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Era de noche y estaba volviendo a casa. La calle estaba muy oscura y por eso me asusté cuando alguien me llamó desde un portal al pasar a su lado. No le había visto. Enseguida le olí.
- Oye chico, ¿tienes un tabaco?-dijo un viejo haciendo el gesto de llevarse dos dedos a la boca.
Era rubio y tenía los ojos azules. Tenía acento alemán, pero no sé de dónde era. Eso creo. Por el olor era evidente que estaba borracho, y por su delgadez parecía que no había comido nada nunca.
Yo no contesté. Me eché la mano al bolsillo y le di uno.
- Me has dado un susto que te cagas.
Él se rió. Pero se quedó pendiente de que le diese fuego. Hasta que no lo hice, no habló.
- Perdona.
Aspiró el humo y miró la brasa del cigarro.
- ¿Quieres hacerme un favor muy grande?
Yo me asusté un poco. No tenía pinta de ser violento (ni siquiera tenía pinta de poder hacer un movimiento brusco sin desmontarse) pero aún así me puse a la defensiva.
- Depende.
Él se rió.
- No es dinero. Es sólo que quiero que me escuches un cuento. Llevo muchos días escondido y tengo que contárselo a alguien. Tú pareces buen chico.
Yo no tenía sueño y me pareció una buena acción escucharle. A veces que nos escuchen lo soluciona todo. Total, si era muy pesado podía irme cuando quisiera.
- Bueno-dije y me crucé de brazos.
Él sonrió, soltó otra bocanada de humo y echó la cabeza atrás. Vi sus costillas y vi un trozo de tatuaje que le llegaba casi al cuello. Creo que era el mástil de una guitarra, pero estaba muy mal dibujado.
- Había un hombre que vivía muy lejos. Su padre era una persona muy famosa. Un científico. Un día ese científico descubrió una cosa muy importante. Quería viajar en el tiempo, y descubrió una manera de hacerlo. No mucho, pero sí un poco.
Yo asentía. No estaba muy pendiente del cuento. Estaba más pendiente de pensar por qué le digo que sí a un viejo alcoholizado que me pide contarme un cuento.
- Cuando llegó la hora de probarlo con personas, tenía miedo de contarlo a nadie. No tenía familia ni amigos en los que confiar, así que nadie podía ayudarle. Tuvo el riesgo terrible de probarlo consigo mismo. Intentó mandarse cinco minutos adelante en el tiempo. Se quedó sentado en la silla, pero no pasaba nada. Al rato, se levantó enfadado.
Fue a darle otra calada al cigarro, pero se había consumido en sus dedos y era ceniza. Le di otro.
- Un par de minutos después, en la silla apareció de la nada un hombre exáctamente igual que él. Se escondió aterrorizado y le oyó. Estaba enfadado porque no había cambiado nada. Le miraba escondido y no se atrevía a ir hacia él. Era él mismo. Todo podía pasar. Pero el hombre le descubrió.
De repente a mi espalda se oyó una voz en alemán. Me di un susto de muerte, y el viejo se volvió para verla. Reconocía a quien fuera que hubiese gritado.
Me giré y vi a un hombre moreno y muy bien vestido. Estaba enfadado y miraba a todas partes. Se acercó al viejo y le susurró dándome la espalda. El viejo asintió y se levantó.
- Lo siento chico. Gracias por el tabaco.
Sonrió y yo le sonreí.
El hombre bien vestido se giró hacia mí tapándose la cara con la mano. A excepción del pelo, su cara era exáctamente igual a la del viejo.
- Es mi hermano gemelo. Está mal de la cabeza. Buenas noches.
Al darse la vuelta pude ver una mancha en el cuello que no había tapado con la mano.
- Adiós-dije yo.
Se dió la vuelta y acompañó al viejo calle abajo. Yo seguía preguntándome si la mancha que acababa de ver en su cuello, y que no había tapado con la mano, era lo que yo pensaba: la parte de arriba de una guitarra mal dibujada.

Hoy me he llevado una alegría gorda. Estúpida, pero gorda. Ser un maniático para algunas cosas tiene algunas pequeñas satisfacciones. No compensan ni mucho menos, pero desde luego se agradecen.

El detalle que me ha gustado ha sido hacer bien algo tan simple y tan tonto, que siempre me he preguntado por qué no se hace bien siempre: he pedido una tostada, y cuando he abierto la mantequilla, estaba blanda. Sí, amigos cacahuetillos. No he tenido que destrozar el pan haciendo presión con un pedrolo mantecoso. He metido el cuchillo en la mantequilla, y estaba blanda, casi derretida. ¡Qué gusto! Se lo he tenido que decir al camarero.
- Qué gusto tio.
Él me ha mirado, y me he puesto la nota mental de no decirle a un camarero con los ojos rojos “qué gusto tio”. Nunca. Luego se lo he explicado, y coincidíamos.
Hay veces que al ver cómo se hacen bien las cosas es cuando nos damos cuenta de que llevamos toda la vida viendo cómo no se hacen, o haciéndolas mal.

Hace mucho tiempo también me pasó. Estábamos en el retiro dando de comer a las palomas. Las palomas se juntaban y comían y yo estaba encantado viéndolas. Las parejas pasaban y claro, las palomas se asustaban. Poco a poco iban volviendo a donde lo habían dejado, y así hasta que viniese otra pareja.

Después de muchas parejas vino una. Recuerdo que eran rubios, muy blancos. Supongo que eran nórdicos. Estaban abrazados y paseaban. Yo dejé de echar pan. Los rubios nos miraron, y desviaron su trayectoria dos o tres metros para no espantar a las palomas. Ni siquiera nos miraron para buscar una sonrisa de agradecimiento. Lo hicieron de manera automática y natural. Yo miré a las palomas, que por supuesto no se habían dado cuenta y seguían peleando por el pan. Era así como se hacía bien, y ni siquiera lo había pensado.

Entonces me di cuenta de todo. Me di cuenta de que estábamos en un paseo que tenía diez metros de largo. De lo fácil que era para cualquiera apartarse. Del fastidio que era que las palomas se espantasen y nos pasasen cerca de la cara. De lo fácil que era evitarnos el rollo a las palomas y a mi dando un rodeo de dos pasos. En definitiva, de cómo se hacía bien. Yo era muy pequeño, pero nunca se me ha olvidado la lección.

Hubo varias ocasiones más (aunque no tantas como me gustaría) y aunque no venga a cuento, me apetece recordar ahora una mucho más reciente. Yo estaba cabreado con una chica. No recuerdo por qué habíamos discutido, pero yo estaba muy dolido. Nos habíamos escrito un par de mensajes y el último me había hecho daño. Ya digo que ni siquiera recuerdo qué fue, pero sí que si estuviésemos en persona, hubiese sido el momento de irme.

Estaba con Holden (H) en un bar y llevaba un buen rato desahogándome contándole lo que sentía. Él me miraba como me suele mirar cuando le cuento algo que me saca de mis casillas. Me encanta hablar con Holden de estas cosas porque tiene el tremendo tacto de no hacerme ver que no las evito porque no quiero, y la sensatez de recordarme que si pienso en lo peor que me puede pasar al respecto, no es tan malo.

- ¿Y qué le digo, tio?-dije yo con el móvil en la mano.

Cuando Holden va a decir una frase de las buenas, suele hacer un gesto. Suele echarse hacia atrás, si puede sube la pierna, a veces se pellizca un poco la camiseta y tira hacia abajo y casi siempre coge la cerveza por el cuello.

- Bueno, ¿tú qué crees que puedes decirle?
- ¡Nada! ¡A eso no se le puede responder nada!
- Y si no tienes nada que decir, ¿por qué vas a decir algo?

¡Clonc!Punto y partido para Holden.

Holden casi siempre da en la diana. Ese día también. No le di un abrazo, pero se lo merecía. Probablemente no lo hice para que no me golpease en la cabeza con el cenicero hasta dejarme inconsciente mientras grita “¡que no quiero afecto, cojones!”.
Holden es un gran tipo. Tan gran tipo que le joderá un montón que hable bien de él. Tan gran tipo que si no le conocéis, al leerme estaréis pensando en alguien completamente opuesto a cómo es.

A veces alguien nos hace darnos cuenta de que el hecho de haber hecho y visto hacer una cosa una y otra vez, no significa que es así como se haga.

Hoy me han puesto la mantequilla blanda.

Y es la hostia.

- ¿Sabías qué arma es la que da más miedo?- me preguntó mi padre.
- No. Un cuchillo, supongo-dije yo sin pensarlo mucho.
- No. El otro día vimos un programa de televisión en el que explicaban que el arma que da más miedo es un hacha. Por lo visto a la gente le da más miedo ver a un hombre con un hacha más que con ninguna otra cosa. Más que con una pistola, o un cuchillo, o un rifle, ¡o una bomba! No sé por qué es así, pero así es.
Lo entendí.

No sé si este tiempo sin escribir tiene disculpa. La verdad es que me encanta escribir, y saber que estáis ahí, y leer vuestros comentarios. Es sólo que a veces tengo miedo de decir chorradas y perderos. Ya véis.

En una situación así dejé de escribir en el anterior blog. Igual que cuando retrasas tanto escribir una carta que te da miedo pensar qué escribir que compense la tardanza, y entonces tardas más porque quieres escribir una carta con miedo hasta que se te ocurra algo que merezca la pena. Pero sí quiero que nos sigamos escribiendo cartas.

Allá vamos.

Me alegro de volver a veros.

¡Estoy de vacaciones! No no, ahora son reales. Sí, he agotado completamente la excusa.

Vuelvo pronto y os cuento.

¡Seguid pasándoos por aquí!

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