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“La puja ha finalizado”. Qué cara de imbécil.

Yo siempre he pensado que no me gustaba comprar. Hasta presumía de no disfrutarlo en absoluto (más bien pasarlo mal). El no sentir absolutamente nada por ropa, cacharros, bicis o instrumentos sexuales de plástico me parecía buena cosa. Las compras siempre me habian resultado un fastidio, especialmente la ropa. Cuando tenía que comprar ropa y convencía a alguien (sobre todo a amigas) les pedía que me eligiesen ropa por tanto dinero como el que tuviese para gastarme. “La ropa es algo muy personal” me dicen. Yo siempre digo lo mismo: “pues piensa que le estás comprando ropa a tu novio”. Parece ser que no cuentan mucho con la personalidad de sus novios al comprarles ropa (“cuánto me gustas… ya te cambiaré”) así que el asunto quedaba zanjado.

Siempre que me ha pasado las chicas lo han disfrutado. Yo les quedaba muy agradecido porque me hace la misma ilusión comprar ropa que ibuprofeno. Cuando tengo que tomarme el ibuprofeno, no disfruto pensando en lo bien que me sentará, sino que no me queda más remedio que tomármelo. La cosa no cambia mucho con las camisas o los pantalones.

Alguna vez sí me había llamado la atención algo, y normalmente ha sido lo que menos le gustaba a la gente. Claro ejemplo es mi parca alemana de mod, que yo luzco orgulloso y encantadito a pesar de haberme dicho tanta gente que es horrible… Lo único que acierto a decir es que es muy calentita. Bueno, hubo una excepción. Cuando una compañera de curro (Lidia, que da para muchas entradas en el blog) se iba a echar una de esas siestas rápidas hasta que llegase la hora, le puse por encima la parca alemana. Cuando se despertó me dijo “ahora sé por qué te gusta la parca”. ¡Qué felicidad! ¡La única cosa que he elegido de mi vestuario le gusta a alguien! Y encima a Lidia… qué guay.

Un día me di cuenta de que la cosa no era como yo había dado por sentado que era. Por favor, no penséis que me tiro el rollo diciendo lo siguiente, porque de verdad que no es el caso.

Estaba en Nueva York y Amanda me enseñó una tienda.

- Esta tienda es genial. ¿Te importa que pasemos un momento?
- ¿De qué es?
- De ropa.

Por supuesto pensé “para una vez que voy al SoHo de Nueva York voy a perder el tiempo viendo modelitos y chorradas”. Media hora más tarde le estaba pidiendo a la gente con la que íbamos que me dijesen dónde iban a estar, que yo me reuniría con ellos más adelante, pero que por favor me dejasen un rato más.

La tienda estaba llena de cosas acojonantes. Había abrigos que eran vestidos de época (me refiero a que tenían una cremallera en medio con lo que igual que yo me pongo la parca, otra se pondría de María Antonieta en un periquete), pantalones acojonantes, sombreros de proxeneta americano (los de la plumita), ropa salida de cualquier capítulo de Sturky y Hutch, ropa militar pero urbana, chaquetas que harían que Neo no quisiese irse de Matrix y dejase sonar el puto teléfono… Bueno. Que la sarta de chorradas que acabo de escribir sirva para que sepáis, oh queridos cacahuetillos, que estaba alucinado. Me hubiese comprado todas y cada una de las cosas que vi en esa tienda (y no os adelantéis, cabroncillos, que me refiero sólo a la de hombre).

No podía comprarme nada porque no tenía un pavo, pero eso daba igual. Por una vez me di cuenta de que lo único que pasaba era que lo que veía en las tiendas no me gustaba en absoluto, pero que cuando había cosas que sí me gustaban era capaz de babear. En tendía, al fin y al cabo, por qué tanta gente se ponían contentas al saber que por la tarde irían de tiendas, o por qué lo hacían para superar una ruptura sentimental.

Después de eso fuimos a un par de tiendas que estaban justo al lado, y lo flipé casi igualmente. Para no llevarme mal con los queridos americanos no insistí en quedarme en ninguna, pero si hubiese tenido pasta les hubiese asesinado con mi tarjeta de crédito antes de afilarla haciéndome un fondo de armario. Era como descubrir muy tarde que a uno, después de años pensando lo contrario, sí que le gusta la música. Y mucho.

