leche.
- Hay que tirarlo enseguida donde nadie pueda encontrarlo.
- ¿Por qué?-pregunté inocente de mí.
- Pues porque si un perro lo encuentra y se lo come, a él le saldrá un diente humano y a ti un diente de perro.
Así lo hicimos, pero a mí no se me olvidó. A veces me imaginaba que un perro habría encontrado el diente. Cuando me crecían los dientes me los revisaba bien; sólo me quedaba tranquilo cuando veía que se estaba formando con forma de diente humano.
A veces no era mi familia la que se aprovechaba de mi credulidad, sino los profesores que con buena intención la usaban para dejarme sellados conceptos que consideraban indispensables.
Para advertirnos de la importancia de poner bien los puntos y las comas, una profesora nos lo explicó de una manera muy clara:
- Las comas y los puntos son importantísimos porque le dan la ocasión al lector de respirar. Una vez una mujer le escribió una carta a su hermano, pero como no había aprendido esta lección no puso puntos ni comas. Por eso su hermano al leerla, la leyó toda seguida.
La profesora extendió una mano frente a sí como si se tratase de la carta y comenzó a recrear los hechos del tal hermano leyendo.
-“QueridopacocomoestasesperoquebienaquitodosbienmepreguntólaEngraciaporti yledijequetehabíasidoalaciudad-cada vez leía más deprisa, no tomaba aire y su cara iba cambiando por una expresión de angustia- ymedijoquehacíamuchoque noteveíayquelegustaría…
Dejó de leer y dejó caer la cabeza.
- Aquél hombre se murió porque no había comas ni puntos donde respirar-dijo con una cara de solemnidad y tristeza que pondría contando la muerte de su propio hermano-. Fijaos lo importante que es.
Me cago en las buenas intenciones, amigos.
Me pasé una buena temporada pensando que mi puntuación podría ser la causante de una horrible muerte por asfixia. De hecho me acostumbré a escribir demasiados puntos y comas; hasta hace poco mi redacción era más o menos así:
“Hoy, he ido al parque, y ahí, me he econtrado a Jose, que me ha dicho, que si quería, podríamos ir a dar una vuelta. Yo, le he dicho que sí, y entonces, nos hemos ido, y hemos paseado…”. Tuve que hacer el firme propósito de repasar todos mis textos sólo para eliminar comas y puntos. Pensad en ello cuando critiquéis mi capacidad para puntuar. Pensad en la cara amoratada de Paco leyendo la carta de su hermana.
Podría contaros millones de historias más pero ya me he dado el gusto de contar algunas. No se lo he contado nunca a nadie más que a los interesados que yo recuerde. A mi tio le hace muchísima gracia recordarlo, y a mí también. Me encantaría saber vuestras historias.
¿Sabéis qué? Cuando tenga un hijo no me voy a poder aguantar. Aunque he pasado mucho miedo y habré quedado miles de veces como un niño imbécil, mi visión infantil le daba a las cosas más simples una explicación completamente absurda y muy atractiva. Ahora ya sé que el mundo es muy aburrido. Echo de menos revisar mis dientes para ver si tienen forma humana, pensar que una mala redacción puede matar a alguien, saber con certeza que la puerta del infierno está en algún tramo de la línea 6, y saber también que si me pierdo un día en el bosque y me encuentro al Hombre-Levis, lo mejor que puedo hacer es rezar el padre nuestro para que se asuste y huya.
Será demasiado tentador saber que mi hijo creerá todo lo que le digo durante un tiempo. Si me pregunta algo como para qué sirven las varas de metal de los techos de los edificios (cuando veamos un pararrayos) no voy a decirle la verdad; le diré que las ponen ahí para que los extraterrestres dejen amarradas sus naves flotantes e impedir así que salgan volando como un globo de helio.
Algún día tendrá tiempo de aburrirse sabiendo para lo que sirven en realidad. La gente pensará que está loco cuando le escuchen dar explicaciones absurdas, pero eso no me da miedo. Seguro que hasta se lleva algún berrinche cuando sus amigos le tomen por iluso. Tampoco me asusta porque todo eso tiene un lado bueno que lo compensa:
Si algún día llegan los extraterrestres, él sabrá ganarse su amistad diciéndoles dónde amarrar sus naves.
Cuidaos mucho. Y si os encontráis con un monstruo cualquiera, tranquilos. Rezad con los ojos cerrados y en voz alta. He comprobado que nunca falla.
Hace mucho que escribo y ya empiezo a pensar que siempre lo he hecho mal. Aquí vamos a ver si me equivoco, y sea así o no, a desentumecer los dedos, la parte de atrás de los párpados y la zona exacta de la nunca donde se encuentra el alma cuando uno piensa bien cualquier cosa.
Hace mucho escribí otro blog. Era un blog bastante normalito, pero el caso es que escribí algún cuento que no estaba horrorosamente mal. Cuando leí los halagos inmerecidos de la gente, el debate interno entre la falsa modestia, las ganas de agradar y el deseo secreto de destruir la tierra escribiendo para levantarla de nuevo, hacían que ni siquiera me atreviese a escribir nada porque nada de lo que se me fuese a ocurrir llenaría ninguna de las espectativas. Sólo escribía líneas, las borraba, y cometía el tremendo error quedarme parado casi con una pose; cometía el peor error venial que puede cometer un artista, y ésto es pensar que su silencio es ya en sí una expresión de algo. Cometía la ingenuidad de aplicar al arte la idea tan manida de que es mejor estar callado y parecer idiota que hablar y demostrarlo.
Ya ha pasado bastante tiempo; el suficiente para saber que es mejor hablar y quedar como un idiota que llegar a viejo sabiendo que las alabanzas que recibes por tu prudencia y rectitud se deben sólo a que no le dejaste saber a la gente que no tenías nada que decir.
Me comprometo a no pasarme de listo, a no intentar parecer más sensible de lo que soy, a no ser pomposo, ni a quitarle hierro a la cosa si es que la cosa tiene hierro. Me comprometo a hacer lo que pueda por no aburriros. Me comprometo a no liarme en mí mismo si sé que con eso estoy hablando de paisajes que no tienen interés alguno más que para el que posee el mirador.
No os pido nada cuando critiquéis. Destrozad lo que he escrito si queréis. A veces las ruinas son mucho más bonitas que la arquitectura original. Sea como sea, ahora quiero que si llegais a la conclusión de que soy imbécil sea con conocimiento de causa y no por pura sospecha.
Eduardo M. M.

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