Como muchos sabréis, yo tengo una gata preciosa. La mimo y la cuido con cariño. En esta foto, por ejemplo, estoy intentando acariciarla justo antes de recibir por ello un arañazo sanguinario. Obsérvese mi acojone:

Después de todas las putadas que me hace, ¿por qué la sigo intentando acariciar a pesar de su mirada asesina? Porque cuando está mismosa es adorable:

De vez en cuando me hago la ilusión de que la tengo controlada, pero no dura mucho. He aceptado que aunque de vez en cuando quiera mimos y me ponga cara de penita para hacerse perdonar, en realidad es un ser que se ha perfeccionado durante generaciones en el arte de hacernos la vida imposible a los humanos.

Os cuento todo esto para que entendáis por qué, después de aguantarle miles putadas, me da tanta satisfacción ver imágenes como esta (tarda un poquillo en cargar. Sed pacientes).

Para los que no lo sepan, diré que mi gata se llamaba antes de otra manera. Le pusimos un nombre precioso, pero mi padre, que es su dueño legítimo, pasaba completamente del nombre y empezó a llamarla “Gati”. No es de extrañar que a mí, con 28 añazos que tengo ya, me siga llamando “nene”.

Con Gati se quedó, pero no tenía apellidos ni los quería. Una vez hablando con Pilar, mencionó a una cantante que se llama Tina Arena (pronunciado como “Tina Arina”) y yo, por uno de esos latigazos neuronales que me dan, miré a mi gata y la grité “Gati Patati”.

Ahora cuando la veo y me apetece tocarle los cojones, le digo “Gati Patati” pero usando la melodía pegadiza de los anuncios de “Giochi preziosi“. Pasa de mi igual, pero no me atrevo a molestarla más que eso. Vosotros tampoco lo haríais si viéseis con qué cara maligna hace sus cosas en la arena.

No soy tan valiente como Obama:

[Actualización]: