Cuando era un niño mi padre me tenía prohibido acercarme a la colección de discos. Mi abuela le había estropeado unos cuantos, y siempre aprovechaba cuando estaba oyendo uno para hacer un listado de fastidios con sus discos.

Yo le tenía mucho miedo a mi padre de niño, así que solía respetar estos caprichos. Sin embargo no recuerdo cómo ni por qué, un día que estaba solo, decidí que si solo era un disco, nadie se enteraría. Intentando decidir qué disco iba a ser el que iba a coger, me latía rápido el corazón; tanto que casi no prestaba atención a las portadas. Había muchos discos ahí que había escuchado al ponerlos mi padre, pero una canción entre todas ellas resonaba en mi cabeza. Yo no podía decidir qué disco poner cuando mi padre pinchaba, claro, pero cuando le tocaba el turno al disco azul, sentía un hormigueo de promesas en la tripa. El disco era Breakfast in America de Supertramp, y la canción se llamaba igual.

Como si estuviese sujetando una hostia, cogí el disco como me enseñó mi tío, con todo el cuidado del mundo. Vi las marcas brillantes en el plástico negro: todo estaba en órden, y el órden era precioso. Lo puse en la pletina y le pasé un limpiador verde que tenía una esponjita de tela. Después de todo el ritual, puse la aguja con cuidado y me eché hacia atrás hasta quedar en medio del salón.

Las primeras notas de la canción me abrieron la cabeza; yo la había elegido, y yo la iba a bailar. Por lo visto “bailar” significaba para mí entonces imitar a los músicos que tocaban la canción. Sí, bailaba aún peor. Pero eso no importaba: estaba sonando un disco, lo había puesto yo, y lo había puesto para mí. El que se supusiese que yo no podía hacer eso sólo lo hacía más dulce. Durante el resto de mi infancia puse ese disco una y otra vez, y pasó a ser mi canción favorita durante toda mi infancia. Creo que eso la convierte en seria candidata a canción favorita de mi vida.

Siempre que me preguntaban cuál era mi canción favorita yo decía que era Breakfast in America, de Supertramp. Ningún niño la conocía, y por supuesto eso me gustaba aún más.

Nunca descubrieron el crimen, pero yo sigo recordando mi felicidad pequeña como yo de grande, y cómo me sentía tocando la trompeta (yo creía que era una trompeta la del solo, pero no me di cuenta de mi error hasta más tarde) bailando solo en mi casa, escuchando sin hartarme una canción cientos de veces, pensando en las chicas que me gustaban, y en cómo yo era un tipo maravilloso y lo que pasaría si yo les gustase también.

Me va a gustar volver a escuchar esta canción otra vez. Espero que a vosotros os apetezca también.

Damas y caballeros, directamente desde mi salón,  Supertramp: