
Al ir en metro ayer me acordé otra vez del diablo. De la puerta de su casa. Yo la vi una vez.
De pequeño me lo creía absolutamente todo. No me refiero a que fuese crédulo como todos los niños y tuviese una imaginación desbordante; me refiero a que mi madre tenía miedo de que la gente pensase que era estúpido. A juzgar por las cosas que recuerdo haber defendido en discusiones con mis amigos, el miedo de mi madre era completamente fundado.
A mi padre le hacía mucha gracia que me lo creyese todo. Por eso en lugar de corregirme cuando era pequeño, me reafirmaba en mis afirmaciones. Por ejemplo, cuando yo era pequeño, por alguna extraña razón creía que lo que entendemos por el concepto de “mañana” se decía “patatata”. Con toda mi dignidad y fundamento, al hablar con la gente de mi familia por teléfono (y con ese tono de abogadillo que me dicen que tenía) cuando me preguntaban que cuando iría a visitarles, yo respondía seriamente “Patatata voy”. Yo no sabía por qué mi padre se partía de risa (porque como comprenderéis, me lo tomaba como si a mis 26 años alguien se riese al decir yo “jamón serrano”), pero el caso es que al cachondo le hacía tanta gracia que no me decía que eso estaba mal dicho. Se lo callaba y se pasaba unos ratos fantásticos. Todavía se rie al acordarse. De todas maneras debo aclarar que mi concepto de “patatata” no era tan concreto como el de “mañana”(el día siguiente a hoy). “Patatata” lo usaba refiriéndome a cualquier día que no fuese hoy y que no hubiese pasado todavía. De pequeño el mundo se dividía en las tres “pes”: pasado, presente y patatata.
Por pura imitación también surgían malentendidos. Cuando yo suspiraba, mi padre lo hacía también pero añadiendo “tin tín” con el soniquete de una canción. Por eso, igual que fijándose en los adultos las jirafas aprenden a separar las patas para beber agua o los conejos aprenden que deben huir cuando los persigue un depredador, aprendí a suspirar diciendo “Ay tin tín” como si fuese lo más natural del mundo.
Creo que el día que aprendí que mi padre me la estaba dando con queso para reirse fue cuando mi madre le riñó justo después de soltarme una bola fenomenal. Yo acababa de aprender que los coches de los pobres no necesitaban gasolina: funcionaban perfectamente con agua del grifo. Mi madre estaba presente y le advirtió enseguida: “¡No le digas esas cosas al niño! Cuando diga en el colegio que los coches de los pobres van con agua, van a pensar que es tonto”. El miedo me sobrevino: si esa afirmación era cierta, probablemente había hecho el imbécil en millones de discusiones con mis amigos. Cualquiera sabía: incluso el hecho de que el miembro viril se llamase entre los adultos “el cabecín” podía también ser falso…
A partir de ahí (supongo, no lo recuerdo) debí percatarme de que si mi madre lo decía era por algo: en adelante debería tener más cuidado de creer lo que me dijese mi padre. Mi madre no miente nunca y quiere lo mejor para mí, así que me parecería lógico. Aprendí que cuando mi padre se partía de la risa debía ser algo que había dicho.
Sin embargo cuando me escapé de las garras del humor de mi padre, la mente adolescente de mi tio Chano me esperaba a la vuelta de la esquina. Él sí que me contaba bolas como catedrales pero encima no cometía el mismo error que mi padre: Chano es la persona más sincera que conozco, pero podía contarme lo primero que se le ocurriese con una cara completamente seria y haciéndose el sorprendido. “¿No lo sabías?”. Casi me daba vergüenza admitir que no sabía que los centauros son mucho más temibles que los hombres lobo (y mucho más frecuentes).
Recuerdo por ejemplo un día en el que entré en su habitación y una novia suya le estaba quitando esas pieles que nos salen en la espalda cuando hemos tomado mucho el sol.
