Hace mucho que escribo y ya empiezo a pensar que siempre lo he hecho mal. Aquí vamos a ver si me equivoco, y sea así o no, a desentumecer los dedos, la parte de atrás de los párpados y la zona exacta de la nunca donde se encuentra el alma cuando uno piensa bien cualquier cosa.

Hace mucho escribí otro blog. Era un blog bastante normalito, pero el caso es que escribí algún cuento que no estaba horrorosamente mal. Cuando leí los halagos inmerecidos de la gente, el debate interno entre la falsa modestia, las ganas de agradar y el deseo secreto de destruir la tierra escribiendo para levantarla de nuevo, hacían que ni siquiera me atreviese a escribir nada porque nada de lo que se me fuese a ocurrir llenaría ninguna de las espectativas. Sólo escribía líneas, las borraba, y cometía el tremendo error quedarme parado casi con una pose; cometía el peor error venial que puede cometer un artista, y ésto es pensar que su silencio es ya en sí una expresión de algo. Cometía la ingenuidad de aplicar al arte la idea tan manida de que es mejor estar callado y parecer idiota que hablar y demostrarlo.

Ya ha pasado bastante tiempo; el suficiente para saber que es mejor hablar y quedar como un idiota que llegar a viejo sabiendo que las alabanzas que recibes por tu prudencia y rectitud se deben sólo a que no le dejaste saber a la gente que no tenías nada que decir.

Me comprometo a no pasarme de listo, a no intentar parecer más sensible de lo que soy, a no ser pomposo, ni a quitarle hierro a la cosa si es que la cosa tiene hierro. Me comprometo a hacer lo que pueda por no aburriros. Me comprometo a no liarme en mí mismo si sé que con eso estoy hablando de paisajes que no tienen interés alguno más que para el que posee el mirador.

No os pido nada cuando critiquéis. Destrozad lo que he escrito si queréis. A veces las ruinas son mucho más bonitas que la arquitectura original. Sea como sea, ahora quiero que si llegais a la conclusión de que soy imbécil sea con conocimiento de causa y no por pura sospecha.

Eduardo M. M.