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Hoy os traigo cuatro fotos sin ninguna relación más alla de ser molonas las cuatro:

Sombras:

Un disfraz de cómic (haced clic para ver más fotos del disfraz, furros):

Un niño gordo fotochopeao:

Un bichejo camuflado (haced clic otra vez para ver más fotos en las que se ve mejor al bichejo):

¿Dónde vais a encontrar fantasmas, niños gordos, lagartos y mujeres disfrazadas? Efectivamente, en la capilla del Zoo en la misa que hacen la noche de Halloween (y a la que los empleados pueden trar a sus familias), pero además de eso… ¿dónde? ¿DÓNDE? Pues claro, hijos. En el único blog en cuyas imágenes (robadas de otros sitios todas ellas, por supuesto)  la ñoñería se abraza con la insensatez haciéndole guiños a la esquizofrenia sexy, de tal manera que os deja con el culo torcido, sin un mal comentario que se os ocurra.

Como veo que entráis pero que os cuesta escribir, y como buen tipo que soy, decido directamente recurrir al chantaje: si nadie escribe ningún comentario en esta entrada, la siguiente foto revelará un secreto vergonzante que destrozará para siempre la imágen de alguien que conozco personalmente.

Avisados quedáis: el que no se ha escondío, tiempo ha tenío.

El otro fui a ver a Elena, que estaba malita. Como estaba de aquella manera, le propuse leerle un cuento. Ella aceptó encantada y se hizo un ovillo. Cinco minutos más tarde le vi la cara de circunstancias y le dije:

- ¿Quieres que siga?

- Bueno… ¿no falta mucho, no?

Pues sí amigos, yo como un gilipollas estaba declamando un precioso cuento, y la aburrí un montón. Cuando aburres a alguien con fiebre que lleva todo el día sin ver a nadie, es el momento de replantearte si eres un puto coñazo. En mi caso, la respuesta corta a esa pregunta es “sí”, y la respuesta larga, “sí, y deja de pedir respuestas largas”.

Para que no me vuelva a pasar, estoy recopilando cuentos cortos. Hoy, buscando en una página llena de cuentos clásicos hindúes, he encontrado éste:

El discípulo se reunió con su mentor espiritual para indagar algunos aspectos de la Liberación y de aquellos que la alcanzan. Departieron durante horas. Por último, el discípulo le preguntó al maestro:

–¿Cómo es posible que un ser humano liberado pueda permanecer tan sereno a pesar de las terribles tragedias que padece la humanidad?

El mentor tomó entre las suyas las manos del perplejo discípulo, y le explicó:

– Supón que tú estás durmiendo. Sueñas que vas en un barco con otros muchos pasajeros. De repente, el barco encalla y comienza a hundirse. Angustiado, te despiertas. Y la pregunta que yo te hago es: ¿Acaso te duermes rápidamente de nuevo para avisar a los personajes de tu sueño?

Perdonad que no haya escrito esta semana: Elena tiene un problemilla y estamos intentando ver cómo lo solucionamos juntos.

Hoy he encontrado esta foto de una despedida en una página rusa. Podéis hacer clic para agrandarla:

A partir de mañana se habrá solucionado el problema y podré venir con más movidas.

¡Da svidania!

Cuando era un niño mi padre me tenía prohibido acercarme a la colección de discos. Mi abuela le había estropeado unos cuantos, y siempre aprovechaba cuando estaba oyendo uno para hacer un listado de fastidios con sus discos.

Yo le tenía mucho miedo a mi padre de niño, así que solía respetar estos caprichos. Sin embargo no recuerdo cómo ni por qué, un día que estaba solo, decidí que si solo era un disco, nadie se enteraría. Intentando decidir qué disco iba a ser el que iba a coger, me latía rápido el corazón; tanto que casi no prestaba atención a las portadas. Había muchos discos ahí que había escuchado al ponerlos mi padre, pero una canción entre todas ellas resonaba en mi cabeza. Yo no podía decidir qué disco poner cuando mi padre pinchaba, claro, pero cuando le tocaba el turno al disco azul, sentía un hormigueo de promesas en la tripa. El disco era Breakfast in America de Supertramp, y la canción se llamaba igual.

Como si estuviese sujetando una hostia, cogí el disco como me enseñó mi tío, con todo el cuidado del mundo. Vi las marcas brillantes en el plástico negro: todo estaba en órden, y el órden era precioso. Lo puse en la pletina y le pasé un limpiador verde que tenía una esponjita de tela. Después de todo el ritual, puse la aguja con cuidado y me eché hacia atrás hasta quedar en medio del salón.

Las primeras notas de la canción me abrieron la cabeza; yo la había elegido, y yo la iba a bailar. Por lo visto “bailar” significaba para mí entonces imitar a los músicos que tocaban la canción. Sí, bailaba aún peor. Pero eso no importaba: estaba sonando un disco, lo había puesto yo, y lo había puesto para mí. El que se supusiese que yo no podía hacer eso sólo lo hacía más dulce. Durante el resto de mi infancia puse ese disco una y otra vez, y pasó a ser mi canción favorita durante toda mi infancia. Creo que eso la convierte en seria candidata a canción favorita de mi vida.

Siempre que me preguntaban cuál era mi canción favorita yo decía que era Breakfast in America, de Supertramp. Ningún niño la conocía, y por supuesto eso me gustaba aún más.

Nunca descubrieron el crimen, pero yo sigo recordando mi felicidad pequeña como yo de grande, y cómo me sentía tocando la trompeta (yo creía que era una trompeta la del solo, pero no me di cuenta de mi error hasta más tarde) bailando solo en mi casa, escuchando sin hartarme una canción cientos de veces, pensando en las chicas que me gustaban, y en cómo yo era un tipo maravilloso y lo que pasaría si yo les gustase también.

Me va a gustar volver a escuchar esta canción otra vez. Espero que a vosotros os apetezca también.

Damas y caballeros, directamente desde mi salón,  Supertramp:

Hubo un hombre que a los treinta y siete años recibió una llamada de un periodista. El periodista le advertía de que acababa de hacer un descubrimiento asombroso sobre él. La mujer que el hombre conocía como su hermana, era en realidad su madre, y la que conocía como madre, su abuela.

Al principio no dió crédito, pero después averiguó que el rumor era completamente cierto. En una entrevista más tarde dijo que se encontró en estado de shock.

Lo que había pasado era que su “hermana” June le había tenido con diecisiete años fuera del matrimonio. Acordaron entre las dos hacer una farsa para que la niña no tuviese problemas, y esa farsa era el cambio de papeles, que tanto la madre real como la abuela real mantuvieron hasta sus muertes.

Lo más curioso es que conocéis a este personaje perfectamente. Yo sé que os jode leeros el texto para tener que enteraros, pero más me joden a mí las avispas, y cuando las tengo cerca me quedo quietecito y me aguanto.

La persona a la que le ocurrió esto no es otro que:

¡Sí! Jack Nicholson se enteró de esto mientras estaba promocionando “Chinatown”.

Aparece en su biografía, habla de ello en esta entrevista para Rolling Stone, y en este artículo en español.

Guinefort era el perro de un caballero francés en el siglo siguiente al doce.

Un día, el caballero salió dejando a Guinefort y a su hijo (todavía un bebé) en casa solos. Al volver, vió que el salón estaba revuelto, la cuna volcada y vacía, y el perro tenía la boca llena de sangre. El caballeró aterrorizado por pensar que su perro había matado al niño, cogió en el momento una espada y mató a Guinefort con ella. Antes siquiera de que pudiese a ponerse a buscar al niño, éste lloró. Le encontraron en un rincón, perfectamente a salvo, junto a los restos de una vibora que el bueno de Guinefort había matado a dentelladas para proteger al niño.

El caballero comprendió su tremendo error, y podéis imaginar cómo se sentía al darse cuenta de que había matado al perro que había salvado a su hijo de la muerte. Por eso mandó enterrar con honores a Guinefort, y mandó contruir un pequeño altar con piedras dedicado a su figura. Otras fuentes afirman que en realidad el caballero, avergonzado, tiró el cadaver a cualquier parte, y fueron los campesinos que conocieron la historia quienes construyeron el altar.

Sea como fuere, la historia corrió como la pólvora, y la gente comenzó a venerarle como un santo protector de los niños, San Guinefort, y se le atribuyeron numerosos milagros. Su culto persistió hasta 1930, pero por supuesto la iglesia dejó claro que no era un santo, puesto que los perros, por maravillosos que sean, no pueden serlo. En algunos sitios este argumento lo usan para atacar a la iglesia católica, lo creáis o no.

Santo o no, fue un buen perro:

La historia la tenéis en español en éste artículo por ejemplo, y en inglés en la Wikipedia.

Aprovecho la ocasión para recomendaros el blog de mi amiga Natalia, “La pezuña es bella“, en la que podéis ver una chica que no solo está apasionada por sus perros, sino que los saca a concursos y competiciones llevándoselo todo. Es pequeña, pero ya es una enciclopedia andante sobre los perros, está haciéndose ya un nimbre en el mundillo de los concursos caninos, y entre ella y Nuria constituyen las mejores dueñas que un bicho de cuatro patas puede tener. Eso sí, como os podéis imaginar, la niña da miedo, aunque en el mejor de los sentidos.

Si no sabéis cómo va esto de los concursos caninos, vais a aprenderlo en el blog.

¡Guau!

Mi amiga Natalia estuvo obsesionada de pequeña con la imágen de la bruja mala de Blancanieves, en la forma que toma cuando va a regalarle la manzana, en sus ojos. No sólo le daba miedo pensar en ellos; apuesto que cuando algo crujía justo detrás de una pared, la imágen de la mueca de la vieja le venía a la mente. Para superarlo le sugirieron que vendría bien que los dibujase. Ella pasa por el blog de vez en cuando y si le apetece, nos contará si funcionó o no.

El caso es que me acordé de ella porque mi prima Patricia está obsesionada con la misma bruja. Tiene dos años, y desde que vió la película, sin venir a cuento nos advierte que nosotros somos buenos, pero que la bruja es mala. Hizo con mis tíos una ruta por castillos de Francia y Suiza, y supongo que por entretenerla le hicieron ver que eran castillos de cuento. Supongo también que le impresionaron mucho. Deberíais ver la cara que pone cuando habla de la bruja mala. Ella es adorable,y es riquísimo que le tenga miedo a algo tan inocente como un dibujo animado de cuento antiguo. Sin embargo hay una frase que dice “no te rías del llanto de un niño, porque todos los dolores son iguales”. Con el miedo pasa lo mismo.

El caso es que yo recuerdo la obsesión terrorífica que, cuando era niño, me venía a visitar de noche cuando cerraba los ojos. Por más adorable que sea ver a un niño asustado de un personaje inocuo y malo-sin-ser-malo, no hay que olvidar que un niño no tiene ninguna conciencia sobre qué es o no peligroso de verdad, y que entre tantos algodones y colores pastel que nos hacían tragar, los retazos de la maldad de algunos personajes, su instinto asesino, nos impresionaban mucho más. Creo que es por eso que nos dan miedo los niños, las ancianas, los payasos y las monjas.

Yo tengo mi propio combustible para pesadillas. Es el personaje de “el cazaniños” (childcatcher) de Chitty Chitty Bang Bang.

Mis padres cogieron para mí esa película cuando yo era niño. Lo recuerdo como si lo estuviese viendo ahora. Yo estaba en medio de ellos dos, disfrutando como un enano (porque además sale Dick Van Dyke, que por alguna razón me caía genial). La historia era de una familia que reconstruye un coche destartalado y consiguen que sea mágico y les lleve a islas perdidas. En el viaje llegan a un sitio donde están prohibidos los niños. El rey se entera de que hay niños, y para matarlos llaman al cazaniños:

El cazaniños se baja de una carroza negra y dice “Huele a niño”. Mi padre mi miró cuando el personaje dijo esa frase, y se daría cuenta de que yo más o menos tenía esta cara:

Yo estaba completamente aterrorizado, y él se rió. Me dijo algo así como que “no pasaba nada” y que “era sólo un actor, una película”. Yo le dije que vale. Mi padre entonces comenzó a rebobinar la cinta; yo le pedí que no la pusiese. Mi madre le hizo ver a mi padre que yo estaba acojonado y agarrado a ella como si me fuese a caer al vacío, y que no era buena idea dejarme ver otra vez  a aquél hombre. Mi padre actuó como cualquier padre responsable y compasivo: poniéndome la misma escena cuatro veces mientras se partía el ojete comprobando que cada vez me asustaba más hasta que acabé llorando.

Durante mucho tiempo ese hombre personalizó todo lo que me aterrorizaba del mundo. Bueno, tenía unas cuantas papeletas, y lo puedo demostrar:  él es un asesino de niños, y en esta escena, para hacerles salir del escondite les promete chucherías, chocolate, helados… Sus ojos sin embargo dejaban claro que el tipo es un psicópata. Observad la cara que pone al 1:55 min. del video, cuando piensa “por fin les encontré”:

Antes de acabar debo advertir que el argumento lo recuerdo así, pero no estoy seguro de cuál es. ¿Adivináis por qué? Pues sí: no he querido volver a ver nunca esta película.

No hablé con nadie sobre el tema, y acabé superándolo sin hablar nunca de este personaje. Años más tarde me hizo gracia darme cuenta de que no era el único que se había fijado en él: Marilyn Manson sacó un disco con la frase “Huele a niño” y un vestuario que hacía  clara referencia al cazaniños:

¿A vosotros qué personaje os provocaba un terror irracional?

¡Hey! No he traído justificante, pero la semana pasada estuve malo. Un catarro tonto, pero que me hizo pasar en la camita moqueando y dormitando todo el tiempo que no estuve trabajando.

Hoy os traigo la historia de una pareja inglesa: Jason y Jenny.

Jason y Jenny tenían unos días para relajarse y aprovecharon para irse a Nueva York. Sus paseos melosos por el Central Park y las tiendas de lujo los interrumpió el mayor ataque terrorista de la historia: fue el 11 de Septiembre de 2001.

Pudieron regresar a sus países, y allí le contaron a todo el mundo la angustiosa experiencia que debieron vivir en la gran manzana. Cuatro años más tarde aprovecharon otras vacaciones para relajarse visitando la capital de su país (Londres, aclaro para los reguetoneros satánicos que escriben deshaciéndose en el post de Marilyn Manson). Mientras estaban visitando la ciudad estallaron tres vagones de metro matando a 52 personas, en lo que es el mayor ataque terrorista que ha sufrido el Reino Unido.

Cuando pudieron volver a permitirse un buen viaje de vacaciones, la familia carraspearía y tocarían madera disimuladamente mientras aflojaban la sonrisa. Finalmente decidieron que la casualidad y el miedo no podrían amargarles su merecido relax. El destino estaba elegido: la exótica ciudad de Bombay. Sí, amigos. Mientras estaban ahí se produjo la peor matanza terorista de la India con más de 80 muertos. El artículo en las noticias advierte que la pareja, harta ya, se negó en este caso a adelantar el vuelo. Qué putada. Supongo que dirían “¡Me da igual! ¡Por mis santas narices estas vacaciones las vamos a disfrutar! Sí, ya veo que están recogiendo a gente desmembrada, pero como me llamo Jason que he dicho que estas vacaciones nos vamos a relajar Y NOS VAMOS A RELAJAR! ¡ME OYES!¡VAMOS A RELAJARNOS!”.

Los pobres, célebres cenizos ya, advierten en las entrevistas que “fue casualidad, que ellos simplemente estaban ahí por coincidencia”. También aprovecharon para hacer comparaciones (y no es una tontería puesto que vivieron tres de los cuatro ataques terroristas más sangrientos de la historia): “En Nueva York la gente estaba visiblemente aterrorizada durante semanas. En Londres se veía a los policías mucho más asustados que la gente”.

Me imagino la carita de circunstancias que pondrán sus amigos cuando les digan “¿Maggie?¡Por fin vamos a ir a visitarte estas vacaciones!”.

¡No jodas!

¡No jodas!

La noticia en inglés las podéis leer aquí.

Pronto escribiré lo que me parece que hayan elegido a Rio de Janeiro para las olimpiadas.Os adelanto que mi nota sobre la decisión es “puta mierda”.

Por lo visto hay mucha gente que comparte mi opinión. Uno de ellos se ha currado este cartel.

En él se lee “Bring cash” (trae metálico):

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