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Seguro que no quedaba mucho de la calavera de Tycho Brahe cuando la abrieron; habían pasado cuatrocientos años desde su muerte, y muchos cuerpos se deshacían en mucho menos tiempo. Pero en la tumba todavía había pelo del genio danés y una mancha en su nariz. Las dos cosas nos ayudaron a resolver un par de dudas que llevaban trescientos años ocultas.

Tycho Brahe
Tycho Brahe había quedado fascinado por la astronomía cuando tenía catorce años y pudo contemplar un eclipse de sol. Años más tarde, antes de la invención del telescopio, Tycho creó un catálogo de más de mil estrellas (luego hemos sabido que la mayoría, con gran precisión), y formuló la teoría de que los cometas eran (como luego hemos sabido) objetos que provenían de fuera de nuestro planeta. Fue el primero también en darse cuenta de los errores de cálculo que podían provenir de la refracción de la luz, y en corregirlo en sus estudios. Fue un científico enamorado de su trabajo, al que dedicó su vida y su genio, y al que debemos gran parte del conocimiento que hoy en día tenemos sobre las trayectorias de los cuerpos celestes.
Siendo jóven, discutió con otro estudiante sobre sus respectivas capacidades en cálculos matemáticos; eso derivó en una pelea en la que su contrario le rebanó la nariz con la espada. Toda su vida llevó una nariz de oro y plata que buscaba imitar el color de la piel, y que fijaba con pegamento al resto de nariz que tenía. Pero la tumba decía otra cosa.
La mancha de la nariz, al analizarse, dió como resultado que eran restos de cobre. Quizá la nariz no era en realidad de plata y oro como se había creído siempre, sino de cobre, o quizá tenía una de este metal que llevaba de vez en cuando. Pero eso no pasa de la anécdota. Lo que nos desvela el misterio sobre su muerte, es el pelo.
Tycho tenía como muchos genios un caracter dificil. Lo sufrían todos cuantos estaban junto a él, pero seguro que su alumno preferido lo sufría mucho más. A pesar de ser un alumno al que apreciaba y al que se empeñaba en instruir, le prohibía leer sus anotaciones privadas, los datos que había recopilado en su vida y las teorías que aún no había formulado. Su alumno tenía al mejor maestro posible, pero un maestro que guardaba bien sus secretos y fórmulas.
Años después de una vida dedicada a la ciencia, según parecía Tycho había muerto por protocolo: al no atreverse a ausentarse de una cena para ir a orinar, se había causado una infección que acabó después con su vida. Su alumno contó como el maestro, en su lecho de muerte, le pidió: “No hagas que haya vivido en vano”.
A pesar de que toda la vida el maestro había apartado al alumno de sus escritos y teorías, la familia no concedió la menor importancia a los papelajos indescifrables que había dejado el difunto, y se los cedió al alumno. El alumno años después usó esos datos para formular una teoría que cambió el rumbo de la astronomía.
La historia aparecía así en los libros. El buen alumno superó al maestro. Nadie recuerda el nombre ya del maestro. Y todo por la muerte temprana de Tycho, quien quizá hubiera llegado a esa misma conclusión de no haber acabado su vida por un accidente tan absurdo. Pero ese es el segundo secreto que guardaba el cadaver. Concretamente su pelo. El pelo que descifró la causa de su muerte casi cuatrocientos años más tarde.
En las muestras del pelo de Tycho Brahe se encontró una cantidad de mercurio que había sido sin duda la causa de su muerte. El interés de Tycho por la alquimia hizo que muchos pensaran que sin duda, intentando curarse de su infección, probase creando fármacos que contenían por ejemplo este elemento. Esto sería factible si asumimos que Tycho tenía nociones básicas de alquimia, pero ese no era el caso. Es por lo visto, dificil, que alguien con un conocimiento de la química tan elevado cometiese un error tan simple como autoenvenenarse con mercurio. Hay otra teoría.
La teoría es que el alumno, después de tantos años maltratado por su maestro, de tantos años quedándose a la puerta de las notas personales y los datos recogidos por unas de las mentes más brillantes de su tiempo, le envenenase. Era quien más tiempo pasaba con él y el único que se beneficiaba directamente de su muerte. Tenía además también avanzados conocimientos en química. Una vez muerto el maestro, sabiendo perfectamente que las teorías que guardaba eran desconocidas para todos, las estudió y las presentó como propias, haciéndose así meritorio de el prestigio y respeto que merecía el muerto.
Quizá cuatrocientos años después de la muerte de Tycho, hayamos descifrado el misterio y descubierto que el asesino que le envenenó fue su alumno.
El nombre del alumno lo habéis estudiado en el colegio: Johannes Kepler.
Aquí un resumen de la biografía de Tycho Brahe.

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