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No recuerdo dónde lo vi o lo oí, pero sí que era lo que me venía a la mente cuando intentaba pensar en el infinito.
“
- ¿Creéis que sabéis lo que es la eternidad?-dijo el sacerdote en el púlpito, con voz cavernosa y manos huesudas-. Pues bien, imaginad a una pequeña hormiga inmortal. Imaginad a esa hormiga paseando sobre este mismo púlpito.
Extendió un dedo señalando la trayectoria imaginaria de la hormiga.
- Imaginad sus pequeñas patas desgastando día tras día, año tras año este púlpito, hasta que lo redujese a escombros. Se pasearía sobre los escombros hasta reducirlos a polvo y luego a nada. Imaginad que continuase con esta iglesia, y luego con la ciudad y el continente. Imaginadla acabando su trabajo, paseando sobre la última piedra que quedase en el planeta hasta desmigarla también. ¿Cuánto tardaría?
Dió un tiempo para dejar a la audiencia pensar en cuánto tardaría.
- Pues aún en ese momento, la eternidad todavía no habría empezado.
“
Julia se sentó frente a la clienta a la que había ido a visitar. Sandra hoy no se asomaba tras la mesa como otras veces. Ahora se dejaba caer un poco hacia atrás y dejaba notar una barriga inmensa.
- ¡Vaya Sandra! ¡Estás embarazada!-dijo Julia.
Sandra sonrió un poco triste.
- Sí. Salgo pronto de cuentas.
- ¿Y qué tal el embarazo?
- Bueno-dijo Sandra y miró hacia abajo incómoda-. Bueno, bien. ¿Has traído el contrato nuevo?
Julia sacó un folio de su bolso y se lo alcanzó a Sandra con una sonrisa de cortesía.
- Aquí está. Eso sí, no me ha dado tiempo a hacer una copia.
- Espera, que voy a hacerla.
Sandra salió del despacho sujetando con una mano su tripa. Una vez sola, Julia se preguntó por qué había respondido así, pero lo supo pronto. Debajo de una carpeta asomaba una ecografía. No aguantó la tentación y la cogió memorizando la posición de la carpeta.
En el papel aparecían las manitas de un bebé. Casi como cuando había nacido su hijo, pero había un detalle distinto. Había primeros planos de las manitas. Tenían sólo cuatro dedos: el anular y el corazón estaban juntos y retorcidos, y el resto eran más pequeños, formando lo que parecía una pezuña.
Julia volvió a dejar la ecografía bajo la carpeta mientras oía sus propios latidos.
Miró hacia la izquierda y vió un pijama que todavía no había sido sacado de la caja. Por su color lo supo.
Iba a ser niña.
Miguel se miró al espejo. Se notaba que algo había cambiado.
Sonriendo se vistió con la ropa que más le favorecía. Luego miró los dos folios sobre la mesa. Se echó colonia y los cogió. Los guardó en su mochila echándoles antes una ojeada. Sonrió satisfecho.
Salió de casa y llegó al bar donde le esperaban.
-¡Hombre Miguel!- le dijo Roberto-. Ven que te presento.
Roberto hizo un gesto a una chica de las que había en el grupo, que se levantó y le sonrió.
-Silvia, él es Miguel.
Se dieron dos besos.
-Roberto me ha contado que te gusta escribir
Miguel entonces se colocó un poco la ropa. Algo había cambiado para bien y esperaba que se notase.
-Nah, eso era antes-dijo Miguel, y dió dos palmadas a su mochila-. Ahora además, escribo.
Ayer fui a ver “La mujer de negro” con Nuria. Me hizo pensar algunas cosas de las que hablaré ahora porque sí, que pa eso es mi blog. Tranquilos los que no la hayáis visto, porque os avisaré antes de hablar de algún aspecto de la obra que os pueda fastidiar la sorpresa si vais a verla, y aún así no voy a desvelar nada del argumento.
Seguro que todos conoceis la obra. Si no, basta deciros que es una obra de teatro de miedo a la antigua usanza; fantasma, hoguera, casas a las que no hay que ir… Está en el teatro Infanta Isabel en la calle Barquillo, y las entradas las vende El Corte Inglés por teléfono.
Ahora, lo que tengo que decir:
Joder con la gente. Yo soy bastante maniático (“culpable, señoría”), y hay cosas que me sacan de quicio. Mi mente enferma considera que es normal que sea así, no sé si seré el único.
Un teatro tiene algo de templo (madera, butacas, un rito antiguo, una fórmula que siempre se repite, un olor característico). Para ir a un templo, como al teatro, o al cine, hace falta dejar el mundo real en el mismo sitio donde nos rompen la entrada. Cuando nos ponemos a ver una película, necesitamos ciento tiempo para ambientarnos y sugestionarnos; dejar fuera la conversación sobre la visita al dentista, o que el baño está estropeado, o que tenemos que acordarnos de sacar la basura. Recuerdo dos inicios de película que me parecieron magistrales, porque buscaban (creo) eso mismo. Tocar el hombro del espectador y decirle :”hey, chato, olvídate de que estás en un cine. Te voy a contar un cuento y necesito que te olvides de que estás en un cine, dejes fuera la mierda supérflua y atiendas. Suelta la manita del chico que te ha invitado al cine, y dámela a mí. Yo sé por dónde llevarte para que te olvides de que es un cuento”.
Uno de los principios a los que me refiero era muy sencillo. En “Dancing in the dark”, la de Lars Von Trier con Björk, el inicio de la película son como cinco minutos de cuadros abstractos con un fondo de música clásica. Cinco minutos en los que la película técnicamente ha empezado y que sólo sirve para que tengas tiempo de sentarte cómodamente, quitarte la chaqueta, y prepararte para estar atento.
Otro que me pareció genial fue el de Los Otros, de Amenabar. Al principio de la película después de los créditos, se oye un grito estremecedor y altísimo. Recuerdo perfectamente que ese fue el interruptor que apagó todas las risitas y comentarios chorra. El cine estaba lleno de murmullos, y ese grito los rompió todos. “Prepárate, que te voy a asustar”, estaba diciendo Amenabar. En mi cine no se oyó otra risita ni murmullo en todo el metraje. Estábamos todos más pendientes de agarrar los reposabrazos.
Ayer era sábado. Holden dice que no se puede ir al teatro los sábados, y tiene razón (con perdón de Pitufina). La fila de atrás estaba llena de chavales bastante hormonados cuya intención evidente era la de liarse entre sí poco después de salir del teatro. El chaval gracioso que tocaba la pierna al objetivo-follable durante la representación teatral para darla un susto, allí estuvo incansable. Risitas y bromas chorra de gente que llevaba un buen tiempo ya afeitándose las piernas o la barba (o las dos, que de todo hay). No importa si alguien se asusta y grita. ¡Genial! Se ha metido en la obra:ha pagado su entrada y la está amortizando. Además ya sabemos todos que a veces, si estamos asustados, sólo falta ver a otra persona igual de asustada para aterrorizarnos. Lo que sobra un montón es hacer que la plasta de tu novia grite tres segundos antes de que nos asuste la historia, y que tengamos que escucharla llamándote gilipollas entre risas.
A nuestra izquierda había una pareja de mediana edad. En un momento dado, él le dijo algo a ella. Ella abrió su bolso, y dentro de él había una bolsa de plástico; dentro de ésta, envoltorios de caramelo, dentro de los cuales había (sí, señores) un caramelo. La mujer superó todos estos obstáculos para darle un caramelo a su querido y calvo esposo. El esposo abrió el caramelo y se lo llevó a la boca. La señora, tuvo envidia y se llevó otro repitiendo la operación. Ya sé que me diréis que esto es un pecado venial. ¡NO! La señora, para hacer menos ruido lo hacía a cámara lenta. En hacer esto que os he contado (y que me hubiese tocado los cojones 15 segundos) invirtió dos minutos y medio de su precioso tiempo (y el mío).
La señora de enfrente debía de intentar traducir al hebreo antiguo cada frase para decírsela a su acompañante (que no la soportaba), porque cada cuatro segundos, la señora recorría con la coronilla de su cabeza una distancia de veinte centímetros hasta estar cerca del oído de su confesor. El teatro es precioso, pero tiene las butacas puestas de aquella manera. Vamos, que en la fila doce estábamos y nos pasamos la obra buscando atajos visuales entre nosotros y el escenario, intentando aprovechar las vias libres de las cabezas que se habían inclinado hacia uno u otro lado para hacer exáctamente lo mismo que nosotros. Estar detrás de una persona como ésta que tenía el efecto cefaleobotafumeirílico (patente de la exesión en curso) era todo un obstáculo a superar para entrever la parte de Emilio Gutierrez Caba de papada para abajo (con la sanísima intención de enterarse qué estaba haciendo el cuerpo de este hombre y si aportaba algo o si se había cambiado de traje).
A dos metros a nuestra izquierda estaba el técnico de luz y sonido. Tenía como una mesa de mezclas de un metro por un metro, con muchos displays verdes fosforitos y un flexo chiquitín. Entiendo que no habría un sitio mejor en el teatro para meter al técnico (y su intervención es muy importante), pero coño… En los momentos de mayor pavor y zuto,entre la total oscuridad ahí estaba a la izquierda, con la cara verde de los displays mostrando aburrimiento y levantando y bajando palancas. Recordé la frase del mago de Oz “¡No hagáis caso al hombre que está tras la cortina!¡Alejáos de él!”. Ver eso le quita a uno la ilusión bastante, y además se puede evitar poniendo una cortinita negra tupida, que a él no le va a importar porque podría ver el escenario igual de cómodo.
Otra cosa (y aquí sí hablo de la obra, pero tranquilos que no cuento nada que no esté escrito en el pasquín que te darán al entrar). Está bien que el escenario sea minimalista, porque la obra está pensada así. El decorado es muy muy básico; se reduce prácticamente a un arcón de mimbre y algunas sillas. No tengo nada en contra de la obra por estar pensada así, y no es una crítica a la obra en concreto, pero me di cuenta de que ya me tocaba un poco las narices.
He ido demasiadas obras de teatro en las que un tipo cogía dos sillas y nos pedía que viésemos que eso era un coche. “La magia del teatro-decían en otra obra-, convierte a estas sillas en las de un coche”. Luego ponían efectos de sonido de una calle abarrotada. El dramatismo se desarrollaba en el viaje en coche de dos personajes, y lo que teníamos en el escenario eran dos putas sillas de mimbre y un fondo negro. Algunos se extasiarán pensando “¡Qué sublime! No hace falta más que sugerir el escenario y el atrezzo… es elegante y sencillo”. “No, si ya, ya” digo yo.
Entiendo que es más barato poner unas putas sillas y pedir imaginación, y que en algunos casos está justificado por la misma obra. Ahora, entre vosotros y yo, qué nostalgia me entra cuando pienso en los decorados de “vaya par de gemelas”. Ojú. Un mal dibujo de un parque, un banco de piedra de cartón-ídem, y mira qué contento me tienes. Está bien que me pase la vida pagando 25 euros para ver a dos tipos hablando sentados en sillas de mimbre, pero coño, de vez en cuando ponerme un puto dibujo de un parque al fondo, que lo agradeceré.
Ya sé lo que me diréis: hay obras donde el decorado está muy currado. “El fantasma de la Ópera”, “My Fair Lady”, “La bella y la bestia…”. 70 euros tontos cada una el día del espectador, claro. Yo creo que el minimalismo es cojonudo si es un recurso dramático bien planteado, pero si es por ahorrarse el precio, trabajo y talento que cuesta un decorado en condiciones, con el dinero de la entrada me compro el VHS de “Celeste no es un color”, y me quedo feliz.
Esa es otra. “Iría más al teatro, pero es muy caro” decíamos ayer. Ayer iba a responder “también hay obras organizadas por compañías más modestas que son mucho más baratas” y a hablar del off-broadway, cuando recordé a nuestro amigo Holden (porque ya es nuestro amigo, y al que no le guste que no mire) sentado junto a mí en una de esas obras, con la barbilla apoyada en la base de la mano y la cara iluminada con la luz del escenario, mirándome levantando una ceja cuando un personaje recitaba un monólogo de cinco minutos (casi tan largo como me está quedando esta frase) que contenía perlas del tipo “Te follarás a la soledad-me dijo el oráculo”. La cara era la de “estoy pensando seriamente si darle una paliza al actor por participar, al público por venir, o a ti concretamente por engañarme para estas cosas”. Pues eso, que me acordé de ello y pensé que aunque sea barato, antes de elegir hay que recordar que en mitad de una obra irse es una agravio para los actores, y que uno tiene todas las papeletas para que su respeto le obligue a verla entera.
Algo que me decepcionó un poco de la obra fueron los efectos. AL LORO; SI NO LA HABÉIS VISTO ES MEJOR QUE NO SIGÁIS LEYENDO Y PASÉIS AL SIGUIENTE PÁRRAFO. ¡ÚLTIMA OPORTUNIDAD PARA APARTAR LA VISTA! Nah, si no voy a contar ná, pero era para que los que no la han visto vayan sin saber nada, que es mejor. Ahora que no están leyéndonos, ¿os habéis fijado que los que no la han visto son mucho más feos? A lo que iba: Me esperaba más miedo y menos sustos. Efectivamente si metes a trescientas personas, les hablas media hora de fantasmas, saben que van a ver una obra de miedo, y les apagas las luces de repente para poner efectos de sonido de gritos altísimos, pues sí, susto se darán… pero joé, prefiero que me acojonen más y me asusten menos.
YA PODÉIS LEER: Hola otra vez, amigos que no la habéis visto. Os hemos echado de menos.
En definitiva, me ha gustado como experiencia, pero he entendido el problema de que no haya más obras de teatro de miedo. En la radio y en la literatura no se muestra nada, el cine está obligado a enseñar demasiado (pero puede elegir qué enseña) y en el teatro si no apagas las putas luces estás condenado a enseñarlo todo. Por eso me muero de miedo con los programas de radio de psicofonías, me acojono con algunos libros, me asusto con muchísimas películas, y hago un tocho de entrada en mi blog (que mola mazon) para decir lo que no me gustó mucho de una obra de teatro.
Aparte de eso, ambos actores me gustaron mucho.
Nuria decía que tenía que ser maravilloso oir esos aplausos del público. “Tiene que ser una experiencia fantástica hacer tu trabajo, hacerlo bien, y ser reconocido así”.
- Ya-dije yo-, pero me estoy imaginando lo que tiene que ser también hacer lo mismo todas las noches durante cinco años.
“El infierno es la repetición” decía un tipo sabio.
¿Habéis pasado susto?Haber elegido muerte…
Javier miró hacia abajo. El agua del mar era clara como la de la piscina, y no había animales. Movió sus pies notando cómo se enterraban poco a poco en la arena mojada.
Cuando miró hacia la playa la vio a ella. Esta vez era morena. Siempre era muy jóven y preciosa. Le estaban esperando. Ya habrían pasado seis meses ahí fuera.
Volvió caminando hacia la playa sin olas que le empujasen. Llegó a su lado y se sentó en el suelo todavía chorreando agua.
- Buenos días, Jorge.
- Buenos días…-dijo Jorge y decidió que tenía cara de llamarse Patricia- Buenos días Patricia. Ya han pasado seis meses, ¿verdad?
Ella asintió.
-En primer lugar, Jorge, necesitamos pasar por un trámite. Necesito que me respondas a un par de preguntas. ¿Sabes dónde estás?
- Sí. En mi cabeza.
Patricia sonrió y asintió.
- Sabes que nada de esto es real, ¿verdad Jorge?
- Sí.
- Necesito que me digas si sabes exáctamente qué es ésto y por qué estás aquí.
- Pues estoy aquí porque creéis que maté a una niña en un atraco y porque creéis que dormido no daré problemas.
- Esto no lo hacemos por que no nos des problemas, Jorge. Lo hacemos para que te tomes un tiempo de descanso antes de volver a la realidad, y porque aquí dentro el tiempo se te pasará más rápido. ¿Preferirías estar despierto?
Jorge miró a su alrededor.
- No, está bien-dijo después de un rato-. Se está bien aquí. Quizá si salgo me compraré
- Estoy segura de que estás muy bien. ¿Cómo es?
Jorge le miró a los ojos.
- Pues es una playa preciosa. ¿No lo ves?
Patricia negó con la cabeza.
- En realidad no, Jorge. Yo sólo puedo oir tu voz; el resto sólo lo ves tú.
- Vaya-dijo Jorge-. Yo pensé que lo hacíais con informática.
Patricia sonrió con dulzura.
- Lo que estás experimentando se parece mucho más a un sueño.
- Aham. Creo que vi una película sobre esto cuando era pequeño.
Patricia se quedó callada. Luego carraspeó.
- El motivo de mi visita es advertirte de que ahí fuera estamos teniendo algunas complicaciones contigo Jorge.
- ¿Por el tiro?
- Te acuerdas bien de eso, ¿verdad Jorge?
- Sí.
- Efectivamente, es por el tiro. Fue una herida grave y te dañó la espina dorsal. Los médicos están haciendo lo que pueden.
Patricia se calló y le miró. Parecía que le miraba, al menos.
Jorge respiró profundamente y se miró las piernas. Eran las que había tenido con veinte años cuando hacía atletismo. Eran perfectas.
- Vale. No me digas nada más, por favor.
- Estamos obligados por ley a comunicarte cosas como estas para que vayas pensando en ellas. Pronto te vamos a despertar, Jorge.
- Me parece bien-dijo Jorge-, pero no me digas más. Dejadme tranquilo, por favor. Salga como salga, me parecerá bien.
- Como tú quieras, Jorge. Tranquilo, todo va a salir bien.
Patricia alargó su mano y tocó el brazo de Jorge. La sensación era muy extraña. Su mano se veía seca y suave y el tacto era áspero y sudado. No era como las personas irreales de la playa. El único tacto real que había tenido en mucho tiempo no parecía real.
- Gracias Patricia. Estaré bien.
Patricia se levantó sonriendo.
- Disfruta de tu playa y descansa-dijo-. Ahora por favor, mira hacia el frente. Cuando vuelvas a mirarme ya no estaré. Adiós, Jorge.
- Adiós, Patricia.
Jorge miró hacia el arcón que siempre estaba lleno de tabaco y cogió un mechero que nunca fallaba. Encendió el cigarro y volvó a mirar el espacio vacío que había dejado Patricia.
Patricia le tenía lástima. La gente ahí fuera se la tenía.
Se tumbó en la arena y lloró lágrimas de verdad.
Estaba en La Salle, en BUP. Era el exámen de gimnasia. Los que nos dejábamos los pulmones en el test de cooper y luego pedíamos la eutanasia, teníamos la oportunidad de subir nota. En este caso se trataba de un exámen sobre el balonmano. Yo no había estudiado y no tenía ni idea. Pero estaba el plan B.
Adrián Pérez tenía una chuleta como siempre. Bien preparada y escondida. Casi nunca he copiado porque tengo una cara de culpable tremenda. Si hubiese tenido la gracia de Adrián o de algún otro amigo, me hubiese hinchado, pero no. Yo era de los que se ponían rojos rojos. Pero no me podía quedar gimnasia.
El profesor era muy majo, y normalmente se fiaba de nosotros. La razón principal era que el temario era muy accesible (más para mostrar la buena intención de tomarse en serio la asignatura que para aprender algo práctico). Estaba sentado en su mesa corrigiendo exámenes. Yo tenía a Adrián a un metro, delante a la derecha. La primera pregunta era “Reglas del balonmano”.
- Psst. Psssst.
Adrián me miró. Levantó las cejas:”¿Qué?”.
- La primera.
Adrián bajó la mirada como si se concentrase, luego vigiló, y luego me susurró:
- Se juega con la mano.
Yo no me reí, pero me sentí bastante estúpido. Él no esperó mi respuesta. Siguió disimulando.
Le volví a llamar y le hice un gesto con la mano: “sigue”. Él se lo tomó de otra manera, porque me susurró:
- Que se juega con la mano.
Balon-Mano se juega con la mano. Sorpresas te da la vida.
Hubo una tercera vez. Él ya empezaba a ponerse nervioso. Me lo dijo más despacio.
- SE – JUEGA- CON- LA – MANO.
Entonces yo me descojoné vivo. Estábamos en un exámen y no debería, pero no pude evitarlo. Me puse a llorar de la risa por lo absurdo de la situación.
El profesor vino y me dijo “algo habrás visto”. Enseguida miró a Adrián (Adrián era el chico de las películas de cárceles que siempre podía conseguirte algo y tenía un buen plan para escapar). Le registró, encontró la chuleta y le suspendió.
Debería decir que me jodió habérselo hecho pasado tan mal. En realidad en ese momento no podía parar de reirme. Seguro que os ha pasado, así que me entenderéis.
Para aquellos especialmente solidarios, diré que nos costó 15 minutos y una persecución por el patio volver a reconciliarnos.
Qué tio. ¡El balonmano se juega con la mano!

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