Ella y yo estábamos en la cama. Ella se había escapado del instituto, y yo no sé que se supone que debería estar haciendo. Llevábamos toda la tarde haciendo lo que hacen los chavales que se escapan y tienen un sitito para estar tranquilos.
Ella estaba tumbada a mi izquierda. Yo puse la mano izquierda como la pondrías tú para hacer la sombra chinesca de un pato: el pulgar era la parte inferior del pico, y el resto de los dedos juntos, la superior. La llevé hacia ella y se la puse enfrente como si le estuviese mirando fíjamente.
- Hola- dijo la mano con la voz más tierna que pude poner.
- Hola – respondió ella sonriendo-. ¿Quién eres?
La mano no respondió. Frotó la cara contra la cara de ella suavecito, buscando mimos. Luego se acurrucó en el hueco que formaban sus pechos. Ella se rió y comenzó a acariciar la cabeza de la mano. A la mano le gustaba.
Puse el mismo gesto con la mano derecha y miró en todas las direcciones para ver dónde estaba la otra. Era la mala. La mano izquierda lo sabía y temblaba entre los pechos de ella para disfrute del dueño de ambas manos.
- ¿Dónde está?- dijo la mano derecha con la voz más maligna que puedo poner yo (osea, que malignilla).
Ella tapó mi mano izquierda con la sábana.
- No la he visto.
La mano mala comenzó a olerlo todo. Bajo las sábanas la mano buena seguía temblando.
- ¡Ajá! ¡Aquí estás!
La mordió directamente en la muñeca-yugular. La mano buena pedía clemencia y la mala dejó de morder para empezar a masticar.
- ¡Sálvame!- le pidió la mano buena a ella.
Ella dió un manotazo a la mano mala, y puso entre sus pechos a la mano buena. La mano mala se fue a refugiar detrás de mi espalda.
- Gracias-dijo la mano buena, y cabeceó contra los pechos de ella.
Poco después la mano mala apareció de nuevo. Acechaba sin moverse. La buena temblaba y se refugiaba ahora en la axila de ella.
Ella seguía haciéndole cariños a la buena.
- Tranquila-decía-, que yo te cuido.
La mano mala comenzaba a acercarse. La buena se metía ya entre el colchón y la espalda de ella.
- ¡Déjame en paz!-dijo la mano buena.
La mano mala se arrastraba sobre la tripa desnuda de ella. Se acercaba más y más.
En un movimiento rápido la mano mala agarró a la mano buena y comenzó a golperla en la cabeza.
- Yo soy buena- decía la mano buena.
- ¡Eres estúpida!- decía la mala con la voz malignilla, y seguía picoteándola.
Ella ya no sonreía, sino que las miraba a las dos y no participaba en el juego. Yo me reí.
- ¿Qué te pasa?
Entonces mis dos manos y yo paramos y la miramos.
- Páralo Edu.
- ¿Por qué?
- Me están dando ganas de llorar-dijo con un par de lágrimas formándose ya.
Yo me reí y la abracé, y ella se rió, pero sólo después de un rato.

Supongo que ésto os parecerá una chorrada, pero yo recuerdo que en el momento en que me dijo eso pensé “cómo no va a enamorarse uno de una persona así”.

Éramos casi unos niños, y ahora no sé qué aspecto tendrá ella.

Hay muchas cosas que echo de menos de tener pareja. Una de ellas es el instante en el que uno entiende por qué la tiene. Ya no me acuerdo de cómo era eso…