Hace un par de días me asomé al contenedor de enfrente de mi casa. Me había parecido ver algo extraño, y estaba en lo cierto. En el contenedor había una cabeza que parecía estar viva sin el resto del cuerpo. Me asomé para verla mejor, y ahí estaba. Me miraba desde debajo de los escombros, con los dientes apretados como gruñendo y los ojos inyectados en sangre. Me miraba fíjamente, esperando atacar.. Era un monstruo. Sólo me atreví a taparla un poco con unos cartones que había ahí, por si asustaba a algún otro niño.
Al día siguiente me asomé por si volvía a verla, pero lo hice con precaución. Primero dejé ver mi mano, y sólo después de un rato incliné la cabeza para mirar dentro. La cara estaba ahí, debajo de los cartones que yo había puesto y un retrete desmontado. La cara era mucho más dulce, inocente, como asustada. Al verme sonrió de alegría. Era una alegría sincera. Tanto me gustó, que estuve pensando en llevármela a casa. Luego la saqué de entre los cartones y la puse sobre ellos. La cabeza me miró con curiosidad. La miré bien, y al cabo del rato pensé que sería buena idea olvidarla y dejarla donde estaba.
"Total-pensé-, para qué quiero yo un espejo"
No quise darme la vuelta, por si a la cara también le daban pena las despedidas.

2 comments
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14 Diciembre 2007 a 12:34
QQ
me entusiasma esta historia.
15 Diciembre 2007 a 21:17
esrarodorarse
Muchas gracias. A mí después de haberla releído, me da un poco de mal rollo la cara de enfado que describo. Es una licencia literaria, porque yo tengo una cara de bobo que no puedo con ella, así que cuando quiero parece enfadado o dar miedo, acabo pareciéndome a una rabieta de “Quico” del Chavo del Ocho.
¡Me alegro mucho de que te haya gustado!