Cuánto me hubiese gustado crear un club… De lo que sea, que eso no es importante. Lo que quería era ser el que leyese las actas de lo que fuese, ser el anfitrión de un montón de gente que comparte aficiónes, o un interés en particular. Pero la cosa no es tan fácil.
Leyendo mi superpop, sonreía con envidia sana leyendo los anuncios de tal o cual club de fans, tal o cual club de amigos de una ciudad u otra. En uno de esos anuncios me paré. Sobre la cara de Bustamante varias personas sin conocimientos de ortografía pedían adeptos para sus clubes, pero -pensé- para poder ser el mandamás del club, tenía que crear el mío propio. Cerré el superpop con determinación (tanta, que más parecía un portazo que una revista cerrándose). Cuando me volvieron a poner las manos en su sitio (y debo reconocer que el médico tenía razón y quedan mucho mejor al final de los brazos que tras la nuca como había propuesto), me suscribí al club de fans de Melendi, el de Ismael Serrano (por la chapa de regalo) y me puse manos a la obra. Había que crear un club de lo que fuese.
La traba a superar es que casi nada me gustaba tanto como para crear un club, y lo que sí me gustaba tanto, no quería compartirlo con la gente. Así que me puse a pensar. Mi idea fue crear un club de amigos de la manta pensando en estudiar y enseñar a la gente cosas sobre el noble animal que tanto me gustaba.
Vino mucha gente, pero en el discurso de bienvenida se fue casi toda. La mayoria se fueron después de ver que me refería a la manta como animal y no como prenda de tela. Otros se fueron cuando supieron que sólo quería estudiarla y ayudar a su bienestar, y no mantener relaciones sexuales con ella (estos, se fueron bastante indignados, y uno de ellos antes de irse me gritó incluso "¡open your mind!" tirándome a la cara un dibujo alusivo en el que había dibujado unos enormes pechos a una manta-animal). Quedaban cuatro. Dos se fueron cuando expliqué que no se trataba de querer comerse a las mantas ni las especialidades al cocinarla. Uno se fue al saber que no pretendíamos grabar CDs con pelis de estreno. Ahí quedó un sólo miembro que no había dicho nada.
- Bueno, nuestro club será pequeño, ¡pero vamos a hacer mucho por esas planas hijas de puta!-dije mientras guiñaba un ojo y meneaba tiernamente la mejilla de mi manta disecada.
Sin saber por qué, mi miembro se echó a llorar. Efectivamente, me estaba orinando. Después de salir del baño, vi que el otro miembro (ahora me refiero a la persona como miembro del club) estaba llorando también.
- ¡Yo no debería estar aquí!-dijo sollozando.
- ¿No te gustan las mantas?
- Psché-dijo mientras se enjugaba los ojos-. No me caen mal, pero donde estén los equinodermos…
Preferí no entrar en polémicas. Luego se me pasó y le llamé partidista, fascista, amigo de los equinodermos, e incluso prostituta del medioambiente. Cuando me di cuenta de que en caso de pelea no podría ganarle por tener todavía las manos a medio coser (del portazo revistero, acuérdate amigo lector) me calmé.
- Vamos, vamos, no pasa nada. ¡Puedes ser de ambos clubes! A mí también me caen bien los equinodermos.
Dicho esto, corrí al baño a vomitar asqueado de mi propia hipocresía. Al volver, el tipo seguía ahí pero se le había pasado el berrinche.
- ¿Estás mejor? – pregunté, añadiendo SÓLO MENTALMENTE "…puto amigo de los equinodermos?".
- Sí, ya se me ha pasado. Es sólo que no me apetece estar aquí. Sólo vine por despecho.
- ¿Y por qué estás despechado?-pregunté.
- Buah. Porque llamé al club de fans de Ismael Serrano y se les habían acabado las chapas.
Yo me enternecí con estas palabras. Tanto, que por consolarle, le revelé el baile que había pensado como secreto para el club de amigos de la manta. El bailde de la manta feliz. Extendí mis brazos como un avión. Gorgojeé como sólo gorgojea una manta, e hice el movimiento lateral subibajante que tantas horas había ensayado.
Al final, el aplaudió muy serio. Se acercó a mí y me puso la mano en el hombro de manera no-homosexual.
- Muchas gracias, amigo.
Miró hacia el suelo donde estaba el dibujo alegórico de la manta con dos enormes tetas. Lo señaló.
- ¿Vas a necesitar eso?
Yo negué con la cabeza. Él lo cogió. Al salir por la puerta, no miró hacia atrás.
Yo volví al salón y vi la mesa que había preparado con sandwiches de muchos sabores para los miembros del club. Retiré de un suave tirón los carteles de bienvenida que había decorado con mantas. Volví a poner en el trastero mi manta disecada, no sin antes besarla en la frente. Tiré a la basura los uniformes que había hecho para, los que yo creia que serían, mis nuevos amigos.
No me pude contener. Bailé llorando el baile de la manta feliz hasta que mi llanto me obligó a sentarme.
Nunca podría ser el presidente de un club.

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