Me encanta David Bowie. No siempre ha sido así.

Hace unos años sabía de David Bowie lo mismo que de Mari Trini (que en paz descanse). Que se dedicaba a cantar y poco más.  Por aquél entonces conocí a Mandi, una chica que venía al ciber donde yo trabajaba.

Todos los días venía con una camiseta de David Bowie. Luego me confesó que tenía como treinta y cinco camisetas de la misma temática.

Ella era una judía neoyorkina con una de esas risas que hacen que se paren las conversaciones en los restaurantes. Era muy inteligente, excéntrica, y escuchaba música compulsivamente. Se ponía música de fondo hasta para escuchar músic, la tía. Pero hay que decir que tenía muy buen gusto.

Por razones que no vienen al caso, ella, antes de volver a su tierra, me invitó a ir a visitarla. Fue por ella que conocí Nueva York. Me enseñó un montón de cosas de la ciudad. Dicen que el entusiasmo es contagioso, y quizá fue por ella que me gustó tantísimo la ciudad. De Madrid al cielo, pero para perderse un ratito, como Nueva York, nada. Eso sí, volvería enseguida a mi Madrí.

Un día, mientras paseábamos por el centro para ir a Broadway, se paró de repente en una esquina. Me puso cara de traviesa.

- Hemos dado un rodeo. Hay algo que quería enseñarte.

Yo miré a mi alrededor. No había nada que pareciese especialmente llamativo.

- ¿No andábamos mal de tiempo?-dije yo. Ella asintió.

Me señaló una casa que tenía justo a mi espalda. Yo me giré y vi que era una casa muy bonita. El resto me lo imaginaba.

- Ahí vive David Bowie-me dijo.

Yo me reí.

- Has venido muchas veces a perseguirle, ¿verdad?

Ella asintió de nuevo con cara de traviesa, mordiéndose el dedo.

- Ni siquiera sé si me gusta David Bowie -dije yo.

Ella se quedó seria. Después de unos segundos en los que pasó de mirarme de un ojo a otro, miró al balcón más alto de la casa y gritó:

- I love you Daviiiiiiiiiiiiiiiiid.

Luego, como si el grito no hubiese existido, me volvió a mirar seria. Yo no dije nada. Ella tampoco.

Nos dimos la mano, y en silencio nos pusimos a desandar el camino que nos había traído hasta ahí. Era genial y estaba completamente loca.

El caso es que después de dejar de verla para siempre, me puse a escuchar al señor Bowie. He de decir que me encantó. Me sorprende que pase tan desapercibido alguien de su talla, la verdad. Cualquiera, le guste o no, conoce a Bruce Springsteen, pero si preguntáis por Bowie, veréis que muy poca gente conoce nada que haya compuesto él. Eso hay que cambiarlo.

El 29 de Julio de 2006 nació mi prima Patricia. Ahora se ha convertido en una niña preciosa, inteligente y adorable. Ella sabe que es todas estas cosas, y se aprovecha. A todos se nos cae la baba con ella, y si la viéseis no os extrañaría nada.

Cuando nació, mi madre y yo fuimos a verla al hospital. Ahí estaba la familia de mi tía Merche, mi abuela, la madre cansada y Chano, que es el padre. Todos hablaban bajo porque la niña dormía en una cunita cerca de la ventana (pero sin que le diese el sol, claro).

Mientras felicitábamos a los padres y hacíamos los comentarios que os podéis imaginar, yo miraba a la niña, que dormía como un garbancete. Me alejé de los adultos, y mientras me acercaba a ella me di cuenta de que estaba canturreando inconscientemente la canción que se me había pegado tanto. Ya sabéis que siempre estoy canturreando, y cuando me da por una canción, no puedo dejar de pensar en ella en los intermedios mentales. Os he traído al blog varias canciones obsesivas (y las que os quedan).

Entonces me callé para no despertarla. Me acerqué a verla con miedo de despertarla, en silencio. Cuando la vi sus manitas con manoplas y sus ojos hinchados y cerrados, me dio por pensar que ella todavía no había hecho nada. Todavía no sabía a qué sabe una naranja, ni quiénes eran los Beatles, ni qué se siente cuando uno se corta con papel…ni había escuchado nunca una canción.

Podría ser que alguien le hubiese cantado algo antes, pero me extrañaría mucho que hubiese dado tiempo a eso. Quizá es que me gusta pensar que fui el primero que le cantó una canción.

Miré a los adultos, que estaban a lo suyo. Cuando vi que nadie podría oirme, susurré la melodía de la canción que os traigo hoy. Ella no se despertó. Yo volví con los mayores, pensando que algún día, cuando elija la música que le guste, podré decirle que yo le canté la primera canción que escuchó en su vida. Si siente curiosidad por saber cuál fue, pienso hacerme el interesante antes de confesárselo. A vosotros os lo diré hoy.

Sus padres podrán disfrutar de enseñarle todas las cosas que le aguardan en el mundo, pero me gusta pensar que la primera canción, aunque fuese en sueños, la oyó de boca de su primo. Es la que os he venido a traer:

Damas y caballeros, “Starman”, de David Bowie.