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Cuando me mudé a vivir sólo, pensé que sería buena idea tener una mascota. Cuando la gente con dinero quiere tener una mascota, normalmente recurre a lo más fácil: se acercan a una tienda de animales, y entre las preciosidades que ahí le llaman a uno entre tiras de periódico, sólo tiene que elegir una. Luego paga lo que le digan, y ya tienen compañía.

Mi caso era distinto. Yo no tenía mucho dinero, y después de varias visitas a tiendas de animales, fui consciente de que o le hacía mimos a una lagartija de Venezuela o me quedaría sólo. Pero todavía me quedaba otra opción: la tienda de mascotas incompletas.

Era un cuchitril cerca del rastro, y no tenía ninguna mascota en el escaparate. Sólo tenía fotos de revistas y sobre ellas, letras hechas con cinta de carrocero: "Mascotas incompletas de ocasión". Al leerlo, me enternecí pensando en perritos a los que le faltaba una patita, y en gatos que sólo tenían una oreja. "Es igual-pensé yo. Yo le voy a querer como sea". Además, sólo tenía seis euros para alegrarme la vida.

Al entrar, me enseñaron muchas mascotas. Un perrito al que le faltaba la sombra, un mono que se complacía sexualmente de manera compulsiva ("a éste le falta el sentido del decoro", me explicó el tendero) y un guacamayo desplumado que hablaba continuamente con acento argentino sobre lo maravilloso que era su plumaje y por qué era los guacamayos eran los reyes de la creación (dando datos bíblicos y antropológicos). Cuando ya me tenía casi convencido, de repente caí. "La falta la modestia" dije, y el tendero asintió.

También había un perro labrador sin coherencia espacio temporal, que aparecía de repente en cualquier lugar de la sala, al volver, según me explicó el tendero, de viajes en el tiempo que para el animal eran divertidos, pero que para el amo eran algo engorrosos.

Luego llegó el gatito. La gatita, mejor dicho. No la sacó de la caja. Era preciosa: gris y blanca, con dos enormes ojitos y un hocico riquísimo. Además parecía que no le faltaba nada. Ya estaba yo convencido antes de que me dijesen más. "A esta le falta la compasión y caridad cristianas".

Me la llevé pensando que total, para qué querría un animal esas virtudes humanas. Llegué feliz a casa y le puse, a falta de otro nombre mejor, "Gati". Aquí está a mi derecha agazapada intentando dormir mientras escribo ésto. Pero ahora que no me lee, tengo que hacer una confesión.

A veces, cuando tira las cosas que hacen ruido sólo por joderme, cuando estoy durmiendo y me pisa la cabeza para poder beber de mi vaso de agua, cuando el más mínimo movimiento causa que me inyecte ocho uñas para luego salir corriendo, cuando por el simple hecho de que no le apetezcan más caricias me clava los dientes y hace presa, sólo puedo pensar en una cosa:

¡Por qué coño no cogí el perro sin sombra!.

Cuánto me hubiese gustado crear un club… De lo que sea, que eso no es importante. Lo que quería era ser el que leyese las actas de lo que fuese, ser el anfitrión de un montón de gente que comparte aficiónes, o un interés en particular. Pero la cosa no es tan fácil.

Leyendo mi superpop, sonreía con envidia sana leyendo los anuncios de tal o cual club de fans, tal o cual club de amigos de una ciudad u otra. En uno de esos anuncios me paré. Sobre la cara de Bustamante varias personas sin conocimientos de ortografía pedían adeptos para sus clubes, pero -pensé- para poder ser el mandamás del club, tenía que crear el mío propio. Cerré el superpop con determinación (tanta, que más parecía un portazo que una revista cerrándose). Cuando me volvieron a poner las manos en su sitio (y debo reconocer que el médico tenía razón y quedan mucho mejor al final de los brazos que tras la nuca como había propuesto), me suscribí al club de fans de Melendi, el de Ismael Serrano (por la chapa de regalo) y me puse manos a la obra. Había que crear un club de lo que fuese.

La traba a superar es que casi nada me gustaba tanto como para crear un club, y lo que sí me gustaba tanto, no quería compartirlo con la gente. Así que me puse a pensar. Mi idea fue crear un club de amigos de la manta pensando en estudiar y enseñar a la gente cosas sobre el noble animal que tanto me gustaba.

Vino mucha gente, pero en el discurso de bienvenida se fue casi toda. La mayoria se fueron después de ver que me refería a la manta como animal y no como prenda de tela. Otros se fueron cuando supieron que sólo quería estudiarla y ayudar a su bienestar, y no mantener relaciones sexuales con ella (estos, se fueron bastante indignados, y uno de ellos antes de irse me gritó incluso "¡open your mind!" tirándome a la cara un dibujo alusivo en el que había dibujado unos enormes pechos a una manta-animal). Quedaban cuatro. Dos se fueron cuando expliqué que no se trataba de querer comerse a las mantas ni las especialidades al cocinarla. Uno se fue al saber que no pretendíamos grabar CDs con pelis de estreno. Ahí quedó un sólo miembro que no había dicho nada.

- Bueno, nuestro club será pequeño, ¡pero vamos a hacer mucho por esas planas hijas de puta!-dije mientras guiñaba un ojo y meneaba tiernamente la mejilla de mi manta disecada.

Sin saber por qué, mi miembro se echó a llorar. Efectivamente, me estaba orinando. Después de salir del baño, vi que el otro miembro (ahora me refiero a la persona como miembro del club) estaba llorando también.

- ¡Yo no debería estar aquí!-dijo sollozando.

- ¿No te gustan las mantas?

- Psché-dijo mientras se enjugaba los ojos-. No me caen mal, pero donde estén los equinodermos…

Preferí no entrar en polémicas. Luego se me pasó y le llamé partidista, fascista, amigo de los equinodermos, e incluso prostituta del medioambiente. Cuando me di cuenta de que en caso de pelea no podría ganarle por tener todavía las manos a medio coser (del portazo revistero, acuérdate amigo lector) me calmé.

- Vamos, vamos, no pasa nada. ¡Puedes ser de ambos clubes! A mí también me caen bien los equinodermos.

Dicho esto, corrí al baño a vomitar asqueado de mi propia hipocresía. Al volver, el tipo seguía ahí pero se le había pasado el berrinche.

- ¿Estás mejor? – pregunté, añadiendo SÓLO MENTALMENTE "…puto amigo de los equinodermos?".

- Sí, ya se me ha pasado. Es sólo que no me apetece estar aquí. Sólo vine por despecho.

- ¿Y por qué estás despechado?-pregunté.

- Buah. Porque llamé al club de fans de Ismael Serrano y se les habían acabado las chapas.

Yo me enternecí con estas palabras. Tanto, que por consolarle, le revelé el baile que había pensado como secreto para el club de amigos de la manta. El bailde de la manta feliz. Extendí mis brazos como un avión. Gorgojeé como sólo gorgojea una manta, e hice el movimiento lateral subibajante que tantas horas había ensayado.

Al final, el aplaudió muy serio. Se acercó a mí y me puso la mano en el hombro de manera no-homosexual.

- Muchas gracias, amigo.

Miró hacia el suelo donde estaba el dibujo alegórico de la manta con dos enormes tetas. Lo señaló.

- ¿Vas a necesitar eso?

Yo negué con la cabeza. Él lo cogió. Al salir por la puerta, no miró hacia atrás.

Yo volví al salón y vi la mesa que había preparado con sandwiches de muchos sabores para los miembros del club. Retiré de un suave tirón los carteles de bienvenida que había decorado con mantas. Volví a poner en el trastero mi manta disecada, no sin antes besarla en la frente. Tiré a la basura los uniformes que había hecho para, los que yo creia que serían, mis nuevos amigos.

No me pude contener. Bailé llorando el baile de la manta feliz hasta que mi llanto me obligó a sentarme.

Nunca podría ser el presidente de un club.

Se oyó un zumbido. Luego un retranqueo de diástole. Luego dos aceleraciones de válvula y los pistones sin aceite.Se vió un fogonazo,pero era azul. Luego, el temido silencio. Después de un rato, me atreví a hablar.

- Ha sido azul cariño.

- Sí, dijo ella, quitándose de encima y mirando el techo.

Yo no me atrevía a decir nada. Quizá su familia tuviese razón. Quizá los humanos no podemos satisfacer a las extraterráqueas. Quizá no había sido buena idea y tal como todo el mundo nos aconsejaba, debíamos olvidar nuestro amor. Ella pronto regresaría a Zoltan 6. Yo me quedaría en Argüelles.

