Ya casi nadie viene a verme para que busque a niños perdidos, pero durante un tiempo fui el mejor. Venía gente de todo el barrio, y por qué no decirlo, de barrios colindantes con fotos de niños desaparecidos. Lamentablemente no podía ayudar a los padres cuyos niños se habían perdido de verdad, pero sí a los que se habían escapado, y no a todos. Para ser concretos, sólo podía localizar a niños cabrones.

Aunque haga tanto tiempo de eso, cuando oí anoche los toques en mi puerta lo primero que pensé fue “unos padres quieren que encuentre a su hijo escapado”. Cuando abrí, era un búlgaro que me pedía que le casase con un clavel.

- ¡Qué romántico!-le dije yo, aunque hacía mucho que no casaba a nadie, y además me fastidiaba haberme equivocado en la predicción.

- Amo a este jazmín- admitió ruborizado el búlgaro, y con eso vi que el amor es ciego, porque a todas luces era un clavel ya tirando a pocho.

Entonces cayó abatido ante mi por unos dardos paralizantes. Al mirar a la derecha vi a los enfermeros, y entonces les grité que aquello era un atropello y una barbaridad, pero al final se me pasó, porque hablando con ellos me di cuenta de que también eran unos románticos, y hasta uno de ellos susurró algo al clavel (aunque si es lo que oí, era una ordinariez). A cambio de no denunciarles me dieron a mí un dardo paralizante gratis. Me vendría bien más adelante. Eso lo he aprendido de los antiguos juegos, donde tooodo lo que te daban servía para más adelante.

Poco después llamaron de nuevo a mi puerta. Yo pensé que era alguien con mucha premura y bastante corpulento. Sobre todo porque se me desprendió la retina al segundo golpe en la puerta. También pensé en su madre, y me acordé mucho.

- ¡Ya va, ya va!-grité y ruboriceme a mi vez pensando en qué facil derramaba pareados (y retinas).

Al abrir vi a una señora premurosa, bastante corpulenta, pero sin datos de si su madre sería como yo la había imaginado.

- ¿Qué quiere, señora?

- Usted es el que encuentra a los niños con bigote incipiente, ¿no?

- Bueno-dije, y carraspeé durante más o menos veinticinco minutos- en realidad es a los niños cabrones a quienes encuentro, tengan o no bigotillo.

- ¡Entonces estoy salvada! Este niño mío es tan travieso… -dijo, y sollozó. Yo en respuesta carraspeé durante media hora más o menos, hasta que se le hubo pasado. Soy tan sentimental, que estas cosas me afectan.

- No encuentro a niños traviesos, señora, y nunca me he preciado de ello. Sólo encuentro a los cabronazos. No elegí este don -dije con voz aterciopelada y algodonada, incluso algo fibresintetizada.

La señora se quedó pensativa unos segundos.

- Sí, creo que casa con su descripción. Mi niño, albertito, se ha escapado.

Lo que pasó después fue el procedimiento habitual. Rechacé el caso, la señora me recordó mi don y mi deuda con la sociedad, me vesti con mi uniforme, la señora usó el servicio mientras yo carraspeé en la puerta para hacerla entender que debía ser cuidadosa con las instalaciones, miré el oráculo (un whopper) y en la manera en la que la cebolla y el ketchup se repartían sobre la carne, vi el paradero del niño: estaba escondido en un chopo hueco.

Allá nos encaminamos cantando. Bueno, cantaba yo, la señora parecía no animarse, aunque varié mi repertorio en el camino y muchas veces la señalé gritando “¡ebribadi!” cuando ya dejó de hacerse de rogar e iba a decir su parte en “la virgen de la paloma”, encontramos de repente el chopo, así que cuando estaba cogiendo aire para el precioso La menor, la interrumpí tirándola del moño y carraspeando. Ella lo entendió. Qué sabiduría la de aquella mujer.

Me acerqué sigilosamente al chopo por el lado contrario a la hoquedad. Una vez ahí, recordé qué iba a hacer cuando fui interrumpido por la señora. Orinar. Intenté contenerme, pero no pude. Me aseguré que no comprometía para nada la higiene del niño (la apertura ya digo que estaba en la otra parte, y así se lo he comentado repetidamente a las autoridades) oriné. Mientras oriné, como para vencer la timidez, silbé, y se me ocurrió como detalle a mi clienta silbar un La menor intenso, y guiñarla el ojo para hacer ver la complicidad. Ella se estaba recomponiendo el moño, asi que al acabar, fingí que seguía orinando mientras mantenía entre los labios la preciosa nota. Una vez me vió y sonrió nerviosa, me recompuse y volví a poner cara de circunspecto.

Fui dando la vuelta lentamente al chopo hasta que vi la hoquedad. El oráculo, una vez más, no había fallado. Tampoco las patatas fritas, que me sugerían que el niño estaría asustado. Ahí estaba, arrinconado en su hoquedad. Tenía bigotillos de cantinflas y la camiseta de Ronaldinho.

- ¡Sal, truhan!¿No ves que está tu madre preocupada? Hela ahí.

Le señalé con un gesto de oreja a su madre, que efectivamente ahí estaba, mohina, mirándole amantísima.

- ¡No quiero ir con ella!Yo quiero ser futbolista.

Yo sacudí la cabeza como negando. Luego sacudí las extremidades superiores como negando. Luego sacudí todo el cuerpo como negando, pero para cuando llegó la ambulancia ya se me había pasado y casi no echaba espuma por la boca (aunque esté mal que yo lo diga).

- ¿Es eso lo que quieres de verdad? ¿Tu mayor ilusión y tu anhelo? ¿Tu deseo más profundo?.

El niño dibujó una sonrisa, me miró fijamente y asintió.

- Muy bien. Acércate y te diré cómo podremos solucionar esto sin hacer daño a nadie.

Qué bien me vino el dardo, amigos míos. Bastó con clavárselo en la pierna para que el niño depusiese su actitud. A su madre se lo acerqué meciéndolo, dormidito. La mala fortuna hizo que se me resbalase el chaval, y se diese una enorme sagrada forma contra una piedra del camino. Recogí otra vez al angelito, y se lo puse a su madre en brazos.

- Gracias, Eduardo. ¿Cómo podré pagárselo?

Sonreí con ternura. Era tan evidente… aún así se lo dejé ver. Silbé mi mejor La menor. Ella entendió. Dejó al niño en el suelo con sumo cariño y comenzó a cantar “La virgen de la Paloma”.

Después de varias obras del género chico, y como ya había anochecido y tenía frio, asentí, y así di la deuda por saldada. Además tuve especiales elogios hacia su interpretación en “Agua Azucarillos y Aguardiente”, que había destacado tanto por su voz como por la coreografía.

Mientras la madre se alejaba con su hijo en brazos, sonreí a la luz del farol. Después de esa buena acción, y tras el recital de seis horas y media de zarzuela, sólo podía pensar en una cosa: cuánta falta me hacía orinar otra vez.