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Hoy he visto un anucio de Donuts mini. "Para matar el gusanillo". El caso es que me sonaba de algo. ¿A vosotros también? El del anuncio era un gusano con corbata, tupé y sonrisilla. El original tenía el pelo raro, una bufanda, y le advertía a una niña que no diese las cosas por sentado.
Es el gusano de "El laberinto", que además de ofrecer un té a Jennifer Connelly a un té, le descubría una puerta donde no parecía haber ninguna. Aquí lo tenéis para que me digáis si se parece o no:

Aquí tenéis la escena entera y en español.. Si podéis ver el video sin poner una sonrisa bobalicona, o no tenéis corazón, o sois H muda.
Ahora que lo habéis visto… ¿vosotros creéis que el creativo que ha propuesto ese gusano para la campaña de Donuts lo había visto, o no? Yo cuando lo vi en la televisión me levanté gritando "plagio" con la boca llena de lentejas, señalé el televisor y tiré una cuchara con intención de no darle. Pero claro, puedo estar equivocado…
Me encantaba Colombo.
Muchas veces cuando acumulo cinco o seis capítulos nuevos, me tumbo en la cama y lapido mis meninges viéndolos seguidos. La última vez que lo hice, en un par de capítulos Colombo hablaba de su mujer, pero nunca la veíamos. Yo me puse a pensar en la imágen entrañable que tenía de ella, y de lo curioso que era tenerle un cariño tontorrón y melancólico a un personaje que ni siquiera he visto nunca (como sabréis, la mujer de Colombo nunca apareció en la televisión). Aún así, estaba seguro de que alguien se había molestado en investigar sobre ella.
La página que más me gustó sobre el tema es "Mrs Columbo Revealed" (en inglés) en la que juntan los datos que tenemos de la tal señora a partir de lo que se puede ver en los episodios, ni más ni menos. Intento traducir un fragmento aquí de manera bastante libre:
"El milagro de la Sra. Colombo es que aunque nunca haya sido vista ni oída, hace que sintamos su presencia en "Colombo". Sin siquiera enseñarnos su cara, es un personaje principal en el programa, ganándose nuestra imaginación y afecto. Su éxito es una muestra del poder de la buena escritura en "Colombo".
Nota del editor: Nunca hemos visto a la Sra. Colombo. Todo lo que sabemos sobre ella es lo que hemos podido juntar de las referencias de su marido en los 30 años pasados. La imágen que evoca es la de una mujer vivaz, de inagotable energía, con un amplio abanico de intereses, que apoya a su marido y nunca está lejos de su pensamiento.
Pero Colombo es notablemente un contador de historias de quien no nos podemos fiar. Parte de el encanto de Colombo es que nunca sabemos cuándo está hablando literalmente, o cuando está adornando o improvisando (especialmente si está hablándole al asesino). Así que lo que dice Colombo debe tomarse en su contexto.
Todo lo que nos dicen de la Sra. Colombo debe verse con esta perspectiva. Lo que presentamos aquí es sólamente lo que Colombo afirma sobre su mujer varias veces-la verdad sobre la Sra. Colombo es algo que cada espectador debe juzgar personalmente.
¿Existe la señora Colombo?
La señora Colombo ha probado ser tan escapadiza a lo largo de los años, nunca mostrándose cuando su presencia se ha anunciado, que unos pocos fans tienen la arriesgada teoría de que quizá no existe la señora Colombo. Quizá ella sólo existe en la imaginación de Colombo, para ser usada como un útil recurso retórico.
¿Estamos seguro de que la señora Colombo existe?
Hay varias razones verosímiles para creer que sí. Al menos tres testigos independientes han dado pruebas de que verla o tratar con ella:
En "Aguas turbulentas", el capitán del barco asegura a Colombo que ha visto a su señora subir a bordo. Y el nerviosismo de Colombo cuando la está buscando es real. Colombo no tiene ningún motivo posterior para fingir que ha perdido a su mujer en el barco. Más tarde, el tesorero del barco la ve al menos dos veces.
Y en "Precaución: el asesinato puede ser peligroso para su salud", el cuidador del perro ha recibido instrucciones directamente de la señora Colombo:ella le ha solicitado una pedicura especial para el perro.
En "No hay tiempo para morir" Colombo está en la boda de un familiar cercano y le preguntan por su mujer. Por supuesto ¡la señora Colombo no está presente!… pero podemos deducir que los invitados a una boda familiar de Colombo no le estarían preguntando sobre su mujer si ella fuese fruto de su imaginación.
Y hemos visto a Colombo hablar con su mujer por teléfono en varias ocasiones (o si no es su mujer, está hablando con una mujer que claramente tiene una relación íntima con él, y que le manda recados.
¿Cómo es físicamente la Sra. Colombo?
En un reciente chat para "The View", Barbara Walters le preguntó a Peter Falk (el actor que hace de colombo, aclaro yo) cómo era físicamente la Sra. Colombo. Su respuesta empezó con "Bueno, sabía desde el principio que nunca íbamos a verla, así que no malgasté mucho tiempo pensando en cómo era".
Pero los astutos fans se darán cuenta de que tenemos varias pistas sobre el aspecto físico de la señora Colombo.
En la primera escena de "Aguas turbulentas", Colombo busca desesperadamente a la Sra. Colombo, así que podemos asumir que la descripción es acertada. Ella es más bajita que Colombo (él dice que le llega por la frente). Y tiene el pelo negro, por lo visto bastante largo, el cuál lleva recogido en un moño.
También sabemos que la señora Colombo "nunca fue delgada", y está implícito que es bastante voluptuosa. En "Ejercicio para la fatalidad" Colombo describe la preocupación de su mujer por el su peso, y explica que "nunca le dejaría ser" demasiado delgada.
Colombo dice "Verá, resulta que es una mujer que…"-aquí, Colombo coloca las manos frente a su pecho como si empezase a curvar sus manos en un gesto que significa "tiene un pecho grande". Después se da cuenta repentinamente de lo que está diciendo, y rápidamente cambia de tema. Una pincelada fascinante del gusto de Colombo para las mujeres, y lo más cerca que estamos de una descripción de su mujer".
"La señora Colombo" – la serie
En la misma página hablan también de una serie que se llamó "La señora Colombo", que era el intento de uno de los presidentes de la NBC de aprovechar el tirón de Colombo sin Colombo, poco después de que se acabase el programa. Los creadores de la serie protestaron: "La magia de la mujer de Colombo es que no la ves".
Aunque los creadores de Colombo no quisiesen hacerlo (e intentasen convencerle al tal presidente para que tampoco él lo hiciese), el presidente tuvo una de esas ideas de presidentes: ya que iba a hacer una serie, que la chica fuese jóven y guapa (la foto es de Kate Mulgrew, la actriz que lo hizo, aunque en esa imágen está vestida para su papel de Star Trek).
A Peter Falk le horrorizó la idea.
El programa fue un chasco: la audiencia pasó de los cuatro capítulos, y duró de febrero del 79 a diciembre del mismo año.
El programa ya había sido tirado a la basura mucho antes de que Colombo volviese a la ABC, pero los creadores tenían la idea de quejarse de la serie-chufla desde la de verdad. Querían que Colombo se quejase "hay una mujer que va por ahí diciendo que es mi mujer. Es una chica jóven. Me está pasando las facturas. Ojalá mi mujer fuera así. Es una impostora".
Además de las declaraciones de los creadores, los programas evidenciaban que el personaje de Kate no era la mujer de ESE Colombo.
Otras cosas que sabemos sobre la señora Colombo "de verdad", y que vienen muy bien explicadas en la página: mayormente datos sobre los sitios donde ha vivido, qué sabemos lo que le gusta (por las veces que Colombo dice "¡Mi mujer no se pierde su programa!" (o que le encantó su libro, películas, etcétera).
Ahora que ya os habéis enterado de todas estas cosas, quiero deciros otras dos. Una es una recomendación que os hago babeando y con cariño. A quien no se crea que se puede babear siendo tierno, le dejo rápidamente a un mastín que tiene mi vecino:
*) Peter Falk tiene un ojo de cristal porque el suyo lo perdió de jóven, por un tumor. Es buen pintor y sus obras se pueden mirar y comprar por internet.
*) Peter Falk protagonizó una de las películas que no me canso de ver. Pronto os hablaré de ella aquí, pero mientras tanto, os aconsejo, os ruego, os cantimploro que la veáis. Se llama "Un cadaver a los postres" y preferiría que no leáis más que lo siguiente: los cinco mejores detectives del mundo (interpretados por Falk, David Niven y Peter Sellers entre otros) son invitados a una cena, donde Truman Capote (sí, el escritor, que también sale en esta peli) les reta a descifrar el crimen que ocurrirá a las doce de la noche. Es una película de risa, que habré visto doce veces en mi infancia y veinte en mi recién alcanzada madurez intelectual. Os va a encantar.
¡Hasta pronto!
Ojo lechones: actualizado el 5 / 5 / 08 con las aportaciones de Sara, al final del post.
Os tengo que contar hoy un día que no voy a olvidar nunca: fue el uno de mayo, y me pasé el día intentando caerle mal a la gente.
La historia empezó la semana pasada. Estaba en el puesto de una compañera instalando un escaner. Mientras lo hacía, Sara, que es encantadora y se sienta al lado comentó en voz alta con los presentes:
- Qué putada. Mis amigas van a organizar una comida, y todas se van a llevar a sus novios. Yo soy la única que voy sola.
Mientras me hacía el distraído y por lo que hablaban, deduje que le había propuesto a un compañero ir con ella, pero no podía. Como me llevo muy bien con ella no me costó nada proponerle :”Yo te puedo acompañar, pero tenemos que montar una farsa”. Le encantó la idea.
La semana pasó preparando perfiles posibles para mi personaje de novio: pasamos por el abusador machista y repulsivo, por el interesado en su dinero, por el pirómano… Ella se partía con todos los personajes, y el resto de la gente de la Confederación que sabía el plan, aportó buenas ideas. El objetivo principal era una pequeña venganza: hacer que sus amigas lo flipasen, hacerlas sentir incómodas y ver cómo se comportaban. Era un juego, y sonaba muy divertido. No éramos libres para elegir el personaje: no podíamos ofender o faltar al respeto de los presentes, y yo tenía que salir de ahí a ser posible sin que me partiesen la cara.
Yo pensé otra vez en el señor Andy Kaufman (en quien se basa la peli de Jim Carrey “Man on the moon” y un personaje que os recomiendo encarecidamente conocer. Hasta que pueda escribir sobre él, y para los que hablen inglés, aquí tenéis muchos videos). Me relamía pensando en lo divertido que sería hacer un personaje odioso, ser la persona por la que se reparten codazos cómplices en la mesa, ser el tipo de quien uno piensa “¿Cómo no se da cuenta de que todos sabemos que es gilipollas?”. Pero sabiéndolo, claro. Y exagerándolo más. Tensando la cuerda como Andy. Llevar a la gente marcándole el camino con una mirada de capote, provocando un odio sutil y antiguo, premiarme con las risas cómplices de los demás, ser la persona a la que quieres abofetear; al menos por un día. La cosa como luego veréis, resultó mucho más dificil de lo que yo creía.
El día anterior cogí el teléfono de Sara para darle cierta credibilidad al asunto; era Marta, la dueña de la casa en la que comeríamos el jueves, que se sorprendió al oirme. Yo no dije mucho, pero sí me molesté cuando me dijo “¡Anda! Tú eres el chico que me cogió el teléfono el otro día… ¿a que sí?”. Aproveché para hacerme el ofendido. Esto luego me vendría bien.
Sara vino a recogerme a casa. Yo no había dormido bien, pero de momento estaba tranquilo. La tranquilidad me duró hasta que llegamos ahí y pude ver a Rafa, el dueño de la casa. Supongo que suena estúpido, pero lo que pensé fue “Qué tio más majo”. No hablamos al principio nada, pero me cayó muy bien a primera vista, y eso me puso nervioso. En mis planes maquiavélicos, ellos eran gente sin cara que participaban en la fantasía sólo para la provocación que se me había ocurrido, y después desaparecían. Pero por alguna razón, aquél chico me cayó bien y me di cuenta de lo jodido que iba a ser. Me quedé corto.
En cuanto llegamos a la casa empezó la función como tal. Yo todavía estaba nervioso cuando nos abrió la puerta Marta, la chica del teléfono del día anterior, que me recordó mucho a Eva, una compañera del trabajo anterior. Me sonrió y fue muy amable. No me ayudó nada con eso, que para entonces no podía parar de pensar “pero qué cabrón soy”. Ella nos enseñó la casa mientras Sara empezaba con la artillería pesada: mientras nos enseñaba el servicio, por ejemplo, Sara en lugar de contestarle a ella, me miró a mí y señalando la pila dijo “Cari, ¿tú crées que aquí podríamos…?”. Yo después de evitar morirme de vergüenza dije algo como “se puede intentar”. Marta siguió a la habitación. Mientras nos la enseñaba, yo probé con la mano la dureza del colchón. “¿Joder cómo venís, no?” dijo Marta. Sara preguntó que si estaba bien, y yo le dije que sí. Volvimos donde estaban todos, y según pude saber, Marta ya tuvo motivo con esos comentarios para advertir a otra de las chicas sobre mí.
Éramos cuatro parejas (tres de ellas, de veras) sentadas a la mesa. A mi derecha estaba Fernando, y a mi izquierda Sara. Yo quería ir más despacio, pero he de reconocer que no porque pensase que era la mejor estrategia: básicamente no me atrevía a decir casi nada. “¿Sois compañeros de gimnasio o algo así?” preguntó Marta. “Bueno, más bien de otros deportes, ¿verdad cariño?” me preguntaba Sara. Después de comentarios como esos, el choteo ya era general. La gente era muy educada. Yo casi ni comí. “El perro de este amigo-contaba Rafa- es muy avispado. Siempre está con el rabo para arriba”. “A mí no me dicen que sea inteligente y yo también estoy así todo el día-dije sonriendo a Sara”. “Ya-dijo Rafa- pero es que tú no has demostrado que seas avispado. Lo mismo si aprendes algún truco…”.
La cosa fue desmadrándose. Si alguien decía que no le gustaban las cosas duras, Sara soltaba “Eso es porque no conoces a mi Edu” mientras me pasaba la mano por el lomo como a un perro de concurso. Si alguien contaba que había leído que para evitar llorar pelando cebollas podían usarse gafas de buceo, nosotros hablábamos sobre que a veces en la cama también vienen bien, y que yo siempre apunto para abajo. No os puedo decir lo mal que se siente uno diciendo esta ordinariez a un grupo de gente majísima, pero os puedo asegurar que no es fácil. Ellos ya como se reían abiertamente de nosotros (no abiertamente pero sí estaba claro que habían perdido el miedo a hacerme sentir mal, porque si lo hiciesen me lo merecía) contribuían con sus aportaciones, o nos pinchaban.
“Vámonos para que puedan hablar” dijo Sara. Me llamó “osito” mientras yo intentaba no descojonarme mirando las caras de asco y/o choteo y bajamos a la calle a sentarnos en un portal. Fernando, el chico que se sentaba a mi derecha, estaba visiblemente hasta los cojones. Se levantaba para ponerse junto a su chica, supongo que porque es demasiado educado para mandarme a la mierda, que es lo que le hubiese apetecido a cualquiera. Nos dijo que se tenía que ir, y me asustaba pensar que se iba a ir con esa imagen de mí. Por eso en el portal intenté convencer a Sara.
- Sara, vámos a decírselo ya-decía yo completamente acojonao.
- ¿Por qué? Tenemos que hacer algo fuerte. Vamos a discutir por lo de Carlos por ejemplo.
- Pero se va a ir pensando que soy gilipollas-dije mientras desde la calle se oía como se estaban descojonando de nosotros.
Al final ella me convenció para estirarlo. Si hubiese sido por mí, al subir hubiéramos descubierto todo. Me alegro muchísimo de haberle hecho caso a Sara.
Tal como me enteré después, en nuestra ausencia habían estado hablando de lo gilipollas que era yo, y lo sorprendidos que estaban de ver a Sara comportándose como una gilipollas de igual o mayor valor que el primero. También me enteré de una frase que me dió muchísima ternura (aunque ya sé lo que pensará El Persianista de ello): una de las chicas, como para disculparnos, dijo más o menos “Pues el amor a veces llega así, y si a Sara le ha llegao…”. No me contaron que se encogiese de hombros, pero me la imagino haciéndolo mientras decía esas palabras.
Por dar que hablar, subimos yo con la bragueta bajada y ella sin un pendiente. En el telefonillo se oía como se partían el ojete de una broma que no habíamos oído, y que sin duda alguna tenía que ver con nosotros. Ya habíamos empezado con las copas.
Poco después Sara tuvo que ir al baño, y yo planeé mi venganza por estirar la broma: quería aliarme con Rafa para que la broma se la gastásemos a Sara. Por eso cuando no estaba Sara, llamé a Rafa. “¿Te puedo contar una cosa en privado?” dije señalando la cocina. “Sí sí” dijo Rafa. Entonces Sara volvía del baño. Yo intenté echarme atrás: “Nah, déjalo, luego te lo cuento”. Rafa no me dejó envainarla: “Nononono. Ahora vienes y me lo cuentas” dijo, y se metió en la cocina. Yo después que él.
Le conté en bajito que era una broma, quién era yo y cuál era el plan. Me alivió muchísimo saber que le parecía divertido. Hasta entonces tenía el miedo secreto de sospechar que al descubrir la farsa nos tirasen por la ventana.
- Sara y yo hemos acordado discutir por celos. Cuando lo haga, ponme en mi sitio. Yo seguiré en el personaje, pero tú puedes hacer lo que quieras-él se reía-. La idea es acojonar a Sara, así que aunque ella te diga que es una broma para evitar una pelea, tú pasa del tema. Como si te hubiese tocado los cojones ya demiasiado. Y oye, si me tienes que amenazar con darme una hostia, no te cortes. No me voy a ofender por nada de lo que me digas.
- No soy muy buen actor-dijo Rafa-, pero vamos a ver cómo sale.
Salimos disimulando de la cocina, hablando de mi amigo H con el que supuestamente quería juntarle para hacer música juntos.
Fernando se despidió muy educadamente de mí para ir a cumplir con sus obligaciones. El hecho de que Rafa supiese que era una broma, hacía que yo pudiese estar mucho más tranquilo. Yo me tomé una copita y la cosa siguió más o menos igual que antes.
Luego acordamos jugar al chinchón, y había que bajar a por una baraja (casi vale la redundancia). Bajamos Sara y yo, por supuesto. A Sara como es muy maja, el señor del bar le regaló la Baraja de Cafés La Estrella. Tal como nos dijo luego Rafa “¡Qué mal lo he pasado! Estaban poniéndoos verdes y yo como ya sabía la historia, estaba a mi bola cantando el chiki-chiki. Me decían ‘joder Rafa, estás a tu bola’ “.
Yo intenté ser majo; salí un poco de mi papel para ser más como es el Eduardín a quien conocéis y amáis. A esas alturas sin embargo, no había mucho que hacer: después me enteré de que comentaron “A que al final gana el payaso este” e incluso hay quien asegura que hicieron fuerza apretando el culo para enviarme energía negativa. Juro que esto último no me lo he inventado yo.
Pues sí amigos: jugábamos unos euros y gané la partida. Todos me pagaron religiosamente. Al final la verdad es que era una pasta. Rafa se puso a comer pipas a mi izquierda, y Sara estaba a mi derecha. Cuando el ambiente estaba más festivo y me seguían las bromas, miré a la calle. Ya era de noche. Tenía que empezar el final. Todo dependía de lo bien que lo hiciese Rafa; lo hizo genial.
- Ahora que estamos más relajados, Marta, ¿quién era el chico que te cogió el otro día?
Conozco a ese chico:trabaja en la Confederación y es un tipo majísimo (que además nos dió buenas ideas para el papel).
Sara le quitaba importancia al asunto en su papel. Qué bien lo hacía la cabrona. Hasta metió ahí algunas frases como “joder Edu, no puedes beber. Siempre te pasa lo mismo” que me ayudaron mucho. Yo intenté hacerlo lo más creíble posible, sabiendo que esa escena era la clave. Me giraba hacia Sara.
- Sara. Que me digas quién coño es Carlos.
- Bueno tio, déjala en paz ya, que no pasa nada-dijo Rafa mientras comía pipas.
- No estoy hablando contigo-dije, y me giré de nuevo a Sara-. ¿Quién coño es Carlos?
- Joder Edu, que no es nadie-decía Sara-. Es que verás, ese día nos perdimos y…
- Es que nos perdimos-continuó Marta (la dueña del piso y novia del cómplice)-, y no sabíamos llegar a un sitio y claro…
Yo odiándome a mí mismo miré a Rafa.
- Dile a tu chica que se calle, que al final le voy a contestar mal.
- Yo no le tengo que decir nada- dijo Rafa.
Así seguimos un rato hasta que Rafa aprovechó para meterse más. Rafa debe de ser un tio muy tranquilo, porque si hasta entonces la gente estaba incómoda pero quitándole importancia al asunto, se pusieron muy nerviosos al ver que Rafa estaba enfadado. Estaba hasta los cojones. Sara me pedía que me tranquilizase.
- ¡Estoy muuuy tranquilo!-dije como todos los que lo dicen cuando no lo están-. Mira como de tranquilo estoy.
Levanté el vaso de Ballantines con Coca-cola un palmo de la mesa.
- ¡Venga ya!-dijo Marta. Si estoy viendo desde aquí que estás temblando.
Casi me parto el ojete al oir eso, pero aguanté.
Rafa y yo nos cruzamos un par de frases retándonos y mirándonos a los ojos. Yo tenía que dejar de mirarle a veces por ser creíble. Teníamos que aguantar la tensión, la farsa, la broma, las pulsaciones de los otros comensales.
- Bueno Rafa, déjale-le dijo su novia, y Rafa tiró una pipa con mala hostia a la mesa y se levantó.
- Que no coño. Que me tiene ya hasta la polla este.
Yo sin levantarme le toqué ligeramente el brazo para decirle lo siguiente, y el cabronazo lo hizo realmente bien. Me quitó la mano con un golpe desganado de brazo y me miró con asco.
- “Éste” tiene un nombre. Eduardo.
Me miró fijamente a los ojos, de pie, ya para enfrentarnos, y soltó lo siguiente con cara de duelo del oeste.
- ¿Eduardo? El que me comió el nardo.
Encima el cabronazo hizo un gesto alegórico de un pene usando su puño. Yo, oh ilustrados amigos, me descojoné vivo. Hasta lloré de la risa. Él tampoco pudo aguantar y se descojonó, para sorpresa de los presentes (bueno, no la sorpresa de Sara, que ya sabía perfectamente que estábamos compinchados, porque es muy lista). Nos dimos un abrazo por la ocurrencia.
- Cuéntaselo -le dije a Sara intentando dejar de reir.
Sara descubrió la broma y ellos, aliviados, también se descojonaron. Yo me pasé diez minutos disculpándome por decir cosas tan feas; casi tenía ganas de llamar a cualquier amigo para demostrarles que no era un capullo. Les agradecí también la paciencia: tenían que querer mucho a Sara para aguantar a un gandúl de ese tamaño en una comida de amigos. Por supuesto, el aliciente principal no había sido saber que en el mundo había un gilipollas más: lo sorprendente para ellos había sido enterarse de que su amiga Sara se había convertido en otra gilipollas.
Hasta pude hablar con Fernando por teléfono. “Estaba claro que era una broma o eras gilipollas. Yo me inclinaba por lo segundo” dijo. Yo tenía un cierto miedo a que eso condicionase cómo me viesen luego, pero Fernando estuvo encantador conmigo, y quedamos para tomarnos unas cervezas con nuestros “yo” verdaderos. Poco después de colgarle aliviado, cuando alguien bromeó sobre alegrarse de que yo no fuese gilipollas, Marta dijo “Bueno, hasta ahora sabemos que el que fueras un capullo era una broma, pero tampoco sabemos si lo eres de verdad”. Vosotros, oh lectores de huella acrisolada, no le déis la satisfacción de saber cuánta razón tiene.
Poco después y finalizando la velada, fuimos a un restaurante a cenar. No sé si fue el alivio, las copas, las risas, el ambiente, que todos ellos eran encantadores, que la comida estaba buenísima (y por fin podía comer) o que estaban sonando canciones de Julio Iglesias, pero durante un rato sentía que todo estaba perfecto. Estaba feliz, descansado, divertido, y todo era perfecto. Cuando me trajeron la hamburguesa pensé “bueno, la hamburguesa será la que lo estropée”. Resultó que la hamburguesa estaba deliciosa, y mientras sonreía por enterarme, empezó a sonar “Gavilán o Paloma”. La vida es maravillosa.
Me alegro muchísimo de haber pasado ese mal rato, de haberme divertido tantísimo gracias a Sara, y de haber conocido a sus amigos, a los que cuento con ver todas las veces que les apetezca a ellos: son geniales.
Ellos sí que lo hicieron bien, especialmente Sara y Rafa, que me sorprendieron para muy bien. Y lo hicieron genial las víctimas de la broma también; es dificil encontrar a un grupo de gente encantadora con la que sentirse agusto y en casa tan pronto. Yo sólo les ayudé modestísimamente a pasárselo bien.
Pero si en esa mínima aportación mía hice algo medio bien, si tuve un comentario un poco inspirado, dejadme como premio quitarme la careta, resoplar de alivio, haceros una revernecia y reconocérselo al maestro:
¡Va por ti, Andy!
Sara me ha mandado hoy día 5 las siguientes correcciones / añadidos. Por si hay algo que choque con mi versión, os recuerdo que Sara es una persona carente de toda credibilidad (ver este mismo post) y que yo soy vuestro vidente preferido (ver futuro):
Básicamente quería recordarte cosas que ocurrieron en el desenlace de la broma y de las que yo me acuerdo.
Es normal que te las hayas dejado. Yo no hubiera podido recordar ni la mitad de detalles que has recordado tú. Por eso creo que estaría bien intentar complementar tu viviencia con la mía ¿okis? Weno, pues allá voy:
Edu: ¿Cuántos años tiene ese Carlos, eh? ¿Cuántos?
Sara: Creo que 29.
Edu: ¿¿Ves??
Laura pensaba: “¿Ves qué?, este tío es tonto’l culo. ¿Qué pasa, que tener 29 años es prueba de algo?”
(es que me parece graciosísimo)
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Como yo sospechaba que estabais confabulados pasé de pedirte que te tranquilizaras a exigirle a Rafa que no se metiera con mi chico. Además le remarqué que mi osito me trataba como le daba la gana – Laura pensaba “¡y encima le defiende! ¡a esta tía se le ha ido la olla!” De hecho, el final yo lo recuerdo así (contrastado con testigos ¿eh?):
Rafa: Que no coño. Que me tiene ya hasta la polla éste (esta frase la recordamos así tanto tú como yo).
Sara: “Éste” tiene un nombre ¿sabes?
Eduardo: Eduardo, me llamo E-duar-do.
Rafa: ¿Eduardo? ¿Eduardo? El que me comió el nardo.
Jajaja me releo y me parto.
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También me gustaría destacar el triple abrazo del final. Aún no me habíais confirmado que lo teníais todo montado (cabrones) pero nos abrazamos los 3. Y fue muy chulo.
Yatáaaa
Hoy me ha tocado ser secretario en una mesa electoral por las elecciones sindicales de mi empresa. Al final todo a ido bien, he tenido mucha suerte con la gente que me ha tocado en la mesa y todo ha transcurrido sin problemas. Aún así, tengo la cabeza como una puta calabaza (democrática y doliente, pero calabaza).
Iba a aprovecharme de vuestra comprensión casi maternal, oh lectores arrullantes y regazoparlantes, y cuando me he pasado para ver las estadísticas del blog he podido leer una frase que me niego a no compartir con vosotros en este mismo momento.
Como muchos sabréis, a los todopoderosos blogueadores nos aparecen en un apartado las frases por las que la gente nos ha encontrado en el google. Por ejemplo, todos los días una o dos personas tienen la fortuna de encontrar este blog buscando “chistes gráficos quino” o cosas así. A veces se encuentran verdaderas joyas.Para muestra de joya, el siguiente botón.
Un tipo ha encontrado hoy mi blog buscando en el google la frase :”el ojete de lulu conquistar mujer“. Evito la tentación de poner esa frase como título del blog. Ya os pondré otras que no tienen tampoco desperdicio.
Mientras lo hago, os pregunto: ¿cómo puede alguien acabar buscando eso en ningún sitio?¿Qué lleva a un ser humano a escribir eso?
Espero vuestras teorías. Si no escribís comentarios, quedaréis malditos para siempre por el ojete de lulú. Eso es así.
Como muchos sabéis, mis padres hasta hace relativamente poco vendían coches. Durante muchos años viví en ese mundo, y ahí mismo aprendí grandes lecciones sobre la vida y el dinero. He de aclarar por si alguien lo duda que mis padres eran muy honrados. Terriblemente honrados. Eso no quería decir que desconociesen métodos como el que hoy comparto con vosotros: se llama hacer la muerta.
Casi todos los compraventas de coches compran en concesionarios, y los coches que compran son los que el concesionario ha conseguido al venderle al dueño un coche nuevo. Después con más o menos tino, alguien decide cuánto se puede sacar por ese coche vendiéndolo a un profesional (y ahí es donde estaban mis padres).
Hacer la muerta consistía en acordar un objetivo entre tres o más compradores e intentar rebajar el precio a base de ofrecer mucho menos dinero. Digamos que un concesionario tenía un coche con el que se podía hacer negocio, y quería venderlo por 200.000 pesetas. Digamos también para el ejemplo, que ese precio era bajo porque el coche podía valer fácilmente 300.000. Lo que se hacía era ir primero uno de los amigos del que quería ese coche (compraventa también, claro) y después de despreciar el coche, ofrecer 70.000. Por supuesto el vendedor del concesionario le mandaba a la mierda. “¡Estás loco! Por 200.000 lo estoy regalando”. El segundo iba y más o menos con la misma cantinela y a pesar de las buenas argumentaciones del honrado vendedor, sacaba defectos al coche y ofrecía 50.000 como mucho. El vendedor se tiraba de los pelos y le mandaba a paseo, pero tarde o temprano dudaba. Quizá no había tasado bien el coche, y al fin y al cabo dos personas distintas le habían ofrecido muy poco dinero. El tercero, el que sí quería el coche de verdad, escuchaba la argumentación y despreciaba el coche. Después ofrecía 120.000. Después de desconfiar sobre las posibilidades del coche (le habían hecho dudar los cómplices), 120.000 no parecía mala cifra. Quizá regateasen un poco, pero muchas veces el vendedor por miedo a comerse el coche con patatas después del desprecio de los dos posibles compradores anteriores, accedía a ese ofrecimiento. Se daban la mano, y el vendedor se quedaba contento (“por lo menos, algo hemos sacado”) y el comprador se llevaba un coche de 300.000 por menos de la mitad con sólo usar 15 minutos de tiempo de dos amigos (a los que luego devolvería el favor ayudándoles a hacer la muerta con otro coche).
Así se hace la muerta. Ahora no seáis tan cabrones de usar este conocimiento para que vuestro amigo sosainas ligue con la amiga fea. Ah, y guardad el secreto, claro.
Ojo lechones: actualizado el 5 / 5 / 08 con las aportaciones de Sara, al final del post.
Os tengo que contar hoy un día que no voy a olvidar nunca: fue el uno de mayo, y me pasé el día intentando caerle mal a la gente.
La historia empezó la semana pasada. Estaba en el puesto de una compañera instalando un escaner. Mientras lo hacía, Sara, que es encantadora y se sienta al lado comentó en voz alta con los presentes:
- Qué putada. Mis amigas van a organizar una comida, y todas se van a llevar a sus novios. Yo soy la única que voy sola.
Mientras me hacía el distraído y por lo que hablaban, deduje que le había propuesto a un compañero ir con ella, pero no podía. Como me llevo muy bien con ella no me costó nada proponerle :”Yo te puedo acompañar, pero tenemos que montar una farsa”. Le encantó la idea.
La semana pasó preparando perfiles posibles para mi personaje de novio: pasamos por el abusador machista y repulsivo, por el interesado en su dinero, por el pirómano… Ella se partía con todos los personajes, y el resto de la gente de la Confederación que sabía el plan, aportó buenas ideas. El objetivo principal era una pequeña venganza: hacer que sus amigas lo flipasen, hacerlas sentir incómodas y ver cómo se comportaban. Era un juego, y sonaba muy divertido. No éramos libres para elegir el personaje: no podíamos ofender o faltar al respeto de los presentes, y yo tenía que salir de ahí a ser posible sin que me partiesen la cara.
Yo pensé otra vez en el señor Andy Kaufman (en quien se basa la peli de Jim Carrey “Man on the moon” y un personaje que os recomiendo encarecidamente conocer. Hasta que pueda escribir sobre él, y para los que hablen inglés, aquí tenéis muchos videos). Me relamía pensando en lo divertido que sería hacer un personaje odioso, ser la persona por la que se reparten codazos cómplices en la mesa, ser el tipo de quien uno piensa “¿Cómo no se da cuenta de que todos sabemos que es gilipollas?”. Pero sabiéndolo, claro. Y exagerándolo más. Tensando la cuerda como Andy. Llevar a la gente marcándole el camino con una mirada de capote, provocando un odio sutil y antiguo, premiarme con las risas cómplices de los demás, ser la persona a la que quieres abofetear; al menos por un día. La cosa como luego veréis, resultó mucho más dificil de lo que yo creía.
El día anterior cogí el teléfono de Sara para darle cierta credibilidad al asunto; era Marta, la dueña de la casa en la que comeríamos el jueves, que se sorprendió al oirme. Yo no dije mucho, pero sí me molesté cuando me dijo “¡Anda! Tú eres el chico que me cogió el teléfono el otro día… ¿a que sí?”. Aproveché para hacerme el ofendido. Esto luego me vendría bien.
Sara vino a recogerme a casa. Yo no había dormido bien, pero de momento estaba tranquilo. La tranquilidad me duró hasta que llegamos ahí y pude ver a Rafa, el dueño de la casa. Supongo que suena estúpido, pero lo que pensé fue “Qué tio más majo”. No hablamos al principio nada, pero me cayó muy bien a primera vista, y eso me puso nervioso. En mis planes maquiavélicos, ellos eran gente sin cara que participaban en la fantasía sólo para la provocación que se me había ocurrido, y después desaparecían. Pero por alguna razón, aquél chico me cayó bien y me di cuenta de lo jodido que iba a ser. Me quedé corto.
En cuanto llegamos a la casa empezó la función como tal. Yo todavía estaba nervioso cuando nos abrió la puerta Marta, la chica del teléfono del día anterior, que me recordó mucho a Eva, una compañera del trabajo anterior. Me sonrió y fue muy amable. No me ayudó nada con eso, que para entonces no podía parar de pensar “pero qué cabrón soy”. Ella nos enseñó la casa mientras Sara empezaba con la artillería pesada: mientras nos enseñaba el servicio, por ejemplo, Sara en lugar de contestarle a ella, me miró a mí y señalando la pila dijo “Cari, ¿tú crées que aquí podríamos…?”. Yo después de evitar morirme de vergüenza dije algo como “se puede intentar”. Marta siguió a la habitación. Mientras nos la enseñaba, yo probé con la mano la dureza del colchón. “¿Joder cómo venís, no?” dijo Marta. Sara preguntó que si estaba bien, y yo le dije que sí. Volvimos donde estaban todos, y según pude saber, Marta ya tuvo motivo con esos comentarios para advertir a otra de las chicas sobre mí.
Éramos cuatro parejas (tres de ellas, de veras) sentadas a la mesa. A mi derecha estaba Fernando, y a mi izquierda Sara. Yo quería ir más despacio, pero he de reconocer que no porque pensase que era la mejor estrategia: básicamente no me atrevía a decir casi nada. “¿Sois compañeros de gimnasio o algo así?” preguntó Marta. “Bueno, más bien de otros deportes, ¿verdad cariño?” me preguntaba Sara. Después de comentarios como esos, el choteo ya era general. La gente era muy educada. Yo casi ni comí. “El perro de este amigo-contaba Rafa- es muy avispado. Siempre está con el rabo para arriba”. “A mí no me dicen que sea inteligente y yo también estoy así todo el día-dije sonriendo a Sara”. “Ya-dijo Rafa- pero es que tú no has demostrado que seas avispado. Lo mismo si aprendes algún truco…”.
La cosa fue desmadrándose. Si alguien decía que no le gustaban las cosas duras, Sara soltaba “Eso es porque no conoces a mi Edu” mientras me pasaba la mano por el lomo como a un perro de concurso. Si alguien contaba que había leído que para evitar llorar pelando cebollas podían usarse gafas de buceo, nosotros hablábamos sobre que a veces en la cama también vienen bien, y que yo siempre apunto para abajo. No os puedo decir lo mal que se siente uno diciendo esta ordinariez a un grupo de gente majísima, pero os puedo asegurar que no es fácil. Ellos ya como se reían abiertamente de nosotros (no abiertamente pero sí estaba claro que habían perdido el miedo a hacerme sentir mal, porque si lo hiciesen me lo merecía) contribuían con sus aportaciones, o nos pinchaban.
“Vámonos para que puedan hablar” dijo Sara. Me llamó “osito” mientras yo intentaba no descojonarme mirando las caras de asco y/o choteo y bajamos a la calle a sentarnos en un portal. Fernando, el chico que se sentaba a mi derecha, estaba visiblemente hasta los cojones. Se levantaba para ponerse junto a su chica, supongo que porque es demasiado educado para mandarme a la mierda, que es lo que le hubiese apetecido a cualquiera. Nos dijo que se tenía que ir, y me asustaba pensar que se iba a ir con esa imagen de mí. Por eso en el portal intenté convencer a Sara.
- Sara, vámos a decírselo ya-decía yo completamente acojonao.
- ¿Por qué? Tenemos que hacer algo fuerte. Vamos a discutir por lo de Carlos por ejemplo.
- Pero se va a ir pensando que soy gilipollas-dije mientras desde la calle se oía como se estaban descojonando de nosotros.
Al final ella me convenció para estirarlo. Si hubiese sido por mí, al subir hubiéramos descubierto todo. Me alegro muchísimo de haberle hecho caso a Sara.
Tal como me enteré después, en nuestra ausencia habían estado hablando de lo gilipollas que era yo, y lo sorprendidos que estaban de ver a Sara comportándose como una gilipollas de igual o mayor valor que el primero. También me enteré de una frase que me dió muchísima ternura (aunque ya sé lo que pensará El Persianista de ello): una de las chicas, como para disculparnos, dijo más o menos “Pues el amor a veces llega así, y si a Sara le ha llegao…”. No me contaron que se encogiese de hombros, pero me la imagino haciéndolo mientras decía esas palabras.
Por dar que hablar, subimos yo con la bragueta bajada y ella sin un pendiente. En el telefonillo se oía como se partían el ojete de una broma que no habíamos oído, y que sin duda alguna tenía que ver con nosotros. Ya habíamos empezado con las copas.
Poco después Sara tuvo que ir al baño, y yo planeé mi venganza por estirar la broma: quería aliarme con Rafa para que la broma se la gastásemos a Sara. Por eso cuando no estaba Sara, llamé a Rafa. “¿Te puedo contar una cosa en privado?” dije señalando la cocina. “Sí sí” dijo Rafa. Entonces Sara volvía del baño. Yo intenté echarme atrás: “Nah, déjalo, luego te lo cuento”. Rafa no me dejó envainarla: “Nononono. Ahora vienes y me lo cuentas” dijo, y se metió en la cocina. Yo después que él.
Le conté en bajito que era una broma, quién era yo y cuál era el plan. Me alivió muchísimo saber que le parecía divertido. Hasta entonces tenía el miedo secreto de sospechar que al descubrir la farsa nos tirasen por la ventana.
- Sara y yo hemos acordado discutir por celos. Cuando lo haga, ponme en mi sitio. Yo seguiré en el personaje, pero tú puedes hacer lo que quieras-él se reía-. La idea es acojonar a Sara, así que aunque ella te diga que es una broma para evitar una pelea, tú pasa del tema. Como si te hubiese tocado los cojones ya demiasiado. Y oye, si me tienes que amenazar con darme una hostia, no te cortes. No me voy a ofender por nada de lo que me digas.
- No soy muy buen actor-dijo Rafa-, pero vamos a ver cómo sale.
Salimos disimulando de la cocina, hablando de mi amigo H con el que supuestamente quería juntarle para hacer música juntos.
Fernando se despidió muy educadamente de mí para ir a cumplir con sus obligaciones. El hecho de que Rafa supiese que era una broma, hacía que yo pudiese estar mucho más tranquilo. Yo me tomé una copita y la cosa siguió más o menos igual que antes.
Luego acordamos jugar al chinchón, y había que bajar a por una baraja (casi vale la redundancia). Bajamos Sara y yo, por supuesto. A Sara como es muy maja, el señor del bar le regaló la Baraja de Cafés La Estrella. Tal como nos dijo luego Rafa “¡Qué mal lo he pasado! Estaban poniéndoos verdes y yo como ya sabía la historia, estaba a mi bola cantando el chiki-chiki. Me decían ‘joder Rafa, estás a tu bola’ “.
Yo intenté ser majo; salí un poco de mi papel para ser más como es el Eduardín a quien conocéis y amáis. A esas alturas sin embargo, no había mucho que hacer: después me enteré de que comentaron “A que al final gana el payaso este” e incluso hay quien asegura que hicieron fuerza apretando el culo para enviarme energía negativa. Juro que esto último no me lo he inventado yo.
Pues sí amigos: jugábamos unos euros y gané la partida. Todos me pagaron religiosamente. Al final la verdad es que era una pasta. Rafa se puso a comer pipas a mi izquierda, y Sara estaba a mi derecha. Cuando el ambiente estaba más festivo y me seguían las bromas, miré a la calle. Ya era de noche. Tenía que empezar el final. Todo dependía de lo bien que lo hiciese Rafa; lo hizo genial.
- Ahora que estamos más relajados, Marta, ¿quién era el chico que te cogió el otro día?
Conozco a ese chico:trabaja en la Confederación y es un tipo majísimo (que además nos dió buenas ideas para el papel).
Sara le quitaba importancia al asunto en su papel. Qué bien lo hacía la cabrona. Hasta metió ahí algunas frases como “joder Edu, no puedes beber. Siempre te pasa lo mismo” que me ayudaron mucho. Yo intenté hacerlo lo más creíble posible, sabiendo que esa escena era la clave. Me giraba hacia Sara.
- Sara. Que me digas quién coño es Carlos.
- Bueno tio, déjala en paz ya, que no pasa nada-dijo Rafa mientras comía pipas.
- No estoy hablando contigo-dije, y me giré de nuevo a Sara-. ¿Quién coño es Carlos?
- Joder Edu, que no es nadie-decía Sara-. Es que verás, ese día nos perdimos y…
- Es que nos perdimos-continuó Marta (la dueña del piso y novia del cómplice)-, y no sabíamos llegar a un sitio y claro…
Yo odiándome a mí mismo miré a Rafa.
- Dile a tu chica que se calle, que al final le voy a contestar mal.
- Yo no le tengo que decir nada- dijo Rafa.
Así seguimos un rato hasta que Rafa aprovechó para meterse más. Rafa debe de ser un tio muy tranquilo, porque si hasta entonces la gente estaba incómoda pero quitándole importancia al asunto, se pusieron muy nerviosos al ver que Rafa estaba enfadado. Estaba hasta los cojones. Sara me pedía que me tranquilizase.
- ¡Estoy muuuy tranquilo!-dije como todos los que lo dicen cuando no lo están-. Mira como de tranquilo estoy.
Levanté el vaso de Ballantines con Coca-cola un palmo de la mesa.
- ¡Venga ya!-dijo Marta. Si estoy viendo desde aquí que estás temblando.
Casi me parto el ojete al oir eso, pero aguanté.
Rafa y yo nos cruzamos un par de frases retándonos y mirándonos a los ojos. Yo tenía que dejar de mirarle a veces por ser creíble. Teníamos que aguantar la tensión, la farsa, la broma, las pulsaciones de los otros comensales.
- Bueno Rafa, déjale-le dijo su novia, y Rafa tiró una pipa con mala hostia a la mesa y se levantó.
- Que no coño. Que me tiene ya hasta la polla este.
Yo sin levantarme le toqué ligeramente el brazo para decirle lo siguiente, y el cabronazo lo hizo realmente bien. Me quitó la mano con un golpe desganado de brazo y me miró con asco.
- “Éste” tiene un nombre. Eduardo.
Me miró fijamente a los ojos, de pie, ya para enfrentarnos, y soltó lo siguiente con cara de duelo del oeste.
- ¿Eduardo? El que me comió el nardo.
Encima el cabronazo hizo un gesto alegórico de un pene usando su puño. Yo, oh ilustrados amigos, me descojoné vivo. Hasta lloré de la risa. Él tampoco pudo aguantar y se descojonó, para sorpresa de los presentes (bueno, no la sorpresa de Sara, que ya sabía perfectamente que estábamos compinchados, porque es muy lista). Nos dimos un abrazo por la ocurrencia.
- Cuéntaselo -le dije a Sara intentando dejar de reir.
Sara descubrió la broma y ellos, aliviados, también se descojonaron. Yo me pasé diez minutos disculpándome por decir cosas tan feas; casi tenía ganas de llamar a cualquier amigo para demostrarles que no era un capullo. Les agradecí también la paciencia: tenían que querer mucho a Sara para aguantar a un gandúl de ese tamaño en una comida de amigos. Por supuesto, el aliciente principal no había sido saber que en el mundo había un gilipollas más: lo sorprendente para ellos había sido enterarse de que su amiga Sara se había convertido en otra gilipollas.
Hasta pude hablar con Fernando por teléfono. “Estaba claro que era una broma o eras gilipollas. Yo me inclinaba por lo segundo” dijo. Yo tenía un cierto miedo a que eso condicionase cómo me viesen luego, pero Fernando estuvo encantador conmigo, y quedamos para tomarnos unas cervezas con nuestros “yo” verdaderos. Poco después de colgarle aliviado, cuando alguien bromeó sobre alegrarse de que yo no fuese gilipollas, Marta dijo “Bueno, hasta ahora sabemos que el que fueras un capullo era una broma, pero tampoco sabemos si lo eres de verdad”. Vosotros, oh lectores de huella acrisolada, no le déis la satisfacción de saber cuánta razón tiene.
Poco después y finalizando la velada, fuimos a un restaurante a cenar. No sé si fue el alivio, las copas, las risas, el ambiente, que todos ellos eran encantadores, que la comida estaba buenísima (y por fin podía comer) o que estaban sonando canciones de Julio Iglesias, pero durante un rato sentía que todo estaba perfecto. Estaba feliz, descansado, divertido, y todo era perfecto. Cuando me trajeron la hamburguesa pensé “bueno, la hamburguesa será la que lo estropée”. Resultó que la hamburguesa estaba deliciosa, y mientras sonreía por enterarme, empezó a sonar “Gavilán o Paloma”. La vida es maravillosa.
Me alegro muchísimo de haber pasado ese mal rato, de haberme divertido tantísimo gracias a Sara, y de haber conocido a sus amigos, a los que cuento con ver todas las veces que les apetezca a ellos: son geniales.
Ellos sí que lo hicieron bien, especialmente Sara y Rafa, que me sorprendieron para muy bien. Y lo hicieron genial las víctimas de la broma también; es dificil encontrar a un grupo de gente encantadora con la que sentirse agusto y en casa tan pronto. Yo sólo les ayudé modestísimamente a pasárselo bien.
Pero si en esa mínima aportación mía hice algo medio bien, si tuve un comentario un poco inspirado, dejadme como premio quitarme la careta, resoplar de alivio, haceros una revernecia y reconocérselo al maestro:
¡Va por ti, Andy!
Sara me ha mandado hoy día 5 las siguientes correcciones / añadidos. Por si hay algo que choque con mi versión, os recuerdo que Sara es una persona carente de toda credibilidad (ver este mismo post) y que yo soy vuestro vidente preferido (ver futuro):
Básicamente quería recordarte cosas que ocurrieron en el desenlace de la broma y de las que yo me acuerdo.
Es normal que te las hayas dejado. Yo no hubiera podido recordar ni la mitad de detalles que has recordado tú. Por eso creo que estaría bien intentar complementar tu viviencia con la mía ¿okis? Weno, pues allá voy:
Edu: ¿Cuántos años tiene ese Carlos, eh? ¿Cuántos?
Sara: Creo que 29.
Edu: ¿¿Ves??
Laura pensaba: “¿Ves qué?, este tío es tonto’l culo. ¿Qué pasa, que tener 29 años es prueba de algo?”
(es que me parece graciosísimo)
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Como yo sospechaba que estabais confabulados pasé de pedirte que te tranquilizaras a exigirle a Rafa que no se metiera con mi chico. Además le remarqué que mi osito me trataba como le daba la gana – Laura pensaba “¡y encima le defiende! ¡a esta tía se le ha ido la olla!” De hecho, el final yo lo recuerdo así (contrastado con testigos ¿eh?):
Rafa: Que no coño. Que me tiene ya hasta la polla éste (esta frase la recordamos así tanto tú como yo).
Sara: “Éste” tiene un nombre ¿sabes?
Eduardo: Eduardo, me llamo E-duar-do.
Rafa: ¿Eduardo? ¿Eduardo? El que me comió el nardo.
Jajaja me releo y me parto.
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También me gustaría destacar el triple abrazo del final. Aún no me habíais confirmado que lo teníais todo montado (cabrones) pero nos abrazamos los 3. Y fue muy chulo.
Yatáaaa

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