Hace un par de días me asomé al contenedor de enfrente de mi casa. Me había parecido ver algo extraño, y estaba en lo cierto. En el contenedor había una cabeza que parecía estar viva sin el resto del cuerpo. Me asomé para verla mejor, y ahí estaba. Me miraba desde debajo de los escombros, con los dientes apretados como gruñendo y los ojos inyectados en sangre. Me miraba fíjamente, esperando atacar.. Era un monstruo. Sólo me atreví a taparla un poco con unos cartones que había ahí, por si asustaba a algún otro niño.

Al día siguiente me asomé por si volvía a verla, pero lo hice con precaución. Primero dejé ver mi mano, y sólo después de un rato incliné la cabeza para mirar dentro. La cara estaba ahí, debajo de los cartones que yo había puesto y un retrete desmontado. La cara era mucho más dulce, inocente, como asustada. Al verme sonrió de alegría. Era una alegría sincera. Tanto me gustó, que estuve pensando en llevármela a casa. Luego la saqué de entre los cartones y la puse sobre ellos. La cabeza me miró con curiosidad. La miré bien, y al cabo del rato pensé que sería buena idea olvidarla y dejarla donde estaba.

"Total-pensé-, para qué quiero yo un espejo"

No quise darme la vuelta, por si a la cara también le daban pena las despedidas.