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De pequeño yo estaba enamorado, como todos.
Ella se llama Sara Merino. Se llamaba, iba a decir. Para el caso es lo mismo. Se fue de esta ciudad a una con mar, igual que todas las niñas de pelo largo que nos gustan en la infancia.
Sara tenía el pelo larguísimo y liso, hablaba como una verdulera y caminaba como un fantasma. Siempre estaba de mal humor y vivía en una casa muy pequeña con cinco hermanos. Se parecía a Julia Roberts, comía pipas masticándolas y escupiéndolas, le gustaba jugar con los niños más pequeños y defender a los niños gordos y débiles. Era la niña guapa que no se considera guapa de la que todos los niños nos enamoramos, y ahora pienso que es porque ni más ni menos, nos hacía caso. A veces basta que alguien sea amable con nosotros sin tener por qué serlo, para que pensemos que esa amabilidad es lo más bonito que vamos a sentir nunca. A veces hasta tenemos razón.
Ella era simpática, optimista, alegre, y siempre estaba contando chistes. Eran chistes malísimos, y yo fingía que me hacían mucha gracia. Estaba bastante tenso escuchando el chiste porque desde el principio me preocupaba por que la risa del final me saliese natural. No hacía falta que los escuchase porque ya me los sabía todos, y además ella los contaba fatal. Me daba miedo decírselo y que dejase de contármelos. Me daba miedo que no se acercase más a mí, porque sabía perfectamente que no había ninguna razón para que lo hiciese. Nunca he conocido a una chica de la que me hagan gracia sus chistes, y quizá es por lo mismo.
Hubo una vez que sí me hizo mucha gracia. Contó mal el chiste.
Por aquél entonces estaba de moda la película Pretty Woman. En el colegio corría el chiste de llamarla Puta Woman. No es un chiste para tirar cohetes, pero nos hacía gracia. Un día vino Sara a contármelo. Yo ya sabía qué me diría, así que estuve pensando en cómo reirme de manera natural.
- ¿Has visto la película de la Roberts?
- Sí, está muy bien-dije yo callándome que me había pasado la película sacándola parecidos.
- ¿Sabes cómo la llaman?
- No – cara de querer ser sorprendido.
Ella se quedó pensando. Al final le salió:
- Pretty Puta.
La risa falsa que me iba a salir se quedó donde sea que se quedan las risas falsas que no salen, y me carcajeé. Ella se enfadaba cuando nos reíamos de sus equivocaciones porque tenía miedo de ser tonta. A veces le daba por ahí y no había quién la convenciera de lo contrario. Normalmente era cuando nos daban las notas. Sara era mala estudiante.
Una vez, yo, intentando consolarla, y afilando la pedantería que tan popular me haría más adelante, le dije.
- ¡No te preocupes mujer! Ya ves que todo un sabio dijo “Sólo sé que no sé nada”.
- Ya -dijo ella todavía más preocupada-, pero es que yo no sé ni eso.
En otra ocasión, cuando estábamos en Mallorca, mientras estábamos sentados se acercó ella a preguntarnos cómo se llamaba uno de los monitores mientras le señalaba a lo lejos.
- Celestino – le dije.
Ella le miró. Pensó unos segundos. Puso las manos a modo de altavoz, y gritó:
- ¡Celeste!
Impagable fue la cara de Don Celestino, que era un tio encantador, pero que no pudo evitar girarse con una expresión que decía “a veces me siento TAN cansado…”, Digo yo que ella lo llamaría así porque no tendría tanta confianza con él como para usar diminutivos…
Tenía frenillo, y a mí me encantaba. A ella no, y quería superarlo. Una vez le dije que seguro que si lo intentaba lo suficiente, podría.
- Prueba con “trigonometría”.
Ella lo decía, pero sonaba como “tquiconometquía”. Lo repetía y lo repetía, y nunca le salía bien. Se pasó una buena temporada sin decirme otra cosa que “tquiconometquía”. Yo me sentía algo incómodo, porque a ella le daba mucha rabia y se cogía unos mosqueos impresionantes ella solita. Nunca aprendió a decirlo bien.
Llegado un buen día, decidí que aquello no podía seguir así. Tenía que decirle que me gustaba. Ella tenía que saberlo. Llevaba tantos años aguantándome… El problema fundamental era que me daba un miedo espantoso hacer el ridículo. Estábamos en quinto de E.G.B. Yo quería regalarle un anillo(qué símbolo, ¿eh?), y saber que ella lo llevaría siempre, aunque no estuviese conmigo, aunque sólo fuese un amigo. Saber que ella llevaría algo que le di yo.
Sabía que Sara no se reiría de mí (más bien se abochornaría de que otro niño huidizo y tímido insistiese en recordarla que ella era una mujer en ciernes y que ningún niño se conforma con ser sólo amigo de una niña tan linda). También sabía cómo me sentiría si Raquel (Ramos se apellidaba) se enteraba de ello. Era ridículo. Yo (Eduardo) con aquél ángel. Era de risa, ¿a que sí?
Por eso planeé un plan todo lo meticulósamente que podía. Y la idea se me ocurrió: tendría la excusa de darle a ella un anillo si se lo daba a todas las niñas de la clase. Así nadie sospecharía.
En lugar de comprarle el anillo que había pensado, compré con el mismo dinero como quince anillos de hojalata de los chinos. Tenían una abertura para ajustarse al dedo, y dibujos de corazones, o de rombos, o de varios motivos muy simples. El reparto sería completamente al azar, menos para Sara a la que, por supuesto, había reservado un anillo con corazón que le entregaría sin disimular mucho.
A las niñas les encantó. Les caí genial a todas, claro. Especialmente a las chicas a las que nunca les habían regalado absolutamente nada. Yo se lo daba con naturalidad, pero no les prestaba la más mínima atención. Entonces llegó Sara. Lo pasé fatal. Estuve como un minuto hablando de lo normalísimo que era que a ella le diese un anillo para no que no fuese menos. Tal como lo recuerdo, casi parecía que me jodía tener que dárselo también a ella. El corazón.
- ¡Gracias!¡Es precioso!
- ¿Te gusta?
A ella parecía gustarle mucho de verdad.
- Claro que me gusta. Además se me ajusta al dedo.
Si por alguna razón regaláis un anillo a alguien con una abertura atrás (de esos que te acaban pellizcando la molleja del dedo), y os dicen que se ajusta bien al dedo, sabed que se lo habéis dado a la persona adecuada.
El asunto del anillo se olvidó pronto. Todas las niñas llevaban el suyo. El problema es que efectivamente amigos, no se puede confiar en que un anillo de cien pelas, por bonito que sea, sea bonito mucho tiempo. A las niñas se les quedaba el dedo verde con el sudor. Aún así muchas de ellas lo seguían llevando. Sara se lo quitó después de un tiempo. Fue de las últimas que se lo quitó, estoy seguro (a tenor de los acontecimientos) que fue por no herir mis sentimientos.
Todavía se me recuerda por aquello. O eso parece. Por lo menos las niñas de entonces que me he podido encontrar siendo mayor, me habían resumido en ese gesto. “Se me quedó el dedo verde” me dicen. Yo no sé qué decir.
Sara creció. Seguía teniendo una risa preciosa,pero digamos que al crecer, no evolucionó como yo la había imaginado. Se le quedó la sornisa triste, los ojos de seguir siendo la que era en el patio del colegio y el conformismo de saber que no podría serlo nunca más.
Yo aprendí que con un anillo de cien pesetas se podía hacer el ridículo, ser un romántico, ser recordado para siempre, ensuciar los dedos de las niñas, sorprender, y declararse por primera vez. Lo mejor de los anillos de hojalata sin embargo no era nada de eso: lo mejor es sin duda lo bien que se ajustan al dedo.
Todos los chicos tenemos una Sara, y todas las chicas deberían tener el dedo verde.

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