- ¿Sabes cómo se hacen los chicles?- me preguntó.
- No
Chano miró a su novia de entonces y ella soltó una risilla como si acabase de admitir que no sabía lo que era un pájaro. Cabrona.
- Pues precisamente se hacen con estas pieles. La gente que ha estado tomando el sol mucho tiempo, cuando “se pela”, va a la fábrica y ahí les quitan las pieles. Las pagan muy bien. Luego las sumerjen en mermelada del sabor del que se quiera hacer el chicle y con el tiempo se ponen duras, se envuelven y se venden.
Algo me debió ver mi tio en la cara para usar al truco de la “opinión imparcial” y convencerme definitivamente.
- ¿Rocío, cómo se hacen los chicles?
- Como te acaba de decir Chano- dijo Rocío sin quitar la vista de la espalda de mi tio.
Entonces pensé que no quería probar un chicle nunca más. Recuerdo haber contado esta historia muchas veces para advertir a mis amiguitos cada vez que se llevaban un chicle a la boca. Aún hoy cuando me ofrecen un chicle, recuerdo la historia.
La mayor parte de las bolas (o las que maś recuerdo a día de hoy) tenían como objetivo el acojonarme terriblemente.
Recuerdo quedarme en el metro mirando la negrura que se veía por las ventanas si uno hacía viseras con las manos para eliminar el reflejo de las luces interiores del vagón. Era terrible.
- ¿Asusta, verdad?-me preguntó Chano un día dispuesto a no desperdiciar la ocasión.
- Sí- le dije yo.
- ¿Ves esos huecos en la pared?
Yo pegué más la cara al cristal. Luego asentí.
- En uno de esos vive el demonio. Cuando hicieron el metro descubrieron su casa. Casi nunca hace nada -y aquí puso la pose de confidencia que era cuando más miedo me daba-, pero a veces se enfada.
- ¿Y qué hace?
Mi tio en estas historias tenía dotes de buen narrador: sabía perfectamente que lo que daba más miedo de la historia era lo que no se contaba.
Desde entonces me daba miedo el metro. No quería estar ahí cuando se enfadase, hiciese lo que hiciese, pero cuando no me quedaba más remedio que ir en metro (y como vosotros sabéis, niños, es cada vez que se le pone en la flor al adulto que nos lleva) tenía una curiosidad tremenda por mirar siempre a través del cristal. A veces estaba seguro de haber visto dos ojos diabólicos, y de pura sugestión le he dicho completamente aterrorizado a algún adulto que había visto a un niño sucio y corriendo asustado. No recuerdo a quién se lo dije, pero supongo añadiría alguna frase parecida a “se ha escapado del infierno” y eso le quitaba bastante credibilidad a la historia.
¿Os acordáis de los vagones antiguos de metro? Los pitidos de la maquinaria eran advertencias del diablo. La gente del vagón estaba seria porque lo sabía. Nos estábamos acercando demasiado. Si uno se fija bien en la negrura y escucha con atención cualquier cosa, ve uno lo que quiere ver. Los que hayáis escuchado una historia de terror antes de iros a dormir con la luz apagada, seguro que sabéis a qué me refiero.
Los que me conocen saben que si puedo intento evitar el metro; no digo yo que sea por eso, pero estoy seguro de que haber huido de él como de la peste durante toda mi infancia algo tiene que ver.
Cuando íbamos a Portugal mi tio se daba el gustazo de por el mismo precio, aterrorizar a mis primos también. Íbamos al “palanque” (una especie de mirador vallado) y ahí nos contaba las historias que nos dejaban con la boca abierta. Al volver a casa al principio teníamos la dignidad de ir a paso normal entre la oscuridad, pero enseguida la cosa se aceleraba y siempre llegábamos gritando y corriendo aterrorizados. El problema ahí era que a lo macabro de las historias se unía que mi tio para hacerse entender por mis primos hablaba en portugués. Yo lo entendía bastante bien, pero no lo entendía todo, así que me hacía mi película particular. Recuerdo que cuando mi tio nos contó la historia de un “hombre lobo” que había en el pueblo, para referirse a él en portugués decía “Lobis-homem”. Yo entendí “Levis-homem”, no tenía ni idea de que “lobis” era “lobo” y se lo traduje a mis amigos cuando volví a España como “hombre-levis”. No recuerdo sus caras, pero pagaría por ver la mía contando con la cara blanca lo terrible que era el “hombre Levis” cuando paseaba por el bosque.
La madre de mis primos también me convenció de algunas buenas historias. Estando ahí una vez se me cayó un diente de leche.
- Hay que tirarlo enseguida donde nadie pueda encontrarlo.
- ¿Por qué?-pregunté inocente de mí.
- Pues porque si un perro lo encuentra y se lo come, a él le saldrá un diente humano y a ti un diente de perro.
Así lo hicimos, pero a mí no se me olvidó. A veces me imaginaba que un perro habría encontrado el diente. Cuando me crecían los dientes me los revisaba bien; sólo me quedaba tranquilo cuando veía que se estaba formando con forma de diente humano.
A veces no era mi familia la que se aprovechaba de mi credulidad, sino los profesores que con buena intención la usaban para dejarme sellados conceptos que consideraban indispensables.
Para advertirnos de la importancia de poner bien los puntos y las comas, una profesora nos lo explicó de una manera muy clara:
- Las comas y los puntos son importantísimos porque le dan la ocasión al lector de respirar. Una vez una mujer le escribió una carta a su hermano, pero como no había aprendido esta lección no puso puntos ni comas. Por eso su hermano al leerla, la leyó toda seguida.
La profesora extendió una mano frente a sí como si se tratase de la carta y comenzó a recrear los hechos del tal hermano leyendo.
-“QueridopacocomoestasesperoquebienaquitodosbienmepreguntólaEngraciaporti yledijequetehabíasidoalaciudad-cada vez leía más deprisa, no tomaba aire y su cara iba cambiando por una expresión de angustia- ymedijoquehacíamuchoque noteveíayquelegustaría…
Dejó de leer y dejó caer la cabeza.
- Aquél hombre se murió porque no había comas ni puntos donde respirar-dijo con una cara de solemnidad y tristeza que pondría contando la muerte de su propio hermano-. Fijaos lo importante que es.
Me cago en las buenas intenciones, amigos.
Me pasé una buena temporada pensando que mi puntuación podría ser la causante de una horrible muerte por asfixia. De hecho me acostumbré a escribir demasiados puntos y comas; hasta hace poco mi redacción era más o menos así:
“Hoy, he ido al parque, y ahí, me he econtrado a Jose, que me ha dicho, que si quería, podríamos ir a dar una vuelta. Yo, le he dicho que sí, y entonces, nos hemos ido, y hemos paseado…”. Tuve que hacer el firme propósito de repasar todos mis textos sólo para eliminar comas y puntos. Pensad en ello cuando critiquéis mi capacidad para puntuar. Pensad en la cara amoratada de Paco leyendo la carta de su hermana.
Podría contaros millones de historias más pero ya me he dado el gusto de contar algunas. No se lo he contado nunca a nadie más que a los interesados que yo recuerde. A mi tio le hace muchísima gracia recordarlo, y a mí también. Me encantaría saber vuestras historias.
¿Sabéis qué? Cuando tenga un hijo no me voy a poder aguantar. Aunque he pasado mucho miedo y habré quedado miles de veces como un niño imbécil, mi visión infantil le daba a las cosas más simples una explicación completamente absurda y muy atractiva. Ahora ya sé que el mundo es muy aburrido. Echo de menos revisar mis dientes para ver si tienen forma humana, pensar que una mala redacción puede matar a alguien, saber con certeza que la puerta del infierno está en algún tramo de la línea 6, y saber también que si me pierdo un día en el bosque y me encuentro al Hombre-Levis, lo mejor que puedo hacer es rezar el padre nuestro para que se asuste y huya.
Será demasiado tentador saber que mi hijo creerá todo lo que le digo durante un tiempo. Si me pregunta algo como para qué sirven las varas de metal de los techos de los edificios (cuando veamos un pararrayos) no voy a decirle la verdad; le diré que las ponen ahí para que los extraterrestres dejen amarradas sus naves flotantes e impedir así que salgan volando como un globo de helio.
Algún día tendrá tiempo de aburrirse sabiendo para lo que sirven en realidad. La gente pensará que está loco cuando le escuchen dar explicaciones absurdas, pero eso no me da miedo. Seguro que hasta se lleva algún berrinche cuando sus amigos le tomen por iluso. Tampoco me asusta porque todo eso tiene un lado bueno que lo compensa:
Si algún día llegan los extraterrestres, él sabrá ganarse su amistad diciéndoles dónde amarrar sus naves.
Cuidaos mucho. Y si os encontráis con un monstruo cualquiera, tranquilos. Rezad con los ojos cerrados y en voz alta. He comprobado que nunca falla.

6 comments
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29 Mayo 2007 a 15:00
Tinúviel
Sé con certeza que una mala redacción puede matar a alguien y que la puerta del infierno está en el metro, pero no la encontrarás en un tramo de la vía 6, está en la 5 a la altura de Diego de León. Me consta. Un niño que corría despavorido por el infinito intercambiador me lo dijo. Será mejor que no te despistes al hacer el trasbordo.
Por último, una recomendación. A ver a qué dios rezas cuando te tropieces con el Levis-home.Es judío.
29 Mayo 2007 a 17:12
Zarigüeña
Será un placer no vover a criticar tus signos de ortografia, le contare la historia a la causante de la critica.Gracias de nuevo por haberme dejado conocerte.
31 Mayo 2007 a 12:03
esrarodorarse
Hola! Tinúviel, con nombre de elfa y todo eres inconfundible.
Como sé que en estas cosas (también) eres sabia, estaré pendiente de la línea 5 y prestaré atención. Muchas gracias por el aviso. Es una información útil y quién sabe cuántas vidas salvará. Yo desde ya me pondré a avisar a mis seres queridos.
Te he hecho caso y me estoy previniendo contra el hombre Levis. Estoy estudiando Yiddish. En cuanto sepa por dónde atacarle, te avisaré. En estas cosas, si nos unimos y nos organizamos, no tendrán nada que hacer los monstruos.
Un beso gordo, y a ver cuándo sacas un ratillo y nos reunimos el escuadrón. Por lo que sé estás muy bien donde estás, y me alegro muchísimo.
Zari! Tú critica todas mis faltas de ortografía con confianza, que a ti te lo aguantó tó. Y en honor a la verdad y a la causante de la crítica, he de decir que no es la primera ni será la última que me critique eso. Cuando el río suena…
Sólo bromeaba, pero sí que me acordé de tu hermana al escribirlo. De todas maneras si me criticáis eso, me ayudaréis a superar el trauma y a que pueda escribir normalmente.
Un besote gordo.
3 Junio 2007 a 14:54
Fénix
Tinúviel, respecto al demonio, creo que te equivocas de estación. Es la siguiente de la línea 5. Núñez de Balboa. Haz memoria, todos lo vimos. Era rubi@, y se estaba quedando calv@. Con lo que os cuento y el nick ya sabréis quien soy.
Edu, sigue así. Eres muy bueno.
Tinúviel, lánzate, que todos sabemos que lo haces muy bien.
6 Junio 2007 a 12:31
Anónimo
La verdad, nunca he tenido la ocasión de cruzarme con el demonio por el metro y, os diré que lo cojo a diario. Eso sí, mucha de esa gente que viaja en el suburbano asusta más que el mismísimo diablo…os lo aseguro.
Si os digo la verdad…nunca le he visto la cara…de pequeña sólo me imaginaba cómo eran sus manos y siempre en el mismo sitio. Veréis la luz que daba a la escalera que sube a casa de mis padres era muy ténue apenas te dejaba descubrir los escalones para no caerte y, entonces, de la pared, mientras subía, veía salir unas manos, las del demonio (ya sabéis excesivamente alargadas, escamosas, verdes peludas y largas uñas). Eso me daba un miedo atroz y el minuto de escalera se me hacía eterno…
Terminé superándolo. Mi padre siempre me decía que no huyera que me enfrentara a aquello a lo que tuviera miedo y se convertiría en humo.
Un día, pensando en aquellas palabras de mi padre, cogí aire y decidí agarrar esas manos muy despacio. Esta vez no corrí por la escalera. Entonces, me dí cuenta: ¡no pasaba nada! Había estado acojonada tanto tiempo y…¡no pasaba nada! No había nada que temer…eran “manos de humo.” Desaparecieron cuando las apreté con fuerza. Pensadlo, viene muy bien en muchas situaciones de la vida…
Lo que sí os diré que, un día, una vez, durante 20 minutos…en el de Nuevos Ministerios estuve en el Cielo. Aunque la he vivido de veras, no podría describiros la situación pero por lo que significa esa expresión podréis imaginaros muchas cosas…y todas buenas. No hay palabras para describirlo, no…pero si algún día nos encontramos fuera de este ciberespacio os haré un gesto con una de mis manos que se acopla perfectamente a ese mágico momento.
Edu, acabo de descubrir tu blog…me das una envidia…mi sueño: escribir por placer y no por obligación…los hay con suerte y con algo de tiempo. Ánimo y adelante.
Nos vemos un día de estos, para seguir dándote el coñazo.
Para ti el Beso más gordo (y no huyas…aún a sabiendas de que no será humo)
21 Marzo 2009 a 3:36
Ale
Encontre tu blog buscando a Jim Croce y me encanto, tendré que tomarme el tiempo para disfrutarlo.
Yo creía de niña en El Negro de la Suerte , en ese tiempo era extraño ver una persona negra y nos asustaban los papas diciéndonos que si nos comportabamos mal El Negro de la Suerte nos llevaría con el, recuerdo el pánico que le tenía y cuando un niño decía que venía por el camino, yo corría a esconderme debajo de la cama , mi corazón se alteraba mucho y yo permanecía alli hasta que calculaba que el hubiera recorrido el tramo hasta perdese de vista. Más grande supe que el negro era un vendedor y lamenté mucho el miedo que le tenía.
Otra historia hermosa de esa ingenuidad infantil tiene que ver con mi amado abuelo, eramos 6 nietas pequéñas entre los 6 y 10 años y cosechabamos el grano de café con el en su cafetal, así que él con su paciencia santa de abuelo se daba a la dura faena de cuidarnos y de dirigirnos en la faena . Cuando por mala suerte rozabamos un gusano verde en una hoja de café era inmediata la roncha el ardor y ni para que decir del llanto asi que mi abuelo tomaba nuestra mano , pelaba unos granos de café y nos untaba la miel del grano , pero eso no era suficiente para consolarnos , asi que él se dirigía hacia la planta donde estabamos cosechando, nos preguntaba cual rama era y una a una revisaba las hojas hasta que encontraba al bandido gusano verde , lo tomaba en la hoja y hacía un pequeño hoyo en la tierra y ponía un poquito de tierra sobre el gusano , luego nos decía que así se nos quitaría el ardor , así que a esa altura ya la miel del café nos había aliviado el ardor y nosotras brincamos de felicidad pensando que fue la sepultura del traidor gusano .
Creo que la niñez es una de las etapas más hermosas de la vida, extraño a la Ale niña y crédula.