He intentado ir a tiendas de chueca (ahí tienes cosas muy chulas), a tiendas góticas, a tiendas ochenteras, a tiendas de diseño…pero no es lo mismo. Generalmente hay alguna cosa que me llama la atención, pero normalmente es una clavada y no me lo puedo permitir. Tampoco me da pena ninguna, pero me gustaría encontrar tiendas así en Madrid. A patriota no me gana nadie, pero por normal general veo que lo que manda (por lo menos en Madrid) es un borreguismo roperíl acojonante. Estoy harto de ver alguna camisa que más o menos se salva en Springfield, y luego vérsela puesta a siete tipos en el mismo local. Estoy harto de encontrarme ropa supuéstamente para jóvenes, con un pretendido look moderno, en las que se ven frases como “palm beach surf”, “university of dakota”, “ride the waves”, o un número de dos cifras enorme. Siempre me quedo pensando en por qué coño ponen esos números.

- ¿Aquí ponemos un 40?
- Nah, el 40 está pasado. Pon mejor un 28 así en amarillo y gigante, que es mucho más dinámico y urbano.
- ¿Pero el dinámico y urbano no era el 92?
- No gilipollas. Si pones un 92 no lo comprará nadie porque parecería un souvenir de las olimpiadas.

Se lo achaco a una alarmante falta de originalidad. Y los sitios que sí son algo originales me quieren cobrar cincuenta eurorr por una camiseta con la cara de un tipo de Harlem. No señor. En todo caso pondré a un amiguito, que por lo menos así le hago publicidad (y tengo conversación). Y esto último no lo puedo hacer ¡hasta que no me eche amigos más guapos! :p

Bueno, eso no es de lo que quería hablar, y para no querer hablar, llevo un buen rato aburriéndoos. Os jodéis. Si queréis diversión, id a ver carreras de mapaches.

El caso es que aunque siempre había oido hablar de eBay, nunca había entrado, o lo había hecho pero no me había llamado la atención en absoluto. La cosa cambió hace un par de semanas.

Le dije a Nuria que estaba enganchado al eBay. Era una exageración, pero la verdad es que desde que me registré entré durante dos días compulsivamente a ver cosas. De nuevo podía disfrutar las compras sin las cosas que no me gustan de las compras. No habría música latina estridente, o música disco estridente, o niñas gritándose estridéntemente órdenes incomprensibles mientras mascaban chicle y doblaban camisas, o dependientes estirados a los que les jodía enseñarte algo que pensaban que no puedes permitirte.

Me encanta mirar cosas por eBay, y tuve que decidir retirarme un poco porque me estaba picando con un montón de artículos. Además como eran artículos para regalar, y no para mí, la avaricia parecía que tenía excusa. “El infierno está empedrado con buenas intenciones”, ya sabéis.

Hoy sin embargo me han tocado los huevos sobremanera. Estaba pujando por un Latitude X1, el ordenador que tenía mi jefe en mi curro anterior, y del cual me enamoré perdidamente cuando caía en mis manos en ese mismo curro. El ordenador es muy caro, pero salía muy barato. Después de muchas subidas y muchos “pues por mis huevos”, faltaba 1 hora para acabar e iba a conseguirlo por 315 napos. Según pasaban los minutos, los vecinos del quinto han venido a quejarse de que me frotaba las manos demasiado ruidosamente, pero no era para menos. Me iba a dar un capricho por fin (qué bien sienta cuando te sientes culpable de querer algo que a penas te puedes permitir, se lo cuentas a alguien y te dice “pues date el capricho, que te lo mereces”, ¿verdad?) e iba a ser el ordenador de mis amores.

Por supuesto y como no podía ser de otra manera, cuando llevaba media hora recargando la página cada 12 segundos para ver si seguía siendo el máximo pujador, al faltar treinta segundos para finalizar, otro tipo ha subido la puja 5 eurorr y se lo ha llevado. Me quedo sin ordenador y con una cara de gilipollas impresionante. No me ha dado tiempo de pujar más, aunque lo he hecho todo lo rápido que he podido.

Me gusta comprar en eBay. Me gusta mucho de hecho, pero ya he aprendido la lección: si sigo un artículo, acabo cogiéndole un apego que no viene a cuento.

Ahora, enfurruñao como estoy, renuncio a comprarme un portátil. Voy a pujar, eso sí, por el mejor Telesketch que pueda comprar el dinero.

¡A cuidarse y a consumir, salaos!

Frases que seguro que han sido las últimas que dijo alguien alguna vez antes de morir (o alguien las dirá).

- ¿Te imaginas que estuviese cargada?.

- Los escorpiones son los venenosos, no los alacranes. Mira.

- ¿Qué es eso que me querías contar sobre lo que de verdad te excita? -

-¡Joder Antonio! Qué susto. Sólo a ti se te ocurre disfrazarte de oso en una acampada. Muy buen disfraz, por cierto

- ¿Que no me atrevo? Vas a ver.

- ¿Qué haces todavía despierto?.

- Sí, ya veo el barranco. Muy bonito.

- Me pregunto si todavía funcionará esta guillotina.

- Qué paz escuchar música en la bañera.

- Mujer, ¡no llores! Pues claro que te quiero. Oye cariño, ¿le has echado algo a la sopa? ¿o es que no es la de siempre?

- Y si no te pago, ¿qué?.

- Voy a volver a sumergirme. Creo que he visto un atún enorme.

- ¿Ves ese poste de ahí delante?.

- No te lo vas a creer, pero estoy oyendo un silbido que parece mismamente un tren.

- Sí, soy yo el vecino de la trompeta. Es que estoy estudiando música ¿por?.

- ¿Qué hace en medio del campo un hilo de cobre tirado?.

- ¿Eso bulto pegado al chasis? Pues supongo que será el GPS.

- ¡Grazzoni, el mejor lanzador de cuchillos del mundo!Y hoy, por ser el último día de la temporada del circo, yo mismo tendré el honor de ser su voluntario.

- No me gusta que me trates como un niño. ¿De verdad crees que soy tan estúpido como para no saber plancharme una camisa? Pues siéntate y aprende cómo se plancha.

¿Se os ocurren más, oh respetables cacahuetillos?

- Como asegurarte, no puedo asegurarte nada, Luis- dijo el abogado-.

- ¿Pero tú cómo lo ves?

- Pues hombre, yo ya te he dicho que depende mucho de cuánto quieran pelear. La ley está de nuestro lado pero hasta que consigas lo que quieres, se puede alargar muchísimo.

- Ya.

- ¿Quieres echarle un vistazo al burofax que vamos a mandar?- dijo el abogado acercándoselo con la mano.

Luis asintió y quitó las manos de encima de la mesa dejando una mancha de sudor. Se las secó en el pantalón y cogió con cuidado los papeles. Mientras los leía, movía los labios. De repente se detuvo.

- Un momento. Pero bueno, si aquí hay una falta de ortografía-dijo.

El abogado se hizo el sorprendido, pero no lo estaba. Estaba fastidiado. Aunque no había repasado los papeles que le había dado su secretaria, ya sabía qué falta era esa.

- ¿Cómo?

- Sí sí, aquí-dijo Luis señalando dos palabras unidas con un guión en el centro del folio para enseñárselas al abogado-. Esto tiene que ir junto, sin el guión¿no?.

El abogado se levantó un poco para alcanzar a leerlas. Ahí estaba, la falta de siempre. Eso no podía seguir así.

- Sí claro, eso tiene que ir todo junto. No sé qué habrá pasado. Bueno, de todas maneras es un borrador – mintió el abogado-; estas cosas antes de mandarlas siempre las reviso yo personalmente, así que tranquilo. De todas maneras ya que estás, subráyalo y así cuando lo repase la corrijo.

El abogado le tendió un bolígrafo a Luis.

- Bueno…-dijo Luis.

La subrayó y leyó hasta el final. El abogado sabía que no había otra. La falta era premeditada, no había ninguna duda de ello, y era inexcusable. Entregar un documento con una falta de ortografía, no solo era peligroso en la abogacía sino que daba una terrible imágen a la empresa.

- Nada más-dijo Luis-.

Poco más tarde el abogado acompañó a la puerta a Luis y le despidió con una sonrisa de abogado y un apretón de manos. Cerró la puerta y fue a su despacho. Ahí recogió el folio, revisó la expresión subrayada y la metió en la carpeta donde estaban los documentos que tenían el mismo error.

Con esa carpeta salió de su despacho soltando el aire por la nariz, y se acercó a la mesa de su secretaria.

Ahí estaba Margarita. Sonrojada.

- Esto no puede seguir así Margarita

El abogado lo dijo con voz firme pero lo suficientemente bajo para que no se enterase nadie más.

- ¡Ya hemos hablado de ésto y me está dando usted serios problemas! Me hago cargo de que sus intenciones son buenas, pero si esto sigue así no me quedará más remedio que despedirla.

El abogado le dejó la carpeta encima de la mesa y salió.

Margarita no levantó la mirada y tragó saliva.

Abrió la carpeta llena de documentos, todos con la misma expresión subrayada: “Le re-quiero”.

Margarita se tapó la cara y fue al servicio con un nudo en la garganta. El amor era tan dificil…

Hoy venía pensando que todo se puede medir.

La amistad en pintas
Los besos en kilómetros hora
El miedo en kilowatios
La tristeza en litros por metro cuadrado
El amor en caballos de vapor
La salud en kilates
La muerte en dólares
Los sueños en toneladas
El odio en atmósferas de presión
El sexo en nudos marinos
La convivencia en decibelios

A vosotros que sois muy listos…¿se os ocurren más?

De pequeño yo estaba enamorado, como todos.

Ella se llama Sara Merino. Se llamaba, iba a decir. Para el caso es lo mismo. Se fue de esta ciudad a una con mar, igual que todas las niñas de pelo largo que nos gustan en la infancia.

Sara tenía el pelo larguísimo y liso, hablaba como una verdulera y caminaba como un fantasma. Siempre estaba de mal humor y vivía en una casa muy pequeña con cinco hermanos. Se parecía a Julia Roberts, comía pipas masticándolas y escupiéndolas, le gustaba jugar con los niños más pequeños y defender a los niños gordos y débiles. Era la niña guapa que no se considera guapa de la que todos los niños nos enamoramos, y ahora pienso que es porque ni más ni menos, nos hacía caso. A veces basta que alguien sea amable con nosotros sin tener por qué serlo, para que pensemos que esa amabilidad es lo más bonito que vamos a sentir nunca. A veces hasta tenemos razón.

Ella era simpática, optimista, alegre, y siempre estaba contando chistes. Eran chistes malísimos, y yo fingía que me hacían mucha gracia. Estaba bastante tenso escuchando el chiste porque desde el principio me preocupaba por que la risa del final me saliese natural. No hacía falta que los escuchase porque ya me los sabía todos, y además ella los contaba fatal. Me daba miedo decírselo y que dejase de contármelos. Me daba miedo que no se acercase más a mí, porque sabía perfectamente que no había ninguna razón para que lo hiciese. Nunca he conocido a una chica de la que me hagan gracia sus chistes, y quizá es por lo mismo.

Hubo una vez que sí me hizo mucha gracia. Contó mal el chiste.

Por aquél entonces estaba de moda la película Pretty Woman. En el colegio corría el chiste de llamarla Puta Woman. No es un chiste para tirar cohetes, pero nos hacía gracia. Un día vino Sara a contármelo. Yo ya sabía qué me diría, así que estuve pensando en cómo reirme de manera natural.
- ¿Has visto la película de la Roberts?
- Sí, está muy bien-dije yo callándome que me había pasado la película sacándola parecidos.
- ¿Sabes cómo la llaman?
- No – cara de querer ser sorprendido.
Ella se quedó pensando. Al final le salió:
- Pretty Puta.

La risa falsa que me iba a salir se quedó donde sea que se quedan las risas falsas que no salen, y me carcajeé. Ella se enfadaba cuando nos reíamos de sus equivocaciones porque tenía miedo de ser tonta. A veces le daba por ahí y no había quién la convenciera de lo contrario. Normalmente era cuando nos daban las notas. Sara era mala estudiante.

Una vez, yo, intentando consolarla, y afilando la pedantería que tan popular me haría más adelante, le dije.
- ¡No te preocupes mujer! Ya ves que todo un sabio dijo “Sólo sé que no sé nada”.
- Ya -dijo ella todavía más preocupada-, pero es que yo no sé ni eso.

En otra ocasión, cuando estábamos en Mallorca, mientras estábamos sentados se acercó ella a preguntarnos cómo se llamaba uno de los monitores mientras le señalaba a lo lejos.
- Celestino – le dije.
Ella le miró. Pensó unos segundos. Puso las manos a modo de altavoz, y gritó:
- ¡Celeste!
Impagable fue la cara de Don Celestino, que era un tio encantador, pero que no pudo evitar girarse con una expresión que decía “a veces me siento TAN cansado…”, Digo yo que ella lo llamaría así porque no tendría tanta confianza con él como para usar diminutivos…

Tenía frenillo, y a mí me encantaba. A ella no, y quería superarlo. Una vez le dije que seguro que si lo intentaba lo suficiente, podría.
- Prueba con “trigonometría”.
Ella lo decía, pero sonaba como “tquiconometquía”. Lo repetía y lo repetía, y nunca le salía bien. Se pasó una buena temporada sin decirme otra cosa que “tquiconometquía”. Yo me sentía algo incómodo, porque a ella le daba mucha rabia y se cogía unos mosqueos impresionantes ella solita. Nunca aprendió a decirlo bien.

Llegado un buen día, decidí que aquello no podía seguir así. Tenía que decirle que me gustaba. Ella tenía que saberlo. Llevaba tantos años aguantándome… El problema fundamental era que me daba un miedo espantoso hacer el ridículo. Estábamos en quinto de E.G.B. Yo quería regalarle un anillo(qué símbolo, ¿eh?), y saber que ella lo llevaría siempre, aunque no estuviese conmigo, aunque sólo fuese un amigo. Saber que ella llevaría algo que le di yo.

Sabía que Sara no se reiría de mí (más bien se abochornaría de que otro niño huidizo y tímido insistiese en recordarla que ella era una mujer en ciernes y que ningún niño se conforma con ser sólo amigo de una niña tan linda). También sabía cómo me sentiría si Raquel (Ramos se apellidaba) se enteraba de ello. Era ridículo. Yo (Eduardo) con aquél ángel. Era de risa, ¿a que sí?

Por eso planeé un plan todo lo meticulósamente que podía. Y la idea se me ocurrió: tendría la excusa de darle a ella un anillo si se lo daba a todas las niñas de la clase. Así nadie sospecharía.

En lugar de comprarle el anillo que había pensado, compré con el mismo dinero como quince anillos de hojalata de los chinos. Tenían una abertura para ajustarse al dedo, y dibujos de corazones, o de rombos, o de varios motivos muy simples. El reparto sería completamente al azar, menos para Sara a la que, por supuesto, había reservado un anillo con corazón que le entregaría sin disimular mucho.

A las niñas les encantó. Les caí genial a todas, claro. Especialmente a las chicas a las que nunca les habían regalado absolutamente nada. Yo se lo daba con naturalidad, pero no les prestaba la más mínima atención. Entonces llegó Sara. Lo pasé fatal. Estuve como un minuto hablando de lo normalísimo que era que a ella le diese un anillo para no que no fuese menos. Tal como lo recuerdo, casi parecía que me jodía tener que dárselo también a ella. El corazón.
- ¡Gracias!¡Es precioso!
- ¿Te gusta?
A ella parecía gustarle mucho de verdad.
- Claro que me gusta. Además se me ajusta al dedo.
Si por alguna razón regaláis un anillo a alguien con una abertura atrás (de esos que te acaban pellizcando la molleja del dedo), y os dicen que se ajusta bien al dedo, sabed que se lo habéis dado a la persona adecuada.

El asunto del anillo se olvidó pronto. Todas las niñas llevaban el suyo. El problema es que efectivamente amigos, no se puede confiar en que un anillo de cien pelas, por bonito que sea, sea bonito mucho tiempo. A las niñas se les quedaba el dedo verde con el sudor. Aún así muchas de ellas lo seguían llevando. Sara se lo quitó después de un tiempo. Fue de las últimas que se lo quitó, estoy seguro (a tenor de los acontecimientos) que fue por no herir mis sentimientos.

Todavía se me recuerda por aquello. O eso parece. Por lo menos las niñas de entonces que me he podido encontrar siendo mayor, me habían resumido en ese gesto. “Se me quedó el dedo verde” me dicen. Yo no sé qué decir.

Sara creció. Seguía teniendo una risa preciosa,pero digamos que al crecer, no evolucionó como yo la había imaginado. Se le quedó la sornisa triste, los ojos de seguir siendo la que era en el patio del colegio y el conformismo de saber que no podría serlo nunca más.

Yo aprendí que con un anillo de cien pesetas se podía hacer el ridículo, ser un romántico, ser recordado para siempre, ensuciar los dedos de las niñas, sorprender, y declararse por primera vez. Lo mejor de los anillos de hojalata sin embargo no era nada de eso: lo mejor es sin duda lo bien que se ajustan al dedo.

Todos los chicos tenemos una Sara, y todas las chicas deberían tener el dedo verde.

¡Ya he vuelto de vacaciones!

Siento no haber escrito estos días, pero ya vuelvo a las andadas. Prometo escribir cosas con más regularidad regularmente. No es una redundancia, cuidao: con “más regularmente” me refiero a que lo haré con más frecuencia. Con “más regularidad” me refiero a que espero que lo que escriba deje de ser tan malo para pasar por lo menos a ser regular.

Podréis pensar, oh lectores ávidos de nuevos… bueno, ávidos en general: “¿Pero no has podido sacar un poco de tiempo para darnos nuestra dosis de vitamina E?”. Sólo tengo que deciros dos cosas:
1- Le estáis pidiendo más textos a un tipo que usa como broma la palabra vitamina seguida de su inicial.
2- Han sido unas vacaciones mentales, no laborales.

Sí amigos. Yo he seguido trabajando, con el mismo horario yo todo eso. Las vacaciones mentales no tienen por qué coincidir con las vacaciones laborales, igual que los días que queremos marcha no tienen por qué ser los marcados en rojo.

Cuando mi cerebro se desconecta, puedo llevar ( y llevo ) una vida completamente normal salvo algunas excepciones. Me han tocado diez diítas de desconexión total, y no se ha notado casi nada que he dejado a mi cuerpo con el piloto automático. He podido mantener conversaciones más o menos interesantes, he cumplido en el trabajo, he seguido llamando y recibiendo llamadas, pero no estaba allí.

Vosotros también podéis daros cuenta de cuándo vuestro cerebro se ha parado sin previo aviso. Por ejemplo, el echar la ceniza del cigarro en el café o el azucar en el cenicero es un síntoma bastante claro. Otro es despertarse con el propio ronquido de uno. Otro es intentar seguir la conversación cuando no has oído lo que te acaban de decir, sólo porque te da pereza preguntar qué te han dicho.
- ¿Te has ido de vacaciones?
- Sí, una semanita pero (inteligible) sin jinetes porque (inteligible) desde marzo.
- Ahá. Sí claro. Normal. – dice tu piloto automático.
- ¿Normal? ¿Te parece normal que no haya podido ir a ver las carreras estas vacaciones porque los jinetes están de baja con graves protuberancias en los genitales desde marzo?
- Em… Sí joé. Algo había leído. Pero vamos, normal no es.

Otros síntomas son el de cantar con voz de falsete mientras estás orinando. Si eres un hombre y cantas con falsete mientras estás sosteniendo a tu “gran hermano”, o eres carne de psicoanalista o es que tu cerebro tiene colgado el “vuelvo enseguida”. Sabrás a qué tipo perteneces si te sientes fatal cuando te descubres a ti mismo en el espejo BeeGeeando.

Para los que seais tan despiertos que no lo hayáis sentido nunca, os puedo decir más o menos cómo se siente uno. Uno se siente como en los 2 segundos que tarda en reaccionar desde que se le cae la chusta del cigarro encima. ¿Os ha pasado? A los fumadores, seguro que sí. Estáis tumbados fumando y concentrados pensando en física cuántica o en tetas (lo que corresponda), y veis cómo en una calada, la brasa se cae en forma de bomba-racimo sobre vuestro pechámen. Hasta que empezáis a dar botes gritando y palmeteándoos los pectorales, pasan dos segundos en los que el cerebro piensa :”uy, qué cosas. Qué brillante y bonito. Anda! Parece que ahora estas lindas lucecitas se me posan en el pecho. Hay bellezas tan sencillas que…” y aquí reaccionáis y os cagáis en la puta madre de absolutamente todo. Luego seguiréis dando palmadas sobre vuestro Lo-Mónaco para apagarlo del todo, claro.

En mi caso no ha sido muy duro. En la desconexión ha habido un par de veces que me he orinado encima al escuchar un bocinazo, en tres ocasiones he mordido la cabeza a un perro sólo para quitarle el juguete (en dos ocasiones fue el mismo y tengo que decir en mi favor que era un hueso de plástico magnífico), y el resto de las cosas no las puedo decir porque podrían sin duda alguna usarse en mi contra.

En fin amigos. Ya he vuelto con ganas de estrujarme las meninges de nuevo, y de poner mientras la pose de Eduardo Punset jugando al Scatergories. Y sí: sé que os la suda.

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