Acaricié su craneo verde y ella alejó unos centímetros la cabeza. Algo fallaba entre nosotros. Noté sus lágrimas de gasolina, y apagué la luz.

Creo que ninguno de los dos dormimos.

Hace un par de días me asomé al contenedor de enfrente de mi casa. Me había parecido ver algo extraño, y estaba en lo cierto. En el contenedor había una cabeza que parecía estar viva sin el resto del cuerpo. Me asomé para verla mejor, y ahí estaba. Me miraba desde debajo de los escombros, con los dientes apretados como gruñendo y los ojos inyectados en sangre. Me miraba fíjamente, esperando atacar.. Era un monstruo. Sólo me atreví a taparla un poco con unos cartones que había ahí, por si asustaba a algún otro niño.

Al día siguiente me asomé por si volvía a verla, pero lo hice con precaución. Primero dejé ver mi mano, y sólo después de un rato incliné la cabeza para mirar dentro. La cara estaba ahí, debajo de los cartones que yo había puesto y un retrete desmontado. La cara era mucho más dulce, inocente, como asustada. Al verme sonrió de alegría. Era una alegría sincera. Tanto me gustó, que estuve pensando en llevármela a casa. Luego la saqué de entre los cartones y la puse sobre ellos. La cabeza me miró con curiosidad. La miré bien, y al cabo del rato pensé que sería buena idea olvidarla y dejarla donde estaba.

"Total-pensé-, para qué quiero yo un espejo"

No quise darme la vuelta, por si a la cara también le daban pena las despedidas.

Ya casi nadie viene a verme para que busque a niños perdidos, pero durante un tiempo fui el mejor. Venía gente de todo el barrio, y por qué no decirlo, de barrios colindantes con fotos de niños desaparecidos. Lamentablemente no podía ayudar a los padres cuyos niños se habían perdido de verdad, pero sí a los que se habían escapado, y no a todos. Para ser concretos, sólo podía localizar a niños cabrones.

Aunque haga tanto tiempo de eso, cuando oí anoche los toques en mi puerta lo primero que pensé fue “unos padres quieren que encuentre a su hijo escapado”. Cuando abrí, era un búlgaro que me pedía que le casase con un clavel.

- ¡Qué romántico!-le dije yo, aunque hacía mucho que no casaba a nadie, y además me fastidiaba haberme equivocado en la predicción.

- Amo a este jazmín- admitió ruborizado el búlgaro, y con eso vi que el amor es ciego, porque a todas luces era un clavel ya tirando a pocho.

Entonces cayó abatido ante mi por unos dardos paralizantes. Al mirar a la derecha vi a los enfermeros, y entonces les grité que aquello era un atropello y una barbaridad, pero al final se me pasó, porque hablando con ellos me di cuenta de que también eran unos románticos, y hasta uno de ellos susurró algo al clavel (aunque si es lo que oí, era una ordinariez). A cambio de no denunciarles me dieron a mí un dardo paralizante gratis. Me vendría bien más adelante. Eso lo he aprendido de los antiguos juegos, donde tooodo lo que te daban servía para más adelante.

Poco después llamaron de nuevo a mi puerta. Yo pensé que era alguien con mucha premura y bastante corpulento. Sobre todo porque se me desprendió la retina al segundo golpe en la puerta. También pensé en su madre, y me acordé mucho.

- ¡Ya va, ya va!-grité y ruboriceme a mi vez pensando en qué facil derramaba pareados (y retinas).

Al abrir vi a una señora premurosa, bastante corpulenta, pero sin datos de si su madre sería como yo la había imaginado.

- ¿Qué quiere, señora?

- Usted es el que encuentra a los niños con bigote incipiente, ¿no?

- Bueno-dije, y carraspeé durante más o menos veinticinco minutos- en realidad es a los niños cabrones a quienes encuentro, tengan o no bigotillo.

- ¡Entonces estoy salvada! Este niño mío es tan travieso… -dijo, y sollozó. Yo en respuesta carraspeé durante media hora más o menos, hasta que se le hubo pasado. Soy tan sentimental, que estas cosas me afectan.

- No encuentro a niños traviesos, señora, y nunca me he preciado de ello. Sólo encuentro a los cabronazos. No elegí este don -dije con voz aterciopelada y algodonada, incluso algo fibresintetizada.

La señora se quedó pensativa unos segundos.

- Sí, creo que casa con su descripción. Mi niño, albertito, se ha escapado.

Lo que pasó después fue el procedimiento habitual. Rechacé el caso, la señora me recordó mi don y mi deuda con la sociedad, me vesti con mi uniforme, la señora usó el servicio mientras yo carraspeé en la puerta para hacerla entender que debía ser cuidadosa con las instalaciones, miré el oráculo (un whopper) y en la manera en la que la cebolla y el ketchup se repartían sobre la carne, vi el paradero del niño: estaba escondido en un chopo hueco.

Allá nos encaminamos cantando. Bueno, cantaba yo, la señora parecía no animarse, aunque varié mi repertorio en el camino y muchas veces la señalé gritando “¡ebribadi!” cuando ya dejó de hacerse de rogar e iba a decir su parte en “la virgen de la paloma”, encontramos de repente el chopo, así que cuando estaba cogiendo aire para el precioso La menor, la interrumpí tirándola del moño y carraspeando. Ella lo entendió. Qué sabiduría la de aquella mujer.

Me acerqué sigilosamente al chopo por el lado contrario a la hoquedad. Una vez ahí, recordé qué iba a hacer cuando fui interrumpido por la señora. Orinar. Intenté contenerme, pero no pude. Me aseguré que no comprometía para nada la higiene del niño (la apertura ya digo que estaba en la otra parte, y así se lo he comentado repetidamente a las autoridades) oriné. Mientras oriné, como para vencer la timidez, silbé, y se me ocurrió como detalle a mi clienta silbar un La menor intenso, y guiñarla el ojo para hacer ver la complicidad. Ella se estaba recomponiendo el moño, asi que al acabar, fingí que seguía orinando mientras mantenía entre los labios la preciosa nota. Una vez me vió y sonrió nerviosa, me recompuse y volví a poner cara de circunspecto.

Fui dando la vuelta lentamente al chopo hasta que vi la hoquedad. El oráculo, una vez más, no había fallado. Tampoco las patatas fritas, que me sugerían que el niño estaría asustado. Ahí estaba, arrinconado en su hoquedad. Tenía bigotillos de cantinflas y la camiseta de Ronaldinho.

- ¡Sal, truhan!¿No ves que está tu madre preocupada? Hela ahí.

Le señalé con un gesto de oreja a su madre, que efectivamente ahí estaba, mohina, mirándole amantísima.

- ¡No quiero ir con ella!Yo quiero ser futbolista.

Yo sacudí la cabeza como negando. Luego sacudí las extremidades superiores como negando. Luego sacudí todo el cuerpo como negando, pero para cuando llegó la ambulancia ya se me había pasado y casi no echaba espuma por la boca (aunque esté mal que yo lo diga).

- ¿Es eso lo que quieres de verdad? ¿Tu mayor ilusión y tu anhelo? ¿Tu deseo más profundo?.

El niño dibujó una sonrisa, me miró fijamente y asintió.

- Muy bien. Acércate y te diré cómo podremos solucionar esto sin hacer daño a nadie.

Qué bien me vino el dardo, amigos míos. Bastó con clavárselo en la pierna para que el niño depusiese su actitud. A su madre se lo acerqué meciéndolo, dormidito. La mala fortuna hizo que se me resbalase el chaval, y se diese una enorme sagrada forma contra una piedra del camino. Recogí otra vez al angelito, y se lo puse a su madre en brazos.

- Gracias, Eduardo. ¿Cómo podré pagárselo?

Sonreí con ternura. Era tan evidente… aún así se lo dejé ver. Silbé mi mejor La menor. Ella entendió. Dejó al niño en el suelo con sumo cariño y comenzó a cantar “La virgen de la Paloma”.

Después de varias obras del género chico, y como ya había anochecido y tenía frio, asentí, y así di la deuda por saldada. Además tuve especiales elogios hacia su interpretación en “Agua Azucarillos y Aguardiente”, que había destacado tanto por su voz como por la coreografía.

Mientras la madre se alejaba con su hijo en brazos, sonreí a la luz del farol. Después de esa buena acción, y tras el recital de seis horas y media de zarzuela, sólo podía pensar en una cosa: cuánta falta me hacía orinar otra vez.

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