Te quiero.

He pensando en cómo empezar a decirte esto, pero me veía dando pasos cortos, frases manidas, como esquivando los charcos, aburriéndote desde el principio con el secreto a voces de que me encaminaba a la frase con la que muchos acaban sus cartas y yo empiezo esta para ti.

Hoy te he vuelto a encontrar, y en cuanto te he tenido en mis manos he estado deseando llegar aquí para decirles a todos lo maravilloso que fue que entrases en mi vida. Y es que la has cambiado como cambiaría la de un náufrago que encontrase una enorme y preciosa plancha de uralita. Es tormentosa esta isla, ya lo sabes, pero ahora sé que cuando flaqueo puedo confiar en ti.

A veces por la noche me despierta ese dolor punzante que me hace abrir los ojos antes de darme cuenta de que los he manchado de lágrimas secas entre pesadillas; entonces te veo, te sonrío (te des cuenta o no) y todo empieza a calmarse. Embravecido el mar ácido de mi garganta, se rebela con la última punzada para despedirse en la caricia serena del dolor que se duerme.

Cuando te conocí, no me gustaste. ¿Te acuerdas? Hasta le decía a la gente que en cuanto pudiese te daría de lado. Mírame ahora. Vuelvo a ti de nuevo humilde, agradecido, sonriendo resignado. Llevo todo el día pensando en ti, y por fin te noto derritiéndote sin sabor entre la bandada de cuervos de mi tripa (que no mariposas). Otra vez el mejor momento del día es acariciar tus curvas antes de tomarte.

Por eso, olvidemos el titubeo inicial. Me rindo yo y todos mis barcos. Rescátame otra vez. Yo a cambio sólo te puedo decir lo que ya intuías con cada gruñido de satisfacción que emito cuando nos encontramos; lo mismo que ya te he asegurado desde el principio de esta carta que no querría acabar nunca:

Te quiero, Omeprazol.