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Buenas.

Quiero avisaros de que voy a dejar de trabajar en el Fever. Este fin de semana iré por última vez como camarero. Si vais y no estoy, quiere decir que habrá dado tiempo a que encuentren a alguien.

La decisión la he tomado por varios motivos. El principal es que ahora que trabajo de lunes a viernes (ya os contaré, mangurrianes), me apetece muchísimo tener tiempo los fines de semana para dedicarlo a mí y a hacer el chorra con José, o poder irme al campo con alguna linda manceba que se deje engañar.

Hasta ahora los viernes y los sábados me entraban prisas después de comer para dormir la siesta cuanto antes para poder rendir por la noche. Estoy deseando dormirme la siesta igual, pero sin prisas.

He conocido a mucha gente genial en el Fever (y alguno de los que leéis el blog lo habéis conocido así). La mayor parte del tiempo me lo he pasado como un enano. Guardo muy buenos recuerdos, y muchos más que iré acumulando pero ahora otra vez como cliente. Sigo siendo mucho mejor cliente que camarero, eso sí.

Ahí nos veremos.

¡Hasta pronto!

Cuando trabajaba en el ciber tenía una compañera negra, Aisha, con la que me llevaba muy bien. Tenía treinta y pico, y era de Senegal. Llevaba muchos años en España pero hablaba rarísimo y se inventaba un montón de palabras. Aparte de eso tenía lo bueno y lo malo de una niña de 15 años.
Normalmente cuando algún cliente no le gustaba era bastante cortante. No sólo sabía defenderse sóla, sino que cuando alguien le caía mal podía ser bastante desagradable, hiciese el cliente o no algo para merecérselo.
Sin embargo había un tipo que podía con ella, le ponía nerviosa. Yo se lo notaba, pero no sabía qué era.
Era un hombre negro gigante, gordísimo, viejo y tenía bigote. Siempre hablaba un rato y luego iba a pagar educadamente. Siempre canturreaba canciones en bajito como distraído. Luego agradecía el cambio en francés, y se iba.
No había nada de raro en la conducta de ese hombre, pero Aisha estaba muy nerviosa. Cuando le atendía se le caían las monedas, o no le miraba a la cara, o si el hombre (rara vez) le dedicaba unas palabras para corregir el cambio, Aisha le daba o le recogía el dinero para que el cambio fuese el correcto, pero no lo agradecía ni le miraba a los ojos. La mayor parte de las veces Aisha miraba al suelo como una niña pequeña a la que estuviesen regañando en el colegio, y el hombre canturreaba en voz baja con una voz profundísima apoyado en la pared distraído.
Yo no sabía por qué se comportaba así. Alguna vez le pregunté y ella cambió de tema. Pero un día me lo dijo.
- Edu, ¿puedes atender tú al de la 11 cuando venga a pagar?
- Sí. ¿Por qué?
- Es que me pone muy nerviosa.
- ¿Te ha hecho algo?-le pregunté.
- No, no me ha hecho nada. Es que me pone bastante nerviosa.
- ¿Por qué?
- Por lo que canta. Esa canción es canción fúnebre en mi país, y no hay que cantarla- me dijo.
Poco después el hombre se acercó al mostrador, Aisha se retiró y me hizo una seña con la cabeza (“está ahí”). Le dije lo que tenía que cobrarle. Asintió amablemente.
Comenzó a canturrear otra vez. Nunca la había escuchado. Creo que siempre era la misma.”No hay que cantarla”, había dicho Aisha.
Le di el cambio, lo agradeció en francés y se fue con el mismo paso cansado de siempre.
- Ese hombre no es bueno-dijo Aisha.
Yo estaba de acuerdo y no sé por qué.

Aquella fue la última vez que vimos al tipo negro enorme.

Teníamos unos 10 años.Adrián y Carlos muchas veces venían a mi casa a jugar. A veces estábamos muy inspirados e inventábamos juegos. Era el escenario perfecto para probar uno que se me había ocurrido viendo la tele.
- Me he inventado un juego nuevo. El juego se llama “detectives”-dije yo.
- ¿Cómo se juega?-preguntó Carlos.
- Es fácil. ¿Habéis visto “Colombo”?
- Sí- dijo Adrián. Le encantaba Colombo como a mí.
- Pues se trata de hacer de detective. Vosotros os metéis en mi salón y simuláis un crimen. Luego me avisáis de que puedo entrar, yo entro y deduzco todo lo que ha pasado.
Adrián y Carlos se miraron.
- No lo entiendo-dijo Carlos.
- Pues por ejemplo-le expliqué yo-, imaginemos que Adrián está sentado leyendo.
Adrián se quedó mirándome de pie donde estaba unos segundos. Como vi que no hacía el gesto de sentarse, hice como si ya se hubiese sentado. Adrián no era muy despierto. Era de esos niños que siempre van vestidos con pijama.
- Pues si tuvieses que matarle, puede que cogieses éste cuchillo de la merienda. Tú te acercas a él, haces como que se lo clavas, y él se cae como si se hubiese muerto. Si sois lo suficientemente realistas, al entrar yo me fijaré en que falta un cuchillo y deduciré que le has matado clavándoselo. Al ver el libo deduciré que leía mientras lo hiciste, así que tuviste que acercarte sigilosamente por la espalda.¿Entiendes?
Silencio.
- Creo que sí-dijo Carlos al rato-. ¿Y vas a poder?
- He leído millones de libros de misterio, y me he visto todas las series y películas de detectives que he podido verme, así que sí, si me dais tiempo y sois realistas podré.
Ellos se metieron en mi salón, cerraron la puerta y yo me quedé fuera afilando las garras de mi intelecto. Repasé mentalmente todas las cosas que había memorizado de mi salón. Sabía lo importante que era fijarse en cada detalle y tenerlo en cuenta. Había aprendido que con lógica, minuciosidad y paciencia, podría deducirse cualquier cosa.
No tendría mucho mérito deducir algo así, porque mis amigos seguro que serían descuidados (al fin y al cabo eran niños) y no tenían maldad; sin embargo tenía la excusa de que para aprender y ser como los maestros, mejor era empezar con cosas fáciles.
Oí un ruido dentro del salón. Algo se había caído al suelo.
- ¿Ya?-grité.
- Espera.
Oí más ruidos y no pude evitar poner atención para averiguar lo que eran. Una trampilla no hace mal a nadie. Eran libros cambiando de sitio.
- Ya- dijo Carlos.
Entré supongo que con una ceja levantada.
En el suelo estaba Adrián bocabajo. En la silla estaba Carlos sentado con una cara impagable que todavía recuerdo. Quería ver el intelecto del genio en acción.
Lo revisé todo mentalmente. ¿Faltaba algo? Pues no lo veía. “A ver. Quizá ha cogido y se ha acercado por la espalda y…”. Ni idea. No había ni una sola pista.
- ¿Te rindes?- dijo Adrián que seguía haciéndose el muerto.
- No.
Adrián volvió a sacar la lengua y cerrar los ojos.
Seguí pensando y pensando. Nada. No podía. Pero tampoco podría rendirme.
- Esperad. Me lo habéis puesto muy dificil. Como es la primera vez, hacedlo un poco más fácil.
La segunda vez las cosas cambiaban pero no era capaz de deducir absolutamente nada. A mí me parecía que todo estaba en el mismo sitio, y las pistas reveladoras eran fáciles de ver cuando el cámara hacía un zoom sobre ellas, pero si no… yo no veía nada raro. Por eso pedí una tercera vez.
La tercera vez fue la última.
Entré, pero ahora la vergüenza no me dejaba levantar la ceja.
En el sofá con la lengua fuera estaba Carlos. Adrián estaba sentado en una silla. Al rato de verme sudar mirando qué faltaba, me empezó a hacer gestos con la cabeza. Era una pista. La necesitaba.
- ¿No ves que falte nada?- me preguntó Adrián.
Yo resoplé. ¿Quizá algún libro había cambiado de sitio? ¿Un abrecartas escondido en un cajón podría haber cambiado sospechosamente de orientación? ¿Quizá un pelo rubio de Carlos asomaba de una de las mangas de Adrián y le daba algo de sentido? No veía nada. Tuve que rendirme.
- No. ¿Qué falta?
- Faltan dos sillas.
Yo me quedé callado. Habían quitado dos puñeteras sillas de la mesa donde yo comía todos los días y ni siquiera me había dado cuenta. Ahí acababa mi carrera de detective. No quería saber nada más.
- ¿Jugamos a otra cosa?-pregunté.
- Sí- dijo Carlos poniéndose de pie de un salto. Adrián estaba decepcionado.
- ¿Queréis que bajemos al parque?
- Vale- dijeron los dos.
Nos fuimos. De camino al parque tuve que preguntárselo a Adrián.
- ¿Dónde están las sillas?
- Entre el sofá y la pared.
- Vale. Gracias.
- ¿No te habías dado cuenta?-me preguntó Adrián.
- No- dije.
- Era dificil- me dijo apretando los labios con cara de circunstancias. Lo decía en serio.Era un buen tipo.
- Un poco.
Jugamos al fútbol y creo que perdimos. Yo me sentía completamente gilipollas, aunque hasta años más tarde no tuve ninguna evidencia.
Pero todavía quedaban muchas cosas por probar. La siguiente estaba clara. Inventor. Sí, sería inventor. Mucho más creativo que detective, y además sin tener que ver cosas deprimentes todos los días.
Lo de inventor, como ya os contaré, tampoco resultó ser lo mío.

Ella y yo estábamos en la cama. Ella se había escapado del instituto, y yo no sé que se supone que debería estar haciendo. Llevábamos toda la tarde haciendo lo que hacen los chavales que se escapan y tienen un sitito para estar tranquilos.
Ella estaba tumbada a mi izquierda. Yo puse la mano izquierda como la pondrías tú para hacer la sombra chinesca de un pato: el pulgar era la parte inferior del pico, y el resto de los dedos juntos, la superior. La llevé hacia ella y se la puse enfrente como si le estuviese mirando fíjamente.
- Hola- dijo la mano con la voz más tierna que pude poner.
- Hola – respondió ella sonriendo-. ¿Quién eres?
La mano no respondió. Frotó la cara contra la cara de ella suavecito, buscando mimos. Luego se acurrucó en el hueco que formaban sus pechos. Ella se rió y comenzó a acariciar la cabeza de la mano. A la mano le gustaba.
Puse el mismo gesto con la mano derecha y miró en todas las direcciones para ver dónde estaba la otra. Era la mala. La mano izquierda lo sabía y temblaba entre los pechos de ella para disfrute del dueño de ambas manos.
- ¿Dónde está?- dijo la mano derecha con la voz más maligna que puedo poner yo (osea, que malignilla).
Ella tapó mi mano izquierda con la sábana.
- No la he visto.
La mano mala comenzó a olerlo todo. Bajo las sábanas la mano buena seguía temblando.
- ¡Ajá! ¡Aquí estás!
La mordió directamente en la muñeca-yugular. La mano buena pedía clemencia y la mala dejó de morder para empezar a masticar.
- ¡Sálvame!- le pidió la mano buena a ella.
Ella dió un manotazo a la mano mala, y puso entre sus pechos a la mano buena. La mano mala se fue a refugiar detrás de mi espalda.
- Gracias-dijo la mano buena, y cabeceó contra los pechos de ella.
Poco después la mano mala apareció de nuevo. Acechaba sin moverse. La buena temblaba y se refugiaba ahora en la axila de ella.
Ella seguía haciéndole cariños a la buena.
- Tranquila-decía-, que yo te cuido.
La mano mala comenzaba a acercarse. La buena se metía ya entre el colchón y la espalda de ella.
- ¡Déjame en paz!-dijo la mano buena.
La mano mala se arrastraba sobre la tripa desnuda de ella. Se acercaba más y más.
En un movimiento rápido la mano mala agarró a la mano buena y comenzó a golperla en la cabeza.
- Yo soy buena- decía la mano buena.
- ¡Eres estúpida!- decía la mala con la voz malignilla, y seguía picoteándola.
Ella ya no sonreía, sino que las miraba a las dos y no participaba en el juego. Yo me reí.
- ¿Qué te pasa?
Entonces mis dos manos y yo paramos y la miramos.
- Páralo Edu.
- ¿Por qué?
- Me están dando ganas de llorar-dijo con un par de lágrimas formándose ya.
Yo me reí y la abracé, y ella se rió, pero sólo después de un rato.

Supongo que ésto os parecerá una chorrada, pero yo recuerdo que en el momento en que me dijo eso pensé “cómo no va a enamorarse uno de una persona así”.

Éramos casi unos niños, y ahora no sé qué aspecto tendrá ella.

Hay muchas cosas que echo de menos de tener pareja. Una de ellas es el instante en el que uno entiende por qué la tiene. Ya no me acuerdo de cómo era eso…

Siento no poder actualizar el blog con frecuencia. Voy a empezar a trabajar pronto y tengo que atar algunos cabos sueltos (y disfrutar lo poco que me queda de buena vida). Además la cosa se ha puesto dificil para continuar viviendo en mi casa (aunque ya está resuelto)

Espero que sigáis fieles al blog para cuando pueda resarcirme y aburriros con más chorradas mías.

Mientras tanto y por si no podéis soportar la espera, os dejo perlas.

Tres de mis chistes gráficos favoritos del maestro Quino:pantallazo-2.pngpantallazo-1.jpg

Quino

Hoy se me cierran los ojos.
Mañana os contaré un cuento